Llevas una semana preparando la actuación. El día antes ya no duermes demasiado bien, dando vueltas en la cama, pensando en los matices: ¿Y si meto aquí este efecto? ¿Me dará tiempo a tocarlo todo en hora y media? ¿Me quedaré corto? Quince minutos antes de que abran las puertas tú ya estás allí, repasando el orden de los temas. Los que llegan puntuales te saludan mientras tú instalas el material sobre la tarima. El espectáculo empieza con diez minutos de retraso, mientras la gente se va instalando. El corazón te asoma por la garganta, pero estás concentrado y listo para el Rock&Roll. El hormigueo que te recorre segundos antes de abrir la boca es la mejor sensación del mundo, una suerte de explosión orgásmica que, si no te mata de un infarto, te dejará en un estado similar a un chute de heroína cuando todo haya acabado.
Al principio se te seca la boca, y no estás seguro de que vayas a acordarte de todo. Pero según avanzas te olvidas de tí mismo, y sólo existe aquello que has venido a hacer. Has venido a darles leña. Sabes que has nacido para esto. Se te da tan jodidamente bien que nadie en la sala se atreve a respirar. El público responde a la perfección. Les llevas por donde quieres sin que se den ni cuenta. Están escuchando algo que jamás pensaron escuchar, y cuando por fin el espectáculo termina, el aplauso, la ovación. Eres un puto fucker. Una maldita estrella del rock. Te vas a la cafetería de la facultad y te pides la Coca-Cola con más cafeína del universo para celebrarlo. Lo único que te extraña es no estar en este momento en tu camerino, repleto de groupies cachondas y champán.
Nunca imaginé que dar en la universidad una clase sobre vocabulario y sintaxis del cómic te hiciera sentir todo eso. Quizá esté desaprovechando un talento oculto para la docencia, quien sabe.
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