Estoy en el tren de vuelta a casa tras un fin de semana de gira con Ángel Stanich. Delante de mí va sentada una chica leyendo. Va a sentarse a su lado un chico joven, guapo, algo pijo, con un ligero e indeterminado acento (argentino quizá) que trata a la chica con cierta familiaridad. En un primer momento parece que viajan juntos, pero luego le escucho hablar a él. Y ni mucho menos.
-Hola ¿Cómo estás? ¿Puedo sentarme aquí? Gracias. ¿Dónde vas?
-A Santander -responde ella.
-Ah, a Santander... A ver a tu novio, o tu... Lo que sea, imagino. Yo conozco a gente en Santander. Sí, porque, aquí donde me ves yo soy abogado...
A estas alturas resulta evidente que, a pesar de sus iniciales buenos modales, el chico está borracho. Tras un breve e incómodo monólogo que apenas consigue sacarle a ella una risita nerviosa, la pregunta clave.
-¿Te puedo dar un beso?
-No -responde ella nerviosa.
-Sólo un beso, en la mejilla, nada más.
-No, por favor -ahora está realmente asustada.
A algunos de los pasajeros empiezan a incomodarnos el volumen de voz y la actitud evidentemente ebria del chico, pero nadie interviene. Sólo otro pasajero sentado a mi lado (un hombre con aspecto de boxeador búlgaro) y yo prestamos visiblemente atención a la escena. El chico se levanta y se pone a hablar con una pareja de ancianos que se sientan al otro lado del pasillo.
-Hola, buenas tardes. ¿Dónde van ustedes?
-A Santander también -La señora está encantada de que un chico de buena educación y mejor presencia les dé conversación.
-Ah, qué bien. Yo conozco a mucha gente en Santander... Pero, ¿saben? La chica me ha gustado. Me ha gustado mucho. Pero ella no quiere, no hay...
-No hay ligue -completa socarrón el anciano.
-Eso es. ¿Qué tengo que hacer? ¿Ponerme de rodillas? ¿Recitar versos de José Zorrilla? -coge de la mano a la chica.
-No, por favor, suéltame.
-Yo suelo tener muy mala hostia, ¿Sabes? Pero hoy... Hoy no.
Se acabó. No pienso soportar esto ni un minuto más. Saco el móvil, lo coloco expresamente delante del chico y le hago una foto.
-Eh, ¿qué haces? ¿Por qué me haces una foto?
-Para poder demostrar, si le pasa algo a la chica, que antes estuvo hablando contigo -respondo yo. Nos cruzamos una mirada llena de odio mutuo.
-¿Por si le pasa algo? ¿Por si la violo o... O la descuartizo o algo así? -Se ríe.
-Eso es.
-Borra esa foto ahora mismo. Quiero que la borres, ¿me has oído?
En ese momento el boxeador búlgaro, que lleva ya un buen rato mirando al chico de forma muy amenazante, no puede evitar intervenir.
-Oye, sientate ya, o te siento yo. Que ya me estás tocando los cojones.
El chico le mira, estupefacto. Luego me mira a mí de nuevo.
-¿Qué vas a hacer con esa foto? No te hagas pajas con ella, ¿eh? -vuelve a mirar al boxeador, que está ya listo para intervenir físicamente.- Pero... ¿Qué pasa? ¿Es que sois todos maricones aquí o qué?
En ese momento pasa entre nosotros una señora que iría al baño.
-¡Disculpe! ¿Trabaja usted aquí? ¿Puede traerme una cerveza? -La señora huye del chico como si hubiese visto una culebra. Él vuelve a mirarnos al boxeador y a mí, completamente aturdido. Se da la vuelta y se va a otro vagón. Me acerco a la chica.
-¿Vas hasta Santander?
-Sí, pero hago transbordo en Valladolid.
-Yo también me bajo en Valladolid. Si quieres me bajo contigo, por si vuelve.
-Gracias -ella me mira con una mezcla de rabia contenida, tristeza y una gratitud sincera pero amarga. No volvemos a ver al chico.
He leído y pensado mucho estos meses sobre ese asunto tan presente (a saber por cuánto tiempo más) en la agenda setting de los medios que es el machismo. He pensado en escribir acerca del tema desde el único punto de vista con verdadero conocimiento de causa que tengo: El del daño colateral del hombre feminista acusado por las tertulianas y los tertulianos de ser el problema sólo por ser hombre. Es un daño menor que asumiría con gusto si ayudase a eliminar el miedo de las mujeres, independientemente de si la causa son los hombres (así en general), una educación romántica para princesas desvalidas y machos alfa o una viciosa combinación de un número importante de gilipollas e hijos de puta y una cultura del miedo fomentada en todos los ámbitos de la vida por esos medios en los que los tertulianos opinan.
Pero ¿para qué tratar el tema desde una óptica menor cuando no es extraño vivir situaciones como esta? Asumamos por un momento que sí, que los hombres somos el problema. Entonces podemos (y debemos) ser también la solución. Y no porque la caballerosidad dicte que tenemos que salir al rescate de las damiselas en apuros. Lo que menos necesitan las mujeres son más caballeros andantes. No, se trata de algo mucho más sencillo: Intervenir para frustrar episodios de machismo es un deber cívico ineludible.
Ya sé que no sois unos acosadores. Pero por favor, no seáis tampoco pasajeros silenciosos y cobardes en ese tren.
20/11/16
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hombres |
3/3/12
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ladrones |
25/3/10
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dialéctica del asco |
Me paro a sacar pasta en el cajero. Debería haber aprendido la lección pero, qué cojones, estamos en el centro a plena luz del día.
-Oye colega, perdona…
Mierda. ¿De dónde ha salido este puto yonki? Ni lo he visto venir. El cabrón se ha vuelto invisible hasta que me ha visto meter la tarjeta, y luego al ataque. Su puta madre.
-Oye, ¿podías dejarme un euro que me falta para…
-Espérate, que creo que el cajero se me ha comido la tarjeta.
Aprovecho el clásico momento empatía falsa de dar el palo (¡vaya putada colega! A ver si te la devuelve) para evaluar los riesgos, con la alerta disparada, eso sí. El fulano apenas levanta metro y medio del suelo. Le tengo a mi lado, no a la espalda, así que a través de las gafas de sol puedo controlar dónde pone las manos mientras recupero la tarjeta y el billete. Mantengo las distancias.
-Tranqui tío, no te emparanoyes, no soy ningún quinqui que venga a darte el palo, sólo soy un gitanico que vengo del cementerio, ya sabes, por lo del día del padre y tal -que fue hace una semana hijoputa, pienso yo- y luego el autobús… Vamos, que es que he quedado ahí al lado y es para tomarme una caña.
¡Con dos cojones! En cualquier caso necesito más testigos potenciales alrededor. Pero ya.
-Vale, ya está. Vamos ahí al kiosco que tengo que cargar el bonobús y te doy el euro.
Me acompaña caminando a mi lado, mientras yo ya doy por perdido el billete. Pero no, llegamos al kiosco sin más incidentes. Mientras le doy la tarjeta monedero y el billete a la dependienta, el yonki aprovecha para sacar diez céntimos del bolsillo y comprar dos chicles. Con un par.
-Toma colega, ¿quieres uno?
-No, no me gustan los chicles -Y es verdad, no me gustan.
-Ya, seguro que tu prefieres un FLAX!
-Toma el euro. ¿Tendrás suficiente?
-Sí, sí, de sobra. Gracias tío. ¡Venga, nos vemos!
Y sale corriendo como si me acabase de atracar. ¡Y no lo ha hecho, el hijo de puta! Ha sido perfectamente educado, me ha pedido un euro amable y honestamente sin intimidarme ni amenazarme, sin subterfugios sobre en qué se lo iba a gastar (aunque tampoco tenía por qué darme explicaciones) yo se lo he dado voluntariamente, no me ha arrebatado por la fuerza más dinero del que me ha pedido, me ha dado las gracias y se ha pirado sin más. Lo único que esta situación ha tenido de atraco han sido su protagonista: un jincho que ya tiene tan interiorizado este protocolo que no le hace falta atracar para atracar. Tan consciente de lo repulsiva que es su presencia que la utiliza para que le des dinero a cambio de librarte de él. Qué puto genio. Qué dominio de la psicología. Si no se le cayeran los dientes yo le contrataría como alto directivo para cerrar tratos multimillonarios. Vale tío, quédate con Endesa y Goldman&Sachs, pero lárgate de aquí, pordios.
Sinceramente, le di el euro porque, entre otras cosas, se lo había ganado.
9/9/08
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el camino del hombre recto (IV). high noon |
Anteayer tuvo lugar el juicio contra el crío que me atracó hace un par de meses. Como no las tengo todas conmigo sobre si legalmente puedo contar lo que sucedió en la vista, me perderé la ocasión de escribir una muy buena entrada sobre el que ahora ya sé que es el peor trabajo del mundo: abogado de oficio. Pero, cuando ya pensaba que no habría nada más que poder publicar sobre este asunto, ayer me sucede lo siguiente.
Salgo de casa camino de un ensayo con The Royal Suite. Me detengo en el cajero a sacar dinero. Un tipo gordo, calvo y muy mal vestido, con pinta de tener más o menos mi edad pero muy mal llevada está delante de mí. Al verme esperando parece ponerse nervioso. Se tira un buen rato delante del monitor sin hacer nada.
-¿Vas a utilizar el cajero?- le pregunto, viendo que ya llego tarde.
-Sí, voy a utilizarlo.- Segundos después se da la vuelta y me dice
-¿Tú duermes bien por las noches?
-¿?¿Perdona?
-Que si duermes bien por las noches.
Su aspecto desmejorado, su actitud apocada y balbuceante y esta pregunta absurda me hacen pensar que quizá se trata de un deficiente mental y empiezo a sentirme un poco mal por haberle metido prisa. Le respondo.
-Sí, muy bien.
-Pues no sé cómo puedes dormir bien después de haber metido en la cárcel a un chaval de dieciocho años.- Y pasando apresurado a mi lado se alejó.
El sentido de alerta es algo absolutamente asombroso. Tiene vida propia dentro de nosotros. Sentí cómo lo más animal de mí descartaba a este individuo como una fuente de peligro. De repente dejó de existir. Me salieron unos ojos en la nuca. Evalué en segundos la actitud de las cerca de treinta personas en la plaza buscando una amenaza para descartarla. El universo parecía discurrir a cámara lenta. Me acerqué al cajero y saqué el dinero, con un chute mezcla de absoluta vigilia e intensa calma. Me dí la vuelta y seguí mi camino.
Desde entonces he tenido tiempo para pensar de todo: Casualidad, me siguieron tras el juicio, si quisieran hacerme algo ya me lo habrían hecho, no he debido dejarme este bigote y estas pintas tan reconocibles en una capital de provincias... Desde que el chaval de dieciocho años me atracó, Valladolid era para mí un poco más la jungla que antes. Un lugar en el que poner en practica someramente lo que aprendí en ese territorio (este sí) verdaderamente hostil que era mi barrio en Lille. Pero después de esto me sentí un poco Will Kane por cumplir lo que considero mi deber como ciudadano, lo cual no deja de tener cierto encanto. Lo más sorprendente es que ni mi vieja conocida ansiedad ni el miedo en sí han aparecido en ningún momento en escena. Solamente una extraña sensación, esa misma noche mientras me invitaban a una copa en un sitio muy elegante, de semialerta contínua que me ha hecho comprender por fin porqué los que viven con una espada de Damocles necesitan placeres más intensos, caros o sórdidos para relajarse y disfrutar de la vida: Porque sin esas cosas y en ese estado, la vida debe ser una puta mierda. Ostras con mortadela. No envidio a los mafiosos multimillonarios, os lo aseguro. Por si acaso, y para despistar más a mi demonio de la paranoia que a un enemigo real, anoche dormí en mi nuevo piso con mis nuevos compañeros.
Y dormí de puta madre, oye.
9/5/08
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el camino del hombre recto (III). sucesos |
Lo de mi atraco ha acabado saliendo en los periódicos. Aquí os dejo el enlace:
http://www.nortecastilla.es/20080507/valladolid/dame-euro-rajo-20080507.html
6/5/08
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el camino del hombre recto (II). la firma del zorro |
Esta mañana he identificado al mierdecilla que me atracó a punta de navaja la semana pasada. He estado metido en un nicho en la pared del sótano de los juzgados junto con la jueza, la secretaria y cinco chavales de prácticas. Al otro lado del cristal de mercurio, apiñados en un metro cuadrado, lo que parecían tres polis figurantes y el crío en cuestión, más gordo de lo que le recordaba y con un peinado ridículamente alisado en un claro y patético intento de no parecer el gilipollas que es. Yo era la segunda víctima que pasaba esa mañana a identificarle. Por lo visto el lunes se cebó con unos cuantos más y al menos otro gafotas delgaducho como yo (¿una fijación subconsciente de delincuente, quizá?) estaba allí por la misma razón.
-El tercero por la izquierda, sin ningún género de dudas.
-Bueno, pues está claro. Le llamaremos cuando salga el juicio.
Paradójicamente, algo tan cinematográfico como la rueda de reconocimiento tiene menos chicha para un post que la interposición de la denuncia en sí, hace unos días. Rebuscar entre las fotos de los delincuentes habituales fue toda una experiencia. ¡Qué caras! ¡Que historias detrás de esas fotos! ¡Quién pillara esa colección de estampas para ilustrar la portada de un disco de punk!
Yo no esperaba acordarme demasiado de la jeta del chaval, pero resulta increible como funciona la memoria inconsciente. La noche del atraco tuve un sueño en el que era yo quien esgrimía la navaja y terminaba grabándole con ella en la cara a mi asaltante una "A" mayúscula, a la manera de la firma del Zorro. Cuando por fin ví su foto entre la de tanto yonki no dudé ni un instante. Era él. Y no os vais a creer cual es el requisito para que la identificación tenga validez legal:
Tuve que firmar sobre la fotografía. Sobre su puta cara.
28/4/08
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el camino del hombre recto (I) |
Hace media hora me han atracado.
Acababa de despedirme de Eirini en las escaleras de la catedral, donde habíamos estado tomando un cacharro. De camino a casa me he parado a hacerme un cigarro en la Plaza de la Universidad. Se me han acercado un chico y una chica de no más de veinte años, la típica pareja de españoles de esa edad, (de los que podrías encontrarte en un concierto de El Canto del Loco) que ya había visto un rato antes pasar por delante del Cafetín
-¿Tienes un cigarro?- me dice él.
-Claro. Sírvete, es de liar- le doy el que me estaba haciendo.
- ¿No tendrás por ahí un porro o algo?
-No, ya no fumo de eso- respondo. Empiezo a hacerme otro cigarro para mí. El chico se sienta a mi lado mientras ella nos observa.
-Te he visto antes ahí con la chavalita. Qué, ¿estáis enamoradicos?- Su tono ha pasado de suplicante a agresivo. Me huelo ya de qué va todo esto.
- El tiempo lo dirá- respondo yo. Silencio.
-Oye, voy a cogerte el dinero, ¿vale? No hagas el tonto que te doy una hostia que te arreglo- empuña una navaja muy parecida a la que llevo yo, regalo de mi hermano de Albacete. Empieza a registrarme el bolso.
-No te preocupes. Ya te lo doy yo- le digo.
-Dame también lo suelto. ¿Seguro que no llevas porros?
-Pues no.
-Oye, ¿cuántos años tienes?
-Veintinueve.
-¿Y cómo eres tan tonto?
Coge el dinero y se van. Termino de hacerme el cigarro y me lo fumo mientras les veo alejarse, cogidos de la mano y caminando nerviosos, seguramente cagados de miedo. Su primer atraco, quizá. Pienso, mientras se vuelven hacia atrás de vez en cuando, en qué se gastarán el dinero. En la vida que les espera. En que ella debe quererle mucho si es capaz de acompañar a su chico en sus palos de poca monta. No quise en aquel momento responder a su última pregunta, porque no habrían entendido mi respuesta y hubiesen pensado que me estaba riendo de ellos, lo cual no deja de ser cierto en parte. No les he dado ese dinero. Estaba comprando algo con él: Dejar de fumar (aunque sólo hacía un par de semanas que había vuelto a hacerlo, compulsivamente, eso sí), descargar todo mi mal karma sin tensiones ni violencia y, lo más importante, haber cumplido estadísticamente con mi dosis de inseguridad ciudadana estando sólo, sin poner en peligro a Eirini, sólo me ha costado cuarentaycinco euros. Y de regalo una buena historia. Ésta que os estoy contando.
Que os cunda, chicos. Y buena suerte. La vais a necesitar.
