30/1/12
| [+/-] |
morir |
Mi suegro ha tenido hace poco una avería seria. Concretamente la que alimenta a mi demonio particular. La Niña Fatal, entera como siempre, tuvo que llevarle en coche al hospital. A ella lo de la entereza le viene de familia: al parecer mi suegro debió preguntar, ya ingresado en la UVI, por el contenido del menú de la cena. Ella sólo se vino abajo cuando sabía que ya podía hacerlo, al llegar yo algo más tarde. Con qué naturalidad se toman algunos hombres maduros la proximidad de la Muerte... No hablemos ya de las mujeres maduras, que parece que hablen de ella como de un familiar lejano con el que se encontrarán un día de estos. Quizá ya no le tienen miedo porque han desarrollado algún tipo de cualidad sobrenatural que les hace inmortales. Lo que viene siendo un alma, que al final no es otra cosa que la historia de una vida escrita de forma indeleble en el espacio-tiempo. Consiguieron nacer y sobrevivir, cosa que para algunas generaciones ya es un verdadero triunfo. Han existido, y eso es universalmente irrefutable, aunque en un par de generaciones nadie les recuerde. Han hecho todo lo que tenían que hacer. Buen trabajo. Una historia terminable y, por tanto, terminada. Me imagino que el cerebro reptiliano también se puede morir tranquilo cuando uno deja hijos. Claro que quizá es pura fachada, y en realidad estamos todos cagados de miedo.
Por otro lado, un buen amigo no mucho mayor que yo también ha estado a punto de irse al otro barrio, en este caso por una afección repentina y fulminante que le ha dejado en coma varios días y de la que se recupera favorablemente. Literalmente ha vuelto a nacer, porque ha estado dándose una vuelta por el no existir, ha vuelto, y no se acuerda de nada de ese paseo. Los amigos no hacemos más que tomarle el pelo recordándole que nos debe dinero y repetir entre nosotros que seguramente ahora se tome la vida de otra forma. Como si hiciera falta verle el blanco de los ojos a la Muerte para saber que, para desgracia de los faraones, la pasta, la posición social, las trayectorias profesionales y la seriedad tienes que dejarlos aquí cuando te mudas al otro barrio.
La que no ha salido tan bien parada es mi tía, que tras varios años de lucha contra el cáncer y aún muchos más contra su propia familia por gilipolleces, ha pasado hace unos días a formar parte del Club Universal. Ya no es una persona: es una historia. Acababa de cumplir cuarenta y ocho años. Hacía diez por lo menos que no la veía, así que la recuerdo joven y divertida, alegre, una de esas pocas personas consciente de lo que de verdad es importante. La tía enrollada que salía con mis primas mayores. Por lo que me iba enterando a través de mi familia, hacía muchos años que esa persona ya no existía, así que la llamada de mi madre, llorando a pesar de todo, llegaba una década tarde. Lo único que fui capaz de sentir fue alivio al escuchar ese nombre después de un interminable silencio, y no el de mi hermano o mi padre.
A mí, que estoy satisfecho con el camino recorrido hasta ahora, que podría morirme tranquilo mañana sabiendo que dejo detrás una historia más o menos a mi gusto y ningún entuerto que desfacer por mi fantasma atormentado, lo que me da por culo no es la Muerte en sí, sino el Morirme. La no existencia me la sopla, pero la idea del Tránsito me jode tanto que me da rabia. Me consuela pensar que la Muerte es un poco como ir al dentista: no haces más que darle vueltas durante un tiempo, luego lo pasas mal mientras dura, pero es algo que tienes que hacer de todas formas, y si te entregas sin resistirte, bueno, al final no es para tanto.
Si todo el mundo lo hace no debe ser tan difícil.
18/8/11
| [+/-] |
biblioteca |
Hace años que vengo a esta biblioteca. Décadas, incluso. Me recuerdo de crío viniendo a buscar cómics de Tintín los viernes por la tarde después de clase, sin terminar de creerme que todos aquellos tomos estuvieran a mi disposición. En verano pasaba muchas tardes aquí buscando libros de "Elige tu propia aventura", siendo consciente, mientras la luz de aquel sol crepuscular se me quedaba grabada en el subconsciente como una llamada a lo que luego sería mi infancia, de que todavía me quedaba la vida entera, que contemplaba con esperanza y avidez. Sabía que si estaba allí metido leyendo era porque aún no había empezado a vivir de verdad, y que el futuro sería más intenso y emocionante de lo que jamás podría llegar a leer.
Algo de verdad ha habido en aquella idea, aunque junto con las emociones y la libertad de convertirme en un adulto también ha habido mucha mierda que tragar. Pero sigo viniendo aquí cuando necesito algo de esperanza en el futuro, emociones de mentira o vivir las vidas de otros. En ocasiones he estado lejos de esta biblioteca. He emigrado, como vosotros, y he vuelto. Ahora, mientras busco libros de relatos de Raymond Carver, sé que, probablemente, cuando apenas me quede futuro y esté cansado de emociones de mentira y vidas de otros, podré salir de casa, acercarme de un paseo hasta aquí y recordar todo aquello que siendo un crío esperaba de mi vida, a la luz de este sol crepuscular.
16/5/11
| [+/-] |
la habitación interior |
Tengo una habitación en mi interior. Una celda casi, con una ventana diminuta que da a un sombrio patio de luces. Es un cuartucho barato con una cama vieja de noventa, un escritorio minúsculo y un armario desvencijado que mis caseros estuvieron a punto de tirar, hasta que decidieron amueblar este piso y alquilarlo. En este cuarto guardo la ropa imprescindible (me deshice de toda la que no me ponía en la última mudanza), un par de tomos de Chris Ware y Daniel Clowes que aún no he leído (el resto de mi biblioteca está en casa de mis padres, no podía seguir cargando con ella), un ordenador que me acabo de tener que comprar, la guitarra y los discos de vinilo, que escucharé cuando compre un tocadiscos. Nada más. No guardo fotos, ni muebles, ni objetos con valor sentimental, ni cajas con cosas de mis ex, ni un tercer juego de sábanas y de toallas, ni productos de afeitado que nunca uso, ni apuntes de cursos pasados, ni otro tipo de trastos inútiles que dificulten los traslados.
Hace poco he estado a punto de mudarme a esa habitación que ahora sólo existe en mi interior. Afortunadamente La Niña Fatal y yo resolvimos nuestras diferencias con sinceridad y decidimos darle un nuevo plazo a nuestra vida en común, en la que sí tenemos algunas cosas que perder.
Pero sigo guardando esa habitación dentro de mí. Por si algún día me hiciera falta.
26/3/11
| [+/-] |
ensoñaciones del paseante encabronado |
He vuelto a sacar del armario las mallas cortas y las zapatillas. El cuerpo me lo estaba pidiendo. Sin embargo correr me generaba mucho ruido mental, así que he convertido un acelerado paseo de jubilado (algunos lo llaman marcha) en mi única actividad deportiva. Este ritmo sí que te deja empaparte hasta el fondo del entorno urbanístico de la ruta.
Vivo en un barrio residencial a las afueras de una capital de provincias. Cuando se edificó, hace quince años, esto era el culo del mundo, pero al menos se organizaba alrededor del final de la gran avenida que recorre la ciudad. Y se pobló. Lo que le ha crecido a los lados en los dos o tres últimos años no lo ha hecho. Es una zona perfecta para salir a mover el culo por la noche: Amplias avenidas sin tráfico, nadie que te vea sudando con esa pinta, una somera iluminación muy propicia para tener epifanías decadentes y crepusculares si te llevas contigo a Tom Waits o a Miles Davis... Unas calles, más que tranquilas, directamente muertas. Es como salir a pasear por los restos de la civilización después de una hecatombe nuclear. El fin del mundo debe parecerse mucho a esto. Y me encanta el fin del mundo.
La sensación es exactamente la opuesta a la que tienes cuando visitas el viejo barrio en el que te criaste. Allí una baldosa levantada, una farola, una verja... son los receptáculos físicos de una mitología generatriz que desemboca en lo que luego ha acabado siendo la historia de tu vida. Por no hablar de los parques. Lágrimas como puños se me han caído visitando los parques de mi adolescencia.
Pero estos barrios fantasma no significan nada. Nadie va a recordar estas arboledas, estas aceras o estos portales emocionado pensando “aquí me caí con la bici y me hice esta cicatriz” o “aquel verano me dí el lotazo con la Jesi en este rincón”. Estos barrios fantasma tienen una población fantasma que no está aquí. Está viviendo su vida en alguna otra parte. Y esa es la peor de las derrotas de los promotores inmobiliarios. No la económica, sino la derrota moral: Han dejado de ponerle el decorado a las vidas de la gente para pasar a ponérselo a los paseos de un triste treinteañero sudoroso en mallas. Aunque a ellos no les importe una puta mierda.
10/2/11
| [+/-] |
hijos |
La Niña Fatal y yo quedamos en un café con una amiga suya, casada con el antiguo teclista de mi banda. Tienen un hijo de un año.
-Ya no vemos la tele. Nos quedamos horas mirando absortos las caras que pone el niño practicando expresiones faciales. Es todo un espectáculo. Cuando cree que no le oímos también "habla". Practica pronunciaciones y tonos de voz. Fascinante.
El crío ha tardado bastante en ponerse a andar, pero la feroz competencia en la guardería por hacerse con los juguetes le ha espabilado rápido. El chaval se pasea con una gran sonrisa por el local, tambaleante, como los borrachos. Los camareros le cogen en volandas. Luego se queda mirando a un grupo de desconocidos que hay en otra mesa. Le aúpan y le suben a sus rodillas. Le hacen carantoñas. El niño se parte de risa. Nosotros también.
-Mira, ya está haciendo amigos. A esta edad si alguien le llama la atención no les da ninguna vergüenza quedarse mirando.
Unos días después visitamos a un amigo del trabajo y su mujer. Tienen una hija de ocho meses. La niña se ha quedado absolutamente pillada con mi barba y mis gafas.
-¿No echáis de menos hacer las cosas que hacíais antes de tener a la cría?
-La cuestión no es esa. La pregunta correcta es ¿qué hacía yo antes de tener una hija? ¿A qué dedicaba todo mi tiempo libre? Cuando me preguntan qué hice ayer por la tarde respondo: estar con la niña ¿Haciendo qué? Pues nada en particular. Estar, simplemente. Cuando dicen que un hijo te llena la vida, es literal. Te llena el tiempo del que dispones y no necesitas otra cosa en qué ocuparlo.
-Y haces un montón de ejercicio. Debe ser sanísimo porque yo acabo rendida.
Mis nuevos compañeros de banda tienen una hija de tres años. La cría reconoce las canciones de los Beatles en el hilo musical del supermercado y, de más pequeña, la calmaban poniéndole discos de Diana Ross.
-Son tan inocentes...- me dice ella.-Su curiosidad es genuína y sincera, sin dobleces. Están ávidos de aprender cualquier cosa y todo les sorprende, porque todo es nuevo para ellos. Aprecian las cosas que nosotros damos por hechas como se merecen, y eso te enseña a tí a hacer lo mismo. Un hijo es el mejor maestro.
-A veces me miro en el espejo- dice él -y pienso “en realidad soy el mismo gilipollas de siempre”. Pero ahora, además, soy el padre de alguien. Eso es una sensación muy fuerte.
Siempre justifiqué mi negativa a tener hijos con todo tipo de argumentos prácticos o ideológicos: No tengo pareja. No tengo dinero. No tengo tiempo. No tengo instinto. No tengo paciencia. No tengo moral. No tengo fuerzas. A veces, simplemente no tengo ganas. Pero me he quedado sin excusas. La realidad es mucho más sencilla: ¿Reconocerme en otro? ¿Establecer con una persona un vínculo que, esta vez, y sólo esta vez, sí, será indisoluble hasta que uno de los dos muera? ¿No volver a tener la oportunidad de estar verdaderamente sólo nunca más? ¿Llevar por siempre esa carga en la maleta?
Lo que en realidad no tengo es valor.
19/11/10
| [+/-] |
la casa a cuestas |
Entre las cosas que siempre llevo encima está mi cepillo de dientes porque, como todo el mundo sabe, allí donde esté tu cepillo de dientes está tu hogar. Es una costumbre que adquirí cuando tocaba con la orquesta, en una época en la que nunca sabía exactamente dónde dormiría esa noche (mañana más bien), dónde comería, me lavaría o incluso cuando sería la próxima vez que podría hacer alguna de esas cosas. Era una vida en la carretera en toda regla, que me enseñó que, cuando careces de rutinas y seguridades en la vida, un cepillo de dientes puede ser lo único que necesitas para sentirte en casa. Un hogar de perfil bajo que puedes llevar siempre contigo, sean cuales sean tus circunstancias.
Desde hace unos días he añadido al kit básico de supervivencia un bote de gel de ducha porque me han cortado el gas. Hasta que se resuelva, la Niña Fatal y yo andamos mendigando una ducha, principalmente en casa de sus padres. En la de los míos también he recalado en algún momento. Pero cuando tu agenda te obliga a ducharte en casa de una compañera de clase (y amiga) o le tienes que decir a tus amigos del centro que preparen una toalla de más por si acaso, la cosa adquiere un tono un tanto outsider. Ayer, desnudo bajo un chorro de agua caliente en un plato de ducha extraño, rodeado de productos de higiene de gente a la que no conocía, me dí cuenta de lo frágil que es nuestro concepto del hogar. Y me reafirmé en la idea de que deberíamos estar siempre preparados para perder. Mantener bajas las expectativas para no estar puteados cuando lo que pensamos que son nuestras vidas se vaya a la mierda. Dejar listo nuestro funeral si vamos a viajar a un país con riesgo de amenaza terrorista.
Manteniendo una actitud de supervivencia dejaremos de sentirnos desnudos y podremos, cuando por fin vuelvan a conectarnos el gas, disfrutar de los milagro diarios que de otro modo daríamos por hechos.
12/9/10
| [+/-] |
luces parpadeantes (y III) |
Viene de Luces parpadeantes (II)
Me fui de Lille en plena crisis ansiosa por volver cuanto antes a cubierto, pero con la impresión de dejar a La Cabrona en buenas manos. El pirata de su novio fue absolutamente encantador y, aparte de llevarnos y traernos en su camioneta que olía a gasoil, desayunó con nosotros en la Grande Place y ayudó a elegir a La Cabrona una boite a meu para La Niña Fatal cuando yo fui incapaz de entrar en la tienda de juguetes, abrumado por la saturación de colores y sonidos en pleno estado de pánico. La Cabrona no sólo ya no necesitaba mi ayuda, sino que fue ella la que me prestó la suya para llegar al aeropuerto.
El nudo en la garganta que arrastré esos tres días no se soltó hasta que ya estuve aterrizando. Y no sé si lloraba por darme cuenta de que cuando por fín había tenido la ocasión de encontrarme con el doctor Beauvoir no tenía nada que decirle, salvo que qué buen día hacía y que me alegraba de verle. O por lo evidente que resultaba para todos que, a pesar del buen rollo general, como es lógico yo ya no formaba parte de aquella familia y eran otros los que iban a estar allí en los momentos realmente jodidos. O quizá lloraba, como cada vez que me entero de que una de mis ex novias se casa, por sentirme un poco más solo, estúpido y ridículamente paternalista.
Llegué a casa y sólo entonces caí en la cuenta de que estaba vacía. La Niña Fatal seguía fuera de la ciudad, en el entierro de su abuelo, y no llegaría hasta varios días después. De repente no tenía nadie a quién contar aquella odisea emocional. Recordé cómo me joden sus sensatos jarros de agua fría sobre mis ideas de bombero jubilado. Cómo su cabeza está bastante mejor amueblada que la mía y que no se deja engatusar como yo por las luces de colores que me habrían consumido como a un insecto. Recordé las pocas veces que había pensado en irme de su lado y recuperar mi ritmo de vida de soltero, intentando negar que la pasta de la que estoy hecho ya ha cambiado, que ha llegado el momento de pasar el testigo de la intensidad a cualquier precio a gente como Enthusiastic. Que ahora los motivos para hacer las cosas me vienen por otro lado. Había vuelto de rodillas desde Francia siendo otro y con la certeza de saber lo que de verdad es importante, y no podía compartirlo con ella. Imaginé cómo sería llegar todos los días a una casa así de vacía. Recordé, en un intento inútil de matar ese hipotético silencio, todas esas cosas que me sacan de quicio de ella.
Y las eché terriblemente de menos. Como nunca había echado de menos a nadie.
5/9/10
| [+/-] |
luces parpadeantes (II) |
Viene de Espiral pitorréica
-¿Te has llevado las llaves de casa? Porque cuando vuelvas yo no estaré. Me voy unos días fuera: Mi abuelo ha muerto.
No llegué a conocer al abuelo de La Niña Fatal. Me hablaron mucho de él antes y después de aquella llamada, y por lo visto gozó de un humor envidiable hasta el último momento, siempre con una sonrisa. Me resultó confuso estar en Lille resolviendo entuertos emocionales del pasado cuando quizá era más necesario en casa, apoyando un (no por esperado menos triste) desenlace del presente. Recibí aquella llamada unas horas después de aterrizar, y a partir de ese momento este viaje, pensado para despedirme del doctor Beauvoir, adquirió una perspectiva más global, pero perdió parte de su sentido.
La Niña Fatal estará bien, es una chica fuerte, pensé, seguramente más que yo. Aunque no podemos saberlo. No se me ha muerto nunca nadie. Exceptuando a mi abuelo, claro, pero yo era pequeño y no cuenta. Tengo treintayun años y nunca he visto un cadáver. Nunca he vivido una tragedia, lo que, por increíble que parezca, tiene su inconveniente. Porque la parte de tí que te saca adelante cuando sucede una desgracia reclama su alimento, y puede convertir la ausencia de pérdidas en una angustiosa espera de lo que algún día acabará llegando. Creo que por eso me volqué tanto en la tragedia que sí estaba viviendo La Cabrona: Me despedía de su padre con la esperanza de no tener que despedirme del mío. De alguna forma, algo en nosotros está hecho para sufrir. Con lo que sea. Para estar preparado cuando por fin veamos morir a la gente con la que más nos hemos compartido. Cuando dejen de ser personas para convertirse en historias que sólo los que nos quedamos recordaremos, mientras nos vamos quedando cada vez más solos, hasta que no quede nadie que nos entienda.
La alternativa a todo esto es morirse uno antes. Es decir, que si no toco en el funeral de El Meister será porque él habrá tenido que hacerlo en el mío.
Finaliza en Luces parpadeantes (y III)
27/8/10
| [+/-] |
luces parpadeantes (I) |
-Mi padre se muere.
El doctor Beauvoir es el padre de mi ex gabacha (alias La Cabrona). Durante los difíciles meses que pasé en el norte de Francia el doctor Beauvoir fue para mí mucho más que un suegro. Fue un impagable apoyo logístico y moral, un hombre excepcional que me abrió sin reservas las puertas de su casa. Todo un padre suplente. Y ahora estaba muy enfermo. Se moría. La Cabrona me llamaba llorando para contármelo porque ya no tenía a quién acudir para hablar de ello abiertamente. El resto de su vida no iba mucho mejor. Poco apoyo puedo ofrecerte por teléfono, le dije mientras consultaba los horarios de los vuelos a Charleroi y mi apretada agenda. Unos días después tuve que darle el pésame a un buen amigo de La Niña Fatal y recibí una de esas llamadas de madre, con un nudo en la garganta, que te hiela la sangre.
-Tu padre está en el hospital.
Por lo visto un dolor en el pecho, un viaje a urgencias y unos días de pruebas y analíticas. Todo en orden, vigile el estrés, pero era su primera baja laboral en treinta años. Y eso acojona. Ese día cumplía cincuentaiséis. ¿Cómo se me pudo haber olvidado? ¿Por qué nadie me avisó? Le regalamos un bañador para que hiciera algo de ejercicio. Capté la indirecta y cogí un avión. Y me llevé para el camino Cosas que los nietos deberían saber porque parecía una lectura muy apropiada. Resultó ser no sólo una gran distracción, sino también la mejor ayuda posible para el viaje que me esperaba.
Continúa en Musicomicbooks...
14/6/10
| [+/-] |
la educación sentimental (II) |
No he podido evitarlo. He abierto la bolsa de plástico de Pandora, en vez de quemar su contenido, y he hurgado a ver que salía. Me equivoqué: Pensaba que contenía las cartas que intercambié durante años con la misma persona, pero lo que de verdad había allí era mucho más terrible.
Con cerca de trece años se me ocurrió escribir a la sección del suplemento ¿infantil? de El País Semanal que publicaba las cartas de los jóvenes lectores que facilitaban su dirección en busca algo de correspondencia. Una descabellada costumbre que se tenía en el siglo pasado, antes de que se inventaran las redes sociales y el messenger. No sé qué cojones se me pasó por la cabeza. Era una época en la que en vez de intentar buscarle un sentido a cualquier nimiedad cometida, simplemente hacía cosas que significaban cosas, pero sin tener consciencia de ello y ni puta idea de lo que podían simbolizar. Funcionó jodidamente bien. Recibí varios cientos de cartas, en su mayoría de crías de la misma edad que yo, contándome de todo. Desde banales anécdotas escolares hasta jodidísimas truculencias, pasando por absurdas declaraciones amorosas, fruto más de un temprano desarrollo hormonal y una imaginación desatada que de nada más. En la bolsa estaban algunas de esas cartas.
Ver tu nombre completo escrito por tantas manos diferentes es algo que da bastante vértigo. Es algo que, seguro, significa otra cosa. Lo suficiente como para pensarte dos veces abrir alguna al azar y releerla. Pero lo hice. Una chica bastante graciosa con un humor muy ácido agradecía con cierta ironía que la contestase por segunda vez. Luego explicaba que había estado haciendo una especie de vudú con la primera carta, en venganza por haber tardado tanto en responder. Me hizo gracia comprobar cómo ya entonces me gustaba que me metiesen caña. Pero el tono me resultaba demasiado familiar. Luego la letra también. La firma y el matasellos no dejaban lugar a dudas: Resulta que fuí a leer la única carta que conservo suya. ¡Qué fantástica ruleta rusa! De entre todas las vidas posibles, de todos los caminos por recorrer, de todos los yoes creados por las circunstancias y la educación (sentimental) volví a caer de forma completamente fortuíta en este mismo, en el mío. En ese en el que os acabo contando esta historia a vosotros en la entrada de un blog.
¡Claro, cómo no! No podía ser de otra manera.
7/6/10
| [+/-] |
la educación sentimental |
Qué gran invento, las relaciones epistolares. No es de extrañar que a menudo tenga presente ese sofisticado y decadente juego que es Las Amistades Peligrosas como metáfora para situaciones cotidianas. No puedo evitarlo. Pero el motivo último para que eche de menos los sobres y los buzones es que una parte de lo que soy tiene su origen en un amor adolescente que tuve por carta hace tiempo (tanto que por aquel entonces Kurt Cobain aún estaba vivo, no digo más). Bueno, pues Craig Thompson ha cogido cada preciso detalle de mis recuerdos sobre aquello, punto por punto, fechas incluidas, los ha arrancado de León y se los ha llevado a Michigan para dibujar Blankets.
La versión de Thompson de lo que me ocurrió es, a pesar de su cercanía, inocentemente romántica con un fuerte componente religioso. No pasa por el tamiz de la experiencia adulta y su interpretación psicológica, o al menos no permite que contaminen el relato. Es más magia que otra cosa. Y yo lo he leído justo ahora que acabo de encontrarme las cartas con las que empezó esta historia. Y me he acordado de cómo me sentía cuando el mundo era nuevo y emocionante, trágico o glorioso, contenido pero incontenible. Cuando el problema era que todo te venía grande en vez de pequeño. Cuando las emociones te pasaban por encima brutalmente, haciendo estragos a su paso, sin que supieras cómo cojones gestionarlas, en vez de tenerte buscando, sediento en mitad de un desierto de estabilidad emocional, algo que te destroce por dentro. Cuando tu vida era absolutamente frustrante pero esas dos o tres visitas al año hacían que todo valiera la pena. Y era increíble. Y también una puta mierda.
Da igual quienes fuéramos. Podríamos haber sido otros. Da igual que fuéramos tremendamente torpes. Aquel intensísimo episodio consumió gran parte de mi combustible emocional, que debía durar toda una vida, en un fogonazo deslumbrante, una supernova que cauterizó, para quienes vinieron después, la herida de los celos en la que los demás hurgan como fundamento para sus relaciones. Me siento afortunado de haber vivido (yo también) aquello. Pero no lo añoro. A pesar de haber cambiado aquellos chutes de adrenalina por las facturas, pasar el aspirador o los compromisos sociales, a pesar de que ese inocente y emocionado panoli se haya convertido en el hombre cínico y desconfiado que soy ahora, aquel sin vivir en realidad era una putada. Un efímero pasaje necesario para mi (citando a otro ilustre gabacho desilusionado) educación sentimental. Como Thompson, me ví quemando mis naves (y esas cartas que no releeré serán lo siguiente), andando sobre la nieve sabiendo que las huellas no perdurarían.
Un brindis, eso sí. Buena suerte, jodida psicópata.
28/5/10
| [+/-] |
Dr. Cordero y Mr. Vaderetro |
Creo que se habrán percatado de que hace tiempo que no escribo nada. Eso es porque no tengo una puta mierda que contar. Nada interesante, al menos. Ninguna de esas entradas que provocan una llamada de mis padres para preguntarme si estoy bien. Ningún texto que haga que me plantée si lo que yo entiendo por El Compromiso Con La Literatura es algo saludable, es decir, si vale la pena airear tu vida personal, y con ella las de los que te rodean y te quieren, sin importarte una mierda el daño que puedas hacer porque todo mal que puedas causar con esa expresión está justificado por El Arte.
Nada. Chanchullos de los bancos en el trabajo, como mucho. Poca hostia.
Así que ayer me tomé unas vacaciones de mí mismo, sin avisar y sin sentirme culpable. Le dí un poco de cancha al hijoputa que todos llevamos dentro. Le dejé asomar los hocicos al depredador, que el pobre hacía tanto tiempo que no le daba el aire que creo que La Niña Fatal ni siquiera ha llegado a conocerlo. Y entonces ocurrió: Me tomé dos cañas con los amigotes un jueves. Y todo me importaba un bledo. Y me acordé de cómo era tener cosas que contar.
Curiosamente llegué a casa con ganas de ponerme a escribir.
5/2/10
| [+/-] |
síntomas inequívocos de que te haces mayor (a los treinta) |
- Que dependientes y camareros te tratan bien en tiendas y restaurantes.
- Que en el ascensor las madres les dicen a sus niños pequeños “Hijo, deja pasar a este señor”.
- Que en el hospital te atienden enfermeras más jóvenes que tú. A veces, en urgencias, hasta los médicos.
- Que el objetivo de tu peluquera no sea “remarcar” sino “disimular”.
- Que te cobren la tarjeta y las comisiones en el banco.
- Que declinas las invitaciones a tomarte la última.
- Que te apetece salir a dar paseos con tu (chica) mujer.
- Que te parece que los chavales en el autobús son escandalosamente ruidosos.
- Que hay chavales, y no son tú.
- Que te sorprendes pensando, avergonzado, “pero si es una cría” ante una tipa que, objetivamente, está muy buena.
- Que ya no concibes no viajar en preferente o no alojarte en un hotel.
- Que tienes resacas. Resacas de verdad.
- Que tu jefe tiene tu edad. O menos.
- Que te interesan cosas tan extrañas como la historia de tu ciudad o la actualidad económica.
- Que te da pereza salir de casa los fines de semana.
- Que a tu madre ya no le disgusta cómo vistes.
- Que en vez de denegarte las ayudas estatales simplemente no puedes optar a ellas.
- Que haces ejercicio, comes menos y bebes mucho agua.
- Que modelos y actores/actrices guapos ya no son más viejos que tú.
- Que los desconocidos te tratan de usted.
- Que cuando lees una historia o ves una película sobre una pareja con una gran diferencia de edad te identificas con el mayor.
- Que te levantas a comprar el periódico los domingos por la mañana.
- Que tienes corbatas. Y no por obligación, sino porque te gustan.
- Que te piden consejo.
Que haces listas de situaciones en las que te percatas de que te haces mayor.
31/1/10
| [+/-] |
amaxofobia |
a.
Está sobradamente documentado que mientras conducimos concebimos nuestro cuerpo y el vehículo como un todo. Por eso, por ejemplo, cuando tenemos un golpe decimos “me han dado” y no “le han dado a mi coche”. Nuestra conciencia se expande y asumimos al vehículo como una proyección de nuestro ser. Por eso conducir mientras tienes una crisis de ansiedad ofrece una gran ventaja: En vez de estar exasperadamente atrapado en tu cuerpo estás atrapado en el habitáculo. Y eso es un espacio mucho más grande. La prioridad no eres tú, sino el vehículo en su conjunto. El peligro está en el resto de la circulación, no en el interior, y por lo tanto es un miedo mucho más racional. En vez de preocuparnos por una muerte súbita e inevitable pasamos a preocuparnos por un hipotético accidente, lo que en realidad es una parte inherente de la conducción y un temor necesario, porque el conductor que no albergue ni un mínimo rastro de él es un mal conductor: Es un temerario. Lamentablemente los ansiosos somos aún más peligrosos para nosotros mismos y para los demás por todo lo contrario: Somos temerosos. Nuestra conducta errática y nuestros sentidos hipersaturados durante el acceso nos impiden reaccionar naturalmente y anulan los automatismos adquiridos, necesarios para circular. Nos convertimos súbitamente en alumnos de autoescuela en su primer día y sin profesor.
b.
Mejorar la forma física no evita necesariamente las crisis de ansiedad, pero permite gestionarlas mejor. Si estamos acostumbrados a hacer ejercicio la taquicardia durante el acceso de angustia nos recordará a la natural y necesaria durante el esfuerzo físico, y nos permitirá preservar una parcela de lucidez mental en el agitado caos de nuestro interior. Estando en buena forma somos capaces de abstraernos y ver la situación desde fuera, situarnos como espectadores de nuestra propia crisis, lo cual ayudará a percatarnos de lo absurdo de la situación y restablecer los valores de cordura normales.
a+b= Experiencia reveladora. Jodida de cojones. Pero reveladora.
7/1/10
| [+/-] |
soltar lastre |
La mudanza desde casa de Jose a la de La Niña Fatal se está convirtiendo en una agonía interminable de viajes casuales con maletitas minúsculas, sin terminar de decidir cuándo me llevo la cama de palés, el plato de los vinilos, el ordenador y otras piezas de mudanza mayor. Para mudarse hacen falta ciertas energías que mi actual estado de nervios no me permite. Hace falta estar dispuesto hacer limpieza, a deshacerse de los objetos con valor sentimental, a desligarse de las cosas. Hace falta ser valiente. Mi psiquiatra/psicoanalista de barra cree que parte del conflicto que alimenta esta mala racha se debe a este vivir entre dos mundos, a no haberme mudado (en todos los sentidos) completamente, y está convencido de que cuando cierre por última vez la puerta de mi habitación como tal se desvanecerán no pocos fantasmas. Yo también lo creo. Pero en el proceso he descubierto que hay puertas mucho más antiguas todavía parcialmente abiertas. Mi cama reciclada sólo cabe en el trastero de mis padres, y para meterla ahí aún he tenido que desalojar antes un montón de bultos de mi ex gabacha que todavía acumulaban polvo allí abajo. Precisamente hoy, que he intercambiado un par de mails con ella sobre nuestros proyectos y esperanzas, he tirado a la basura muchas de las cosas inútiles (agujas de tejer, medicamentos, frascos de perfume vacíos) que todavía conservaba por el mero hecho de ser suyas. Y no me ha dolido en absoluto. He tenido la sincera impresión de estar soltando lastre para poder (ella en Lille, yo aquí) seguir ascendiendo.
Lo siento Marion. Voy a donar tu ropa a la beneficencia. Alguna yonqui de Pajarillos podrá vestir ahora con esa curiosa mezcla que tenías de gótica con perroflauta del oriente medio. Sé que, con tu desapego por lo material, tú habrías hecho lo mismo.
4/12/09
| [+/-] |
interpretación de un final y un principio |
He sido muy feliz en esta casa que dejo ahora. He disfrutado enormemente de la compañía de mis compañeros de piso, Jose y Anaí, a los que quiero profundamente. He tenido reveladoras epifanías, he tocado grandes temas a la guitarra con mi adláter mientras dábamos cuenta de una botella de Karmeliet, he cantado mucho en esta ducha. Me he sentido reconfortado y a salvo entre estas cuatro paredes y esta luz cálida y tenue. De todos los pisos de alquiler que he compartido este es uno de los pocos que ha sido verdaderamente mi hogar.
Pero releyendo esta entrada sobre la primera noche que pasé aquí he comprendido qué significaba aquella señal que recibí (tendréis que releerla vosotros también para saber a qué me refiero): Cuando la magia se acaba es hora de dejar de ser un mago y convertirse en un hombre. Abandonar la intuición para abrazar la fe. Y no creo que sea justo que parezca que, como les pasa a muchos otros, me voy a vivir con La Niña Fatal porque ya no me siento tan indestructible como para afrontar esta tempestad yo solo. Que me acomodo y asiento la cabeza, sacrificando mi total y absoluta libertad (a veces incluso libertinaje), porque ya no puedo seguir con esta intensidad que, en realidad, era ya otro tipo de atadura. No, no es justo ni para ella ni para mí.
Que la vida con La Niña Fatal es más tranquila y adulta es un hecho. Que vayamos a pagar un alquiler en vez de dos con la que está cayendo también ayuda. Sin embargo estas cuestiones nunca me han detenido antes. Si me voy a vivir con La Niña Fatal es porque confío plenamente en ella. Porque me encantan todas sus modalidades de risa, desde la nerviosa sin sonrisa cuando me esta contando algo a la extenuante carcajada cuando tiene el día tonto. Porque, a pesar del desastroso resultado, intenta tararear las canciones que no se sabe. Porque de pequeña bautizó a sus dos tortugas como 'Aretha' y 'Franklin'. Porque me encanta cocinar para ella. Porque necesito darle los buenos días todos los días. Porque usa calcetines de rayas. Por su inagotable paciencia conmigo. Porque no me imagino cometer una torpeza sin que me haga rabiar luego. Porque no le da cancha a mi hipocondria. Porque me encanta que me sujete en sueños para que no me caiga de la cama, aunque no me esté cayendo. Porque después de un año todavía no sé si cuando me llama "gordito" está siendo irónica o no, lo cual es tremendamente irónico en sí mismo. Porque se ríe todas y cada una de las veces que le cuento lo del niño con voz de adulto (y son varias al día). Porque es increíble haciendo regalos. Porque me encanta su humor políticamente incorrecto y directo a la llaga más sangrante debajo de ese aspecto dulce de no haber roto un plato. Porque no creo que haya nadie que respete tanto mi individualidad y mi independencia como ella, y que me necesite sin tener que demostrármelo cada segundo, que me deje respirar y al mismo tiempo me dé de respirar. Porque, a pesar de su apodo, no es un niña, sino una mujer. Ahogo mis libros, rompo mi báculo y dejo mi reino por propia voluntad porque esta es la única aventura que realmente me quedaba por vivir.
Y porque la quiero.
12/11/09
| [+/-] |
benzodiazepina surfer |
Lleva lloviendo unos cuantos días. No he podido salir a correr, y ya se me está pasando el chute de endorfinas que espoleaba mi voluntad para castigarme. De todas formas no sé si tengo ánimos. No ha sido un día particularmente duro en el trabajo (ninguno por separado lo es), pero no me quedan fuerzas para hacer nada productivo. Aún así llego a casa y me siento a escribir algo sobre los Arizona y a mandar un par de mails. Está bastante claro que no voy a ir a clase, pero me niego a que esta sea una tarde miserable echada a perder. Llamo a mi padre para que me eche una mano a deshacerme de una caja con cosas y luego voy a hacer algunas compras. Hace un frío horrible en mi habitación, no dejo de temblar. Llamo para pedir cita al médico y que me den los resultados de los análisis. Estoy tenso y aterido, pero tampoco hace tanto frío. Bajo al portal a esperar a mi padre. ¿Una titritona hace que te suba la tensión? La contracción muscular se concentra en el estómago. Tengo ganas de vomitar. No creo que vaya a tener una crisis, estoy tomando la medicación puntualmente. Pero ya empieza. ¿Llevo encima alguna pastilla? Sólo por si acaso. Miro en el bolso: Sólo me queda media. Mierda. Noto el corazón acelerado golpeándome el pecho, pero no me molesta. Un pinchazo en el costado, eso sí. Mi padre no tardará mucho, no quiero que me vea así. Me siento en el suelo y me meto la media pastilla debajo de la lengua. No tengo saliva, se queda ahí, sin deshacerse. Seguro que ya estoy blanco.
El coche se para junto al portal. Balbuceante le digo a mi padre que no se preocupe, pero que estoy teniendo una crisis. Quiero ser capaz de llevar la caja hasta el maletero, pero él no me deja. Mejor no me lleves donde te he dicho, vamos a dejar esto. Sigo helado hasta los huesos. No, mejor llévame a casa de La Niña Fatal. Apenas puedo hablar. Se lo hago saber e insisto en que no se preocupe, que cuando estoy así no estoy muy comunicativo. Pienso que lo pasa es que si hablo me ahogo. No soporto ver el tráfico a través de las lunas mojadas, me pone enfermo. Cierra los ojos. Piensa en un lugar tranquilo. Una playa. Hace calor, el sol pica sobre la piel. ¿Porqué me viene a la cabeza una canción de Siniestro Total? Mejor ponle una banda sonora más relajada. Me acuerdo de una que hace un rato he comentado en Facebook
Mi padre intenta darme conversación mientras conduce. ¿Tienes mucho estrés en el trabajo? No, no es eso, tu tranquilo. Yo estoy tranquilo, procura relajarte, ¿Sabes qué te provoca esto? Es que no puedo hablar, perdona. Pienso en las esquiadoras acuáticas de la canción. ¿Dónde estamos? No quiero ni saberlo, ya queda poco para llegar a casa. Pero… ¿Qué casa? ¿Cuál de ellas? ¿Dónde está mi casa realmente? Esto no remite, quizá debería decirle que me lleve a urgencias. No, otra vez no, me niego. Ahora mismo me conformaría con tirarme en el fondo de una cueva oscura. Quiero salir del coche. No quiero morirme dentro del coche con mi padre conduciendo a mi lado, no quiero hacerle pasar ese mal trago. No me importa morirme en plena calle ante unos desconocidos si es a cielo descubierto, pero no delante de los que me quieren. Prefiero que reciban una llamada sobre un hecho consumado a que tengan que presenciarlo, impotentes y desesperados. ¿Cuánto tiempo llevo aquí dentro? She’s my fade… Esto ya dura demasiado, quizá deba soltarlo y acabar de una vez. No, así no, aquí no. Abro los ojos unos segundos, un gilipollas se nos ha cruzado en medio del carril. Pienso que es un gilipollas, así que voy mejorando. Los viejos cruzan los pasos de cebra corriendo, empapados, con sus semáforos en rojo. Estúpidos. Llegamos al portal, estoy tiritando, no sé si podré levantarme. ¿Estás mejor? Si, tranquilo, ahora sólo puedo pensar en meterme en la cama. Tengo abonos para la Seminci, llámame cuando estés mejor y te cuento. Sonrío sin saber muy bien de que me está hablando y le doy las gracias por traerme. Saco las llaves, me tiemblan las manos como a un alcohólico. Pero subo las escaleras sin esfuerzo. Abro la puerta. Corro a la cocina a por otra pastilla. La Niña Fatal está al teléfono ¿Qué tal? Acabo de tener una crisis. ¿Estás bien? Si, no te preocupes, voy a cambiarme.
Ahora siento que podría calzarme las zapatillas y correr toda la noche bajo la lluvia, pero sé que es mentira. Sentado en la cama de La Niña Fatal, en pijama, me siento viejo, mojado y completamente estúpido.
29/10/09
| [+/-] |
renovarse o morir |
Ahora Francia lleva tiempo fuera de mi vida diaria (salvo por unas pocas llamadas con mi ex y el poso de haber pulido mi francés), y me parece que esta onomástica gala es la ocasión perfecta para volver a llamar a las cosas por su nombre, poniendo la vista en otro gran gabacho cuya obra refleja mejor mi actual estado de ánimo: En vez de un opíparo banquete a la luz de las estrellas al final de una divertida aventura, ahora es un niño alienígena embarcado en un viaje a ninguna parte, perdido en el desierto, pidiendo una cosa:

10/10/09
| [+/-] |
karma police |
Me pregunto cuánto sueño habré robado. A cuanta gente habré quitado la escasa paz que les quedaba. De cuanta inquietud soy responsable. Mi trabajo consiste en eso, en angustiar, preocupar, asustar a gente que debe dinero para que esa sensación les mueva a hacer lo imposible para pagarlo. Mi trabajo es el miedo. Era cuestión de tiempo que el karma me detuviera por este abuso y me hiciera pagar toda la desazón que he estado sembrando durante siete horas al día, cinco días a la semana, a lo largo del (exactamente) último año.
Se acabo la fiesta. Una vieja conocida ha vuelto a hacer aparición y esta vez se ha llevado (el médico cree que por poco tiempo) mi diastólica de libro de texto. Afortunadamente ya sé de que va todo esto y ya he movido ficha: Voy a echar de menos las cervezas rockeras y los vinos del domingo por la mañana, pero las mallas de correr me sientan divinamente.
29/9/09
| [+/-] |
ingeniería metálica |

Hace algunos meses me encontré con David, guitarrista y cantante de los XXX, una de las grandes bandas de esta ciudad en los noventa, y precursores de la floreciente escena metal pucelana. Ahora son unos señores respetables, ingenieros con hijos, pero por lo visto les ha picado el gusanillo de volver (como últimamente todos los grandes retirados, benditos sean por ello) y, como ya es costumbre, andaban buscando bajista. Teniendo en cuenta los buenos ratos que pasé con Rubenchi en su local hace años y que algunos de los anteriores bajistas habían sido compañeros de banda míos (o incluso mi propio hermano), consideré que tenía una deuda moral con ellos y me alisté a esta histórica reunión.
Yo aprendí a tocar con una acústica en un parque versionando temas de Nirvana y Green Day, pero en cuanto me regalaron mi primera eléctrica quedó muy claro que el metal iba a cruzarse en mi vida. Nuestra primera banda pasó de hacer versiones de The Cure cantadas por una chica a hacer directamente gothic metal al más puro estilo Evanescence o Nightwish… sólo que hace quince años. Cuando ahora veo multiplicarse las bandas de este tipo con éxito me invade una cierta sensación de pérdida por lo que pudo ser. De aquello a meterme en una banda de death hubo un paso. Podéis ver aquí a alguno de mis antiguos compañeros en proyectos posteriores de mayor calidad. Después me profesionalicé y el metal se alejó de mi centro de gravedad, pero siempre he pensado que cuando has sido jevi nunca dejas de serlo del todo. Cuando volví de Francia recuperé mi contacto con la escena musical local rápidamente, lo que me reafirmaba en la teoría de que “el que tuvo, retuvo”, si bien entré en un circuito más amplio que va desde el garage al rock acústico pasando por los cantautores. Tocar con los XXX era saldar una deuda pendiente con mi pasado remoto, así que me pasaron un CD con un tema para una toma de contacto.
Fue como si me pasaran los planos de un rascacielos para que buscase los puntos de presión. Como si me hubiesen dado la fórmula de un nuevo material sintético para que lo elaborase. Como ponerme a estudiar legislación japonesa sin traducir. Aquello era una compleja obra de ingeniería absolutamente incomprensible para mí. No sabía qué tenía que buscar ni cómo hacerlo. No sabía de qué cojones me estaba hablando aquella música del demonio. Había perdido por completo mis competencias para este lenguaje y caí en la cuenta que hacía años que no escuchaba entero un disco de metal. Me sentí absolutamente desconcertado e impotente y mi compañero de piso lo resumió muy bien: “Te has hecho mayor para esto, tío”. Y tenía razón. Estos respetables padres de familia son mentalmente más jóvenes que yo.
El metal no es un estilo de música. Es una forma de que te funcione la cabeza. Es un ejercicio intelectual sólo apto para mentes en forma. Quizá por eso había tanto tío de ciencias en estos grupos. Quizá este estilo nunca fue para mí, pero estando más tierno podía con cualquier cosa. Quizá por eso me encuentro mucho más a gusto ahora en esta piel de cordero que es meterme en un concierto indie y no desentonar.
Maldición, Nico tenía razón. Me he convertido en un popero de mierda.


