17/7/15

girar un país


Me encanta el vagón cafetería del AVE. Si pudiera, haría todos los viajes de mi gira con Ángel Stanich aquí de pie, dos horas y media de un Madrid - Sevilla bebiendo cerveza y viendo pasar ante mí este país que amo y odio a partes iguales.

Girar con una banda tiene esa pista extra que, por evidente, nadie te cuenta: Puedes ver un país entero. En realidad es muy poco lo que ves, sólo lo que linda con las carreteras y las vías de tren. Media docena de veces al año tienes que coger un avión, y entonces ves mucho más, pero no me refiero a verlo a esa escala, la de los dioses y la cartografía. No, yo digo verlo de verdad.

Verlo y conocerlo son cosas bien diferentes, pero eso también te lo da girar con una banda. Dormir en sus hoteles. Beber y comer lo que beben y comen allí donde vas (hay tanto vino más allá del Ribera...). Hablar un día con un catalán y al siguiente con una andaluza. Bañarte en sus Cantábricos y sus Mediterráneos horas antes de subirte al escenario. Lidiar con sus acentos y recrearte en sus tonos de piel. Hacer más amigos y amigas de los que harías en tres vidas sedentarias. Excitarte con las primeras veces en sitios que sólo conocías por los mapas y que, probablemente, nunca volverás a visitar, y encenderte contándoles cómo es la Castilla que en realidad sólo existe en tu cabeza.

Pero lo que más haces girando es aprender. En estos dos años y pico con Stanich, que me han mantenido alejado de escribir, me he liberado de un clásico prejuicio norteño descubriendo que hay Rock más allá de Despeñaperros. El Sur puede estar lleno de Rock, si sabes dónde buscar. Aunque para ello no me ha hecho falta salir de Madrid. Ángel lleva el Sur siempre consigo.

Brindo con una Cruzcampo de lata a doscientos cuarenta kilómetros por hora por que nunca nos deje de oler el culo a gasolina.


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