Algunos ya sabréis que, aprovechando que los músicos con los
que toco no están precisando de mis servicios tanto como antes, estoy montando
una banda propia. Sí, a estas alturas. A mi edad.
2/3/14
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gente que arde por dentro |
31/12/11
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textículos |
Esta semana he recogido un premio literario. He resultado ser el ganador de la segunda edición del concurso de microrrelatos Textículos, organizado por el Colectivo Laika con la colaboración del Vicerrectorado de Estudiantes de la Universidad de Valladolid y la librería El Árbol de las Letras. Es el segundo certamen que gano. El primero fue un concurso de cuentos que organizaba una conocida marca de leche en el colegio. Escribí la historia de la Princesa Lactosa, secuestrada por las malvadas bacterias de la leche sin pasteurizar y rescatada por el Príncipe Cálcico. A mí los cuentos de hadas me parecían entonces un coñazo insufrible, pero ya sabía que ése era el tipo de historias que un jurado adulto esperaba de un niño de ocho años. Les dí la mierda que querían y conseguí un boli con linterna. ¡El boli tenía luz de verdad! Aquello en los ochenta me parecía ciencia ficción, y acercaba mi realidad cotidiana de ropa fea y tardes grises negándome a jugar a la pelota a las historias de robots del espacio que sí me gustaban.
Que te doren la píldora de esta manera, al igual que cuando escritores que te gustan (como Txe Peligro o Mel Alcohólica) te dicen que “escribes guay,” puede hacerte pensar, con un par de cañas encima, que quizá tengas algo que hacer en este negocio si te pusieras en serio. Con una botella de vino y una amiga que trabaja como lectora para varias editoriales diciéndote que su opinión profesional es que te dejes de hostias y le des algo completo, casi te ves al teclado con la idea de una novela en la cabeza. Casi.
Pero luego te imaginas cómo debe ser el mundillo literario. El mamoneo y la corrupción. El amiguismo. Las puñaladas que se presentan con una sonrisa. Morderte la lengua (porque nunca se sabe quién va a poder enchufarte en algún sitio) cuando hablas con algunos escritores noveles para no decirles que lo que hacen no sólo te parece una puta mierda, sino que a todas luces es una puta mierda. Zafón y Fernández Mallo. El postureo mediático e institucional. Las peleas con los agentes y editores. Los iluminados y los pretenciosos ascendidos a vacas sagradas. Los muchos que se creen artistas y los pocos que saben ser artesanos. Es decir, exactamente lo mismo que en el mundillo musical indie con el que brego normalmente, pero con gente más fea y menos popular que prefiere trabajar encerrada en casa en vez de hacerlo sobre un escenario, donde además tienes que currarte la pinta y las habilidades sociales.
A mí me encanta escribir. Lo que no soporto es a los escritores.
1/11/11
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bicicleta |

Ir por la calle y exclamar “¡mira qué preciosidad!” Que tu novia crea que has visto a una tía buena y cuando se da cuenta de lo que estás mirando responda “estás enfermo”. Pero no poder evitarlo porque te gustan casi todas. Tener en un mismo cacharro medio de locomoción y gimnasio. La pasta que te ahorras en bonobús. Y en psicólogos. Llegar media hora antes. Ganar una hora al día. Ser consciente de que formas parte de una revolución, pero encabronarte al no ver a camaradas parados en los semáforos. Pensar entonces que si queremos respeto debemos mostrar respeto. Convertir un nuevo hábito en otro paso (entre cambiar de banco y apostatar) hacia una vida coherente con tus ideas sociales, económicas y políticas. La reducción de tu huella de carbono. La ciclonudista, las actividades de ASCIVA y el Garaje España. Volver a sacar la reflex a la calle, esta vez buscando joyas a pedales. La lástima al ver preciosas reliquias abandonadas contra una farola. El carril bici. Los peatones caminando por el carril bici, y pensar que cuando nos pintan una línea en el suelo caminamos por ella instintivamente, como borregos. Las cubiertas con banda blanca, como en los cincuenta. Las ruedas de 26”. No, mejor de 28”, bien grandes. Ajustarla bien alta para conducirla con la espalda lo más recta posible, como los verdaderos expertos (los chinos). Los cuadros de carreras antiguos pero con manillar de paseo. Los guardabarros a juego, los reflectantes, el transportín, la cesta, un manillar nuevo… Venga, y le pongo también una dinamo. El paseo en tandem por Central Park con la Niña Fatal, y sus vinilos adhesivos de cuadrícula de carreras (gracias peque). La que vimos en la Quinta Avenida hecha de bambú. Los cuatro duros que cuesta comprarlas, arreglarlas y tunearlas. La velocidad. La adrenalina. La sensación, de noche y sin tráfico, de viajar por el espacio.
La emocionante experiencia de descubrir, contra todo pronóstico y a los treinta y tres años, que todavía hay nuevos mundos con los que apasionarte (e incluso obsesionarte) tanto como cuando eras un crío y empezaste a tocar o a escribir. Y saber que, si alguna vez no te quedara nada más en la vida, podría llegar a bastarte con montar en bici para ser feliz.
