Siempre he ido bastante justo de dinero, independientemente de mi actividad laboral. En la actualidad he aprendido a sobrevivir de la hostelería eventual en Valladolid, pero ha habido momentos en los que iba más holgado. El problema con las orquestas no era cuánto (que también; la época dorada para los músicos de verbena fueron los ochenta), sino cuándo. Atrás quedaron los momentos en los que tenía que abandonar un piso de alquiler porque un jefe llevaba tres meses sin pagarme, pero viéndolo en perspectiva la cosa no deja de tener su gracia.
El tío que más pero peor me ha pagado nunca fue un personaje bastante interesante. Su relación con el dinero era muy punk, es decir “no future”. Era capaz de estirarse y alquilar un chalé con piscina para alojarnos durante las actuaciones de las Fallas sin saber cuándo cobraría el siguiente bolo. En una ocasión llegó a afirmarme que, debiéndome un par de meses de sueldo, aún no podía pagarme los cuatro duros que me faltaban para que no me dejaran en la calle, y acto seguido meterse en el baño a, muy probablemente, enchufarse una loncha. Para un empresario es una actitud muy Carpe Diem que, de alguna morbosa y retorcida manera, admiro profundamente. Suyas son auténticas joyas del absurdo, como iniciar una relación con una de las bailarinas cuando su mujer era otra de ellas y, teniendo deudas millonarias (con sus empleados entre otros acreedores), pagarle a su amante una espectacular operación de aumento de pecho. El comentario de alguno de los músicos, con una sonrisa amarga en la cara, no se hizo esperar.
-Bueno, ya que esas tetas se han pagado con mi dinero, tendré que pedir hacer uso de ellas hasta que se salde la deuda.
Estas situaciones irregulares con la pasta son insignificantes comparadas con las que se viven en Galicia, donde el negocio de las orquestas es el método tradicional de blanqueo de dinero de la coca. Empresarios, mafiosos y concejales han hecho posible que en concellos de doscientos habitantes se den cita el mismo día tres orquestas con un equipo mayor que el de los Rolling Stones. Las historias de millones en deudas que aparecen milagrosamente tras la visita de unos sicarios a la casa de un empresario de espectáculos son cosa de todos los días. Un buen tema para un periodista de investigación. Pero gracias a esta cultura, Galicia cuenta con una de sus especies autóctonas más representativas e interesantes: el cantante de orquesta gallega, del que escribiré en otra ocasión.
2/8/08
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ostras o mortadela (VII). el show business |
30/1/08
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retablos |
La semana pasada tuve ocasión de entregar por fin el premio del concurso navideño. La afortunada agraciada, Esther, se llevó este magnífico cartel, firmado y dedicado, de la primera orquesta en la que trabajé. Observen qué fantástico retablo:
El diseño de esta absoluta genialidad de marketing y culmen del mal gusto es responsabilidad de nuestro por aquel entonces jefe. Qué absoluto lo que sea (porque esto no tiene nombre). ¿Qué me decís de ese rótulo, "Musical Galilea", donde debiera poner "Heraclio Fournier"? La brillantez de colocar la foto en el lugar de la jeta del as de oros no tiene precio. Mus y verbena en el mismo concepto, como tiene que ser. ¡Órdago a grande!
Pero si pensáis que con esto ya lo habíais visto todo en cuanto a frikez, pasaros por aquí a ver el post que me ha dedicado un compañero de clase. Comprobaréis que, si algo nos enseñan en periodismo, es a titular con dos cojones.
16/12/07
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Music for one apartment and six drummers |
Tras el increíble documento "Cuatro hombres y una trombonave" (que yo aún no he visto, espero hacerlo en compañía del señor Enthusiastic) , aquí tenéis este estupendo corto sueco por cortesía de Chagüen y Lara (también conocidos como Mr. y Ms. Dobrý Den), que tras varios años de exilio acaban de regresar de Berlín con un buen montón de links estupendos bajo el brazo. Os aconsejo verlo en el más absoluto silencio para apreciar mejor los flipantes matices. Y aprovecho para poner en marcha un nuevo concurso: el primero que reconozca la pieza musical que sirve de sample en la escena del salón recibirá estas navidades el regalo más kitch imaginable, una reliquia única e irrepetible dedicada por éste que os escribe y muy bien traida dado el tema. ¡Buena suerte a todos!
13/5/07
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Seres racionales |
Una de las cosas curiosas de trabajar en orquestas verbeneras es que a veces te llamaban para hacer de negro con artistas famosillos de segunda fila. He tenido la ocasión de participar en el escenario de las vulgaridades terrenales de gente como La Década Prodigiosa, Bea Bronchal y una nutrida lista de humoristas y vedetes dignos de Noche de Fiesta, de cuyos nombres no quiero (o no puedo) acordarme. No es lo mismo que encontrártelos por la calle. Estás tocando (o haciendo como que) para ellos, participando de la actividad profesional que les ha hecho famosos, y la mayoría de las veces estos segundones de la farándula resultan, como mínimo, dignos de piedad. Estás deseando que un fan (dudoso) venga a pegarles un tiro en la cabeza para que acabe de una vez con sus miserias, como a unos John Lennon venidos a menos. Sin embargo, ese trabajo propiciaba otro tipo de encuentros casuales con estos personajes, mucho más satisfactorios, que se daban cuando eras tú el artista y ellos el público. La fiebre del espectáculo se apoderaba de ellos y se encaramaban al escenario a colaborar con nosotros como invitados inesperados, proporcionándonos momentos memorables dentro de la historia del ridículo etílico. Os cuento.
Último día de las fiestas de Cuellar, agosto o septiembre de 2003. Con encierros incluidos (los más antiguos de España, y por ende, del mundo. Olvidáos de los Sanfermines). Primera temporada con la orquesta Embrujo, antes de que compraran el camión escenario. Tocábamos once personas encima de 10m² de tarima cubierta con una lona de plástico, en una plaza de suelo inclinado a más no poder y cayendo el típico sirimiri cabrón que pone en peligro el equipo eléctrico sin dejarte cortar la actuación por "causas de fuerza mayor". Durante el último pase nuestro cantante cuarentón, un cabrón con pintas con mucha escuela, se me acerca en mitad de un solo y me dice al oído
- ¿Te sabes alguna de Siniestro Total?
Hago un repaso mental de mi repertorio.
- Mmm… Me sé la de "Somos Siniestro Total", que es una versión del "Higway to Hell" de AC/DC.
- ¿Te atreves a tocarla? Acabo de estar entre el público con el cantante de Siniestro y dice que si nos sabemos alguna suya, se sube a cantarla.
No me lo podía creer. Los putos Siniestro Total. Son un prodigio del cachondeo español (y gallego) hecho rocanrrol. Yo les conocí con el "Ante todo mucha calma", pero pronto me hice con sus discos anteriores y les sigo la pista desde entonces. ¿A cúal de los cantantes de sus diferentes formaciones se refería? Yo esperaba que se tratase de Miguel Costas, mi preferido, el de voz cazallosa con pinta de operario de cadena de montaje alcohólico, pero también sería un punto que fuera Julián Hernández, el gafas de toda la vida y cabeza visible (nunca mejor dicho) del grupo desde hace veinte años.
Me reúno detrás del escenario con nuestro bajista y director musical, un gilipollas engreído que acababa de llegar de Venezuela, cuya idea del rocanrrol pasaba por los temas discotequeros de Luis Miguel, y le explico lo mejor que puedo cómo va el bajo del tema. El batería, Isma, alias el Ternero, era un cachondo al que le encantaba los AC/DC, el rocanrrol en general e improvisar sobre la marcha, así que solamente le miro, él me mira, sonríe (más bien se escojona), nos entendemos, y marca. Uno, dos, tres, cuatro. Creo que me santigüé.
Y en ese momento veo subir tambaleante por las escaleras del escenario a un tío de coco pelado con gafas de pasta negra. Julián. Cojonudo. El pedo-fumada que lleva es absolutamente épico. No podía ser de otra manera, es el cantante de Siniestro en una verbena en Cuellar. Otro estado mental por su parte me habría defraudado. Se me acerca. Es imposible reproducir aquí el acento gallego/borracho, pero imagináoslo. 
- Oye, ¿Cuál es ésta, tío?
- "Somos Siniestro total".
Se acerca al micro dudoso. Me mira. Vuelve a acercárseme.
- ¡Hostia tío! ¿Cómo era ésta?
Increíble. No se acordaba de la letra de sus propias canciones. ¡Este pollo es mi héroe! Antes ya adoraba a Siniestro Total, pero desde aquel momento pertenezco a la Santa Iglesia de Julián Hernández. Me pongo a su lado con toda la pose que me puedo permitir para ir chivándole la letra.
- ¡Nosotros somos seres racionales!
- Nosotros somos se… ¿Eh? ¿Qué?
- ¡De los que toman las raciones en los bares!
- De los nanana na nana ¿Cómo? ¡Ah! ¡EN LOS BAREEEES!
Dios santo, qué momento. Para rematar la faena se nos sube otro fulano que no tiene nada que ver con el sarao, agarra otro de los micros y se pone a gritar por encima la letra original de AC/DC con una voz sacada de la mazmorra más mohosa del metal. Mientras, Julián y yo corremos por el escenario, yo tocando, el haciendo poses. Las jetas de nuestros compañeros de la orquesta son un poema. Al público se la suda todo, están saltando borrachos y tirándose calimocho encima. Cuando terminamos el desaguisado Julián me abraza y me grita al oído (siempre con su acento casi ininteligible)
-¡Oye tío, tocas de puta madre!
Luego vino el resto de la gente a manosear a la leyenda, se me le llevaron y nunca más volví a verle.
¿Qué más se puede decir? No esperaba menos de un personaje tan grande de la cultura popular de este país. Gracias señor, por permitirme vivir momentos como este al lado de mis ídolos del rock completamente borrachos. Alabados sean los Siniestro Total. ¡Amén!
16/4/07
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El día que me reconocieron por la calle |
Una de las cosas que tienen en común trabajar en un escenario y detrás de una barra es que estás expuesto en un escaparate. Esa circunstancia es fuente de una gran debilidad pero también de un gran poder. La debilidad consiste en cierta pérdida del anonimato, y se puede resumir en este episodio: Uno de mis compañeros en la pizzería es reconocido en la calle por un cliente que le grita desde un balcón “¡¡Eh, Abruzooooooos!!” como referencia a la pizza que más nos piden, la nº 9, Abruzos-Molise. Como camarero en este mes y pico he vivido una cantidad de fichajes, escasa o nulamente disimulados, sólo comparable a los que seguramente se producían bajo el escenario sin yo saberlo (aunque de alguno siempre te enteras). Con fichajes me refiero a esas caras traducibles por “vaya pinta el puto jipi este” hasta las de “a este me le merendaba yo” de las clientas más experimentadas.
Sin embargo el gran poder reside en ser consciente de esa exposición para hacer uso de ella. A mi me encanta conocer gente. Lo genial de la gente que no conoces es que tiene unas riquísimas epopeyas inéditas en su interior, y aunque ya os dije que soy un hablador compulsivo, si hay algo que me gusta más que rajar es que me cuenten esas historias (por eso estoy tan rendido a la blogsfera). Yo personalmente intento usar el poder que te da estar encima de un escenario o de una barra (simbólicamente no estás “detrás”) para preguntar por esas historias, principalmente porque no tengo la jeta necesaria para usarlo como trampolín sexual, que es lo habitual. En la pizzería es prácticamente imposible, hay demasiado jaleo, aunque siempre hay tiempo para un “¿ese acento que tienes es de Murcia?” o “merci beaucoup monsieur. D’òu êtes-vous?” cuando reconoces a un gabacho, y a partir de su respuesta el resto de su historia es una conjetura mientras pones otras dos cañas y una Apulia mediana. Pero en la orquesta el filón era inagotable. Si la actuación gustaba sabías que te esperaba una ronda por las peñas del pueblo. ¡Qué momentazos! Mi puta memoria de pez para los nombres propios me impide hacer aquí un sentido homenaje a todos los pueblos donde hicimos efímeros amigos. ¿Qué habrá sido de Alex, que organizaba festivales de rock en Barcelona? ¿O de la chica que me enseñó las tetas en Castro Urdiales? ¿O de la adolescente de Toledo con los ojos más deslumbrantes de este país? (en Francia están los del resto del mundo) ¿O de la peña “Los Presocráticos” de Pajares de Adaja? ¿O del surfer asturiano? El tío más buenorro que he visto jamás, daba vergüenza estar a su lado. Se ponía a hacer el payaso justo en mis solos para que me diera la risa, el cabrón. A los dos días volvimos a coincidir en otro pueblo en la otra punta de españa y cuando me vio en el escenario no pudo parar de reírse. Ni yo tampoco.
¿Qué habrá sido de Ana?
Pero todo esto es otro tema y me estoy yendo por los cerros de Úbeda. El caso es que un sábado de esos en los que no tengo planes salgo a la calle a encontrármelos, cosa que hago a veces porque me jode sobremanera quedarme en casa un sábado. Siempre acabas encontrándote a alguien, y si no siempre puedes aprovechar para buscar cosas sobre las que escribir. En éstas estaba cuando oigo detrás de mi
- ¡Hostia mira, el guitarra de la orquesta!
Acojonante. Alguien me había visto hacer el capullo en un pueblo y se había quedado con mi cara. Me doy la vuelta con un petazo de adrenalina y una mezcla de gratitud, ganas de salir corriendo, vergüenza y diosabequé.
- ¿Comooooooo?
Un grupo de ocho o diez chicos y chicas de veintipocos cuyas caras no me decían nada.
- Si hombre, tu tocaste en ¿?, al norte de Palencia, y en ¿?, y el año pasado en ¿?
Por lo visto estos chicos sabían dónde tocábamos (ya sabían más que yo) y si pillaba a menos de ochenta quilómetros de su pueblo venían a vernos.
- Como me gozó cuando tocaste el Thunderstruck de AC/DC haciendo el paso del Angus...
Las piezas empezaban a encajar, y entre los vapores etílicos del pasado empecé a situar la cara de uno de ellos a un metro debajo de mí pasándome cachis de cerveza uno tras otro.
- Nada, tú te vienes con nosotros a tomar unos cacharros.
Me lo pasé en grande con unos completos desconocidos. No me acuerdo ni de sus nombres ni del nombre de su pueblo, pero me sacaron de fiesta en mi propia ciudad por sitios a los que yo no voy nunca y no me dejaron pagar ni una sola copa. Por lo visto los chicos venían el fin de semana a ver a las chicas, que estaban estudiando sus carreras aquí. No es que fueran sus novios, pero la relación entre ellos era una extraña mezcla de ese cariño sin preguntas ni exigencias que sólo la gente sencilla sabe ofrecerte, y una profunda amargura.
- Ellas que son más listas salen del pueblo porque valen para estudiar. Luego se echarán novio aquí y a nosotros que nos den por culo. ¡Y mira que están buenas, qué lástima! Las queremos un montón, pero sabemos que en cuanto terminen la carrera no las vemos el pelo. ¡Si es que tenemos madera de solterones!
Acabamos a las tantas en una discoteca cutre con una moña de espanto. Un año después volví a cruzarme con dos de las chicas al lado de mi casa. Llevaban unos maletones e iban acompañadas, pero no me parecieron sus amigos del pueblo. En esta ocasión no me reconocieron y yo no hice intención de acercarme a refrescarles la memoria, pero las vi alejarse mientras me invadía una inexplicable melancolía. No pude evitar decir por lo bajito “buena suerte”.
Sigo teniendo sed de historias como ésta. Y me he dado cuenta de que el escaparate puede funcionar en los dos sentidos. Podéis venir a que os sirva y mirarme mientras esperáis. Pero yo también os miro a vosotros, y con la forma de hablar y alguna otra cosa que os pregunte me estáis sirviendo una gran historia. En bandeja.
25/3/07
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Gajes del oficio |
Hay a lo largo de la geografía española ciertos pueblos a los que los músicos tememos ir a desempeñar nuestro trabajo. Pueblos en los que tienen la tradición de dedicar uno de los días de las fiestas a lanzarnos cosas (cuando digo cosas quiero decir desde lechugas hasta piedras), de forma arbitraria, lo hagamos bien o mal. Pueblos en los que, les dejes o no, tienen que subir una cabra al escenario, porque es tradición. Y que no le pase nada al animal mientras lo dejan a tu cuidado. Pueblos en los que es costumbre que el más burro, borracho y patoso de la fiesta se suba a cantar la canción del verano (y a tirarte un cachi encima de los enchufes, de paso), y si les vienes con el cuento de que si les pasa algo estando en el escenario eres tu el responsable, encima te llevas unas hostias.
Hay uno de estos pueblos en la provincial de Ávila. Allí vive una especie de clan del que luego supe que hay muchas ramificaciones por toda Ávila (yo hablé años más tarde con uno de ellos en otro pueblo y parecía buena gente, nunca se sabe) que, según nos contaron, tiene acojonados a sus vecinos y se dedica activamente a reventar las verbenas de todos los pueblos de los alrededores y, pasivamente, a reventar las del suyo, porque cuando les pilla borrachos arramblan con lo que sea donde sea. Lo que paso a contaros ocurre en mi tercer y último año en aquella orquesta. De hecho, aquella fue mi última actuación con ellos.
Ya habíamos tocado allí el año anterior. En aquella ocasión se limitaron a subir a tope el volumen del equipo varias veces durante los descansos, aprovechando nuestra ausencia, arriesgándolo a una importante avería que, lógicamente, costearíamos nosotros.
Durante toda la actuación estuvimos soportando que nos tiraran los cubitos de hielo al escenario, nos amenazaran con darnos una paliza si no tocábamos hasta las siete de la mañana (nuestro contrato decía hasta las tres)... Lo normal. Lidiar con estas cosas se convierte en el pan de cada día en este trabajo. Pero al terminar la actuación cogieron a uno de los cantantes y lo tiraron al pilón, costumbre muy extendida que en ocasiones tiene su gracia (yo mismo ayudé a tirar al pilón a mi ex, la cantante, en un pueblo de Segovia) pero que ha de contar con la colaboración de la víctima, de lo contrario y a mala hostia la broma puede acabar en el hospital. Como el cantante no parecía de muy buen humor al salir del agua, la cosa fue a mayores y le dieron una buena tunda. Cuando el resto de los compañeros presentes se metieron a separar acabaron recibiendo lo suyo, con tan mala suerte que al saxofonista, de cuarenta y tantos y un caballero de los que ya no quedan, le sujetaron entre varios y le partieron el esternón de un sólo golpe. Digo recibieron porque yo estaba tomándome una copa con el batería y fuimos los únicos que no nos enteramos de nada. ¡Nunca me he tomado una copa tan saludable! Cuando volvimos a la plaza nos la encontramos desierta y a todos nuestros compañeros despanzurrados por el suelo.
La Guardia Civil tardó más de hora y media en llegar y se limitó a decir que sin haber estado ellos presentes en el suceso no se podía hacer nada.
- Seguramente hayan sido los del clan en cuestión, ya les conocemos por aquí, pero no hay manera de demostrarlo, así que...
Tampoco se quedaron para escoltarnos hasta salir del pueblo, dado que el peligro había pasado. Vinieron, vieron y se fueron. El caso es que cuando por fin un chaval se atrevió a identificar a los agresores los adultos se le echaron encima. Yo incluso oí decir a una anciana lo siguiente:
- ¡No digas nada, no hables con ellos! ¿No ves que los otros son del pueblo?
Alucinante. ¿Qué cojones hacía esa señora levantada a esas horas?
El saxofonista empeoraba por momentos, y por la mañana tuvimos que llevarle a urgencias, a Ávila capital. El médico de guardia dijo que el esternón había perforado un pulmón, y que si hubiésemos tardado un par de horas más, o en vez de caer de espaldas hubiese caído de frente, el saxofonista habría muerto con toda seguridad. Lo más alucinante era que él no hacía más que insistir en que nos fuéramos, que seguro que estábamos cansadísimos. ¡Qué tío! Con un parte médico de lesiones la denuncia se hizo automáticamente, quisiéramos o no. La policía nacional tomó cartas en el asunto en cuanto se informó de la implicación del clan en el suceso. Por lo visto nadie de la provincia se atreve a denunciarles por miedo a las represalias, así que nuestro informe médico era la gran ocasión de pillarles. Mis compañeros aseguraron que, en sentido figurado, el inspector se frotaba las manos. Aquello parecía una puta película del oeste.
A partir de aquí la orquesta se dividió: unos acompañamos al saxofonista de vuelta a casa con la ambulancia y otros volvieron al pueblo a identificar a los implicados. Por lo visto sacaron de la cama al responsable del golpe a las 10 a.m. El angelito resultó tener diecinueve años escasos. Su padre, importante ganadero de la zona, forradísimo (por lo que supimos más tarde), no hacía más que repetir:
- ¡Él no ha hecho nada, han sido esos con los que va, que siempre le meten en líos!- así que no era la primera vez.
Damos un salto de varios meses en el tiempo. Después de vete a saber cuantos años de impunidad en la región, la policía por fin consigue llevar ante la justicia a uno de estos caciques contemporáneos. Al chaval se le acusa de homicidio fallido (o en grado de tentativa, no recuerdo exáctamente la imputación), y tras miles de vueltas legales no va a la cárcel. Un año después nos enteramos de que el niñato, viniendo borracho de las fiestas de otro pueblo, se ha pegado la hostia con el coche y está en coma. Esto último es ya una leyenda urbana (rural en este caso), pero me gusta pensar que hay algo de justicia poética en todo este asunto. Ya véis, qué misterios tienen los hados, quizá el ir a la cárcel le hubiera salvado la vida.
3/3/07
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Yo fui un orquestero (de mierda) |
Os lo pongo a grandes rasgos. Tocas la guitarra (medio mal), no tienes fuente de ingresos ni tiempo para desarrollar un oficio a tiempo completo porque estás estudiando. Y entonces se te ocurre que te podrían pagar por hacer lo único que sabes hacer (medio mal). Y te metes a tocar en una orquesta. De verbena. De las de fiesta de pueblo. En realidad empiezas ilusionadísimo de que te paguen por tocar. Tocas sólo en verano y te pagan una media de entre noventa y ciento cincuenta euros por actuación (¿os acordáis del concurso? Aún no he recibido propuestas). La media ha cambiado mucho en estos siete años que he estado haciendo el capullo por ahí, claro, pero siempre a menos. Y si no preguntad a los veteranos las millonadas que se metían en los ochenta (en qué se lo gastaron es otra historia). Al principio te da igual que la jornada laboral sea de catorce horas, que te pegues unas palizas de muerte a las cinco de la mañana desmontando el equipo después de haber soportado todo tipo de mierdas durante una actuación de cinco horas o más. Todo eso te da igual, porque cuando te montas en la furgoneta de vuelta a casa dices “hostia, soy músico”. Y eso con veinte años te llena como nada en el mundo. Pero después de siete años la mierda empieza a inundarlo todo y no ves nada más. Es el momento de dejarlo. Y en esas estoy, buscándome la vida de otra cosa.
En todos estos años he recopilado un anecdotario bastante nutrido de putadas y satisfacciones. Una de cal y otra de arena. Nunca he tenido muy claro si la de cal es la mala o viceversa. Digo yo que la cal será la mala, ¿no?
Un pueblo perdido en la zona del Aliste, Zamora. Verano del 2000 (el 2000 siempre será el 2000. 2007 es 2007). Mi primera temporada como orquestero (de mierda). Una lástima que no me acuerde del nombre, porque el pueblo era precioso desde diez kilómetros antes de llegar. Incluso yo con mi escasa sensibilidad paisajística me quedé de piedra. En la plaza del pueblo tenían un moral enorme que daba unas moras cojonudas, gordas y jugosas. El suelo estaba sembrado de millones de trazas violáceas. En el descanso hacían una rifa. El cantante (Fernando, o “el abuelo”, que se merece una entrada para él sólo) compra papeletas para todos los componentes de la orquesta. Adivinad a quién le tocó. Aquí un servidor se sube al escenario con el uniforme de trabajo, que es reconocido por los indígenas, lo que desata sus iras al grito de “¡Tongo! ¡Tongo!” y mi jefe tiene que subir a tratar de apaciguarles.
- ¡La orquesta ha decidido donar el premio al pueblo! –anuncia, secundado de “¡vivas!” y chanzas de los nativos. Lo que jamás adivinaríais es qué coño me acababa de tocar.
Me había tocado un puto avestruz. La principal fuente de riqueza del pueblo era una cooperativa de cría de ganado. Avestrucil. En el bar del pueblo te servían bocadillos de tortilla de auténtico huevo de avestruz, y tenían expuestos los ejemplares más gordos, el orgullo de la ganadería local. Cuando pregunté que qué se supone que hubiese tenido que hacer con el premio de haberlo aceptado me respondieron que no me habría llevado al animal (no nos habría cabido en el camión con tanto trasto), sino que me habrían enviado a casa sus sesenta kilos de carne congelada... o las noventa mil pesetas que costaba la res.
Maldita la puta gracia de mi jefe.
