15/9/07

Lille (IV). La Braderie


Dice la gente del norte de Francia (le ch'nord) que allí se llora dos veces: al llegar y al irte. Al llegar porque es un lugar profundamente triste y gris. Y al irte por dejar atrás el calor de una gente festiva, de corazón generoso y abierto. Y que razón tienen los cabrones. Yo lloré al llegar. Y he llorado al irme. Mi último fin de semana en Lille, hace apenas diez días, fue además la despedida emocionada de una ciudad en plena ebullición de su fiesta más grande: La Braderie.



Tradicionalmente era un rastro en el que la gente de toda la región vendía los trastos viejos que habían encontrado al vaciar sus graneros. Cumplir con este rito el primer fin de semana de septiembre tiene algo de limpieza de espíritu, de renovación y de comienzo, y dice mucho del carácter de esta gente: Lo que a tí no te sirve puede ser un tesoro para otro. Como rito, aquí en España (Valencia, por ejemplo) esas cosas se quemarían. Allí se las venden a sus vecinos.

Actualmente el acontecimiento ha cambiado mucho, y cada vez parece más un simple mercadillo donde los comerciantes profesionales aprovechan para hacer su (tardío) agosto. Por lo visto este año, además, ha sido una de las peores braderies que se recuerdan. La alcaldesa de Lille ha recortado mucho los espacios para los bradeurs y en algunas calles emblemáticas de esta fiesta ya no se puede vender. Sin embargo yo no me he enterado de nada de toda esta polémica. Para mí ha sido una fiesta estupenda donde me lo he pasado de lujo. He conocido a gente interesante. He flipado con los malabares de fuego de los perroflauta de por aquí, que son mucho más hábiles que los hispanos (Pablo los incluye en una categoría aparte: los europunks) y suponen la gran mayoría de la población joven de esta parte del mundo. He regateado por un libro de poemas de Luis Antonio de Villena, con anotaciones al margen como “no entiendo nada”, con un estudiante americano que vendía las cosas que se habían dejado sus antiguas compañeras de piso españolas (y lo compré porque me acordé de las anécdotas que nos contaba Michael Chambers de sus salidas nocturnas con este autor por el Madrid más locaza). Y he comido cantidad de mejillones y patatas fritas, que es la comida que forma un todo con la braderie. Es un manjar tan ineludible que los bares de mejillones hacen todos los años un concurso para ver cuál de ellos consigue levantar la montaña de basura de cascarujos de mejillón más alta.

Y me ha emocionado y entristecido mucho ver (por fin) vida intensa en esta ciudad, precisamente tres días antes de volver a España. Sin embargo, la mañana que me fui me despertó el aullar de las sirenas de aviso de bombardeos, que siguen probándose como cada primer miércoles de mes desde la Segunda Guerra Mundial, a modo de macabro recordatorio. Es hora de ponerse a cubierto, pensé amargamente, porque en esta parte del mundo van a llover hostias como panes dentro de poco.

Claro que (¡qué puta casualidad!) llegar dos días antes del comienzo de las fiestas de Valladolid ha mitigado mucho mi dolor. Porque estamos en fiestas, señores. La Virgen de San Lorenzo. Pero eso, amigos, es carne para otro post.

7 commentaires:

La canción es "Ginette", de "Les têtes raides", un grupo de allí, del ch'nord. Todavía me da un vuelco el corazón al acordarme de Sonia, mi compañera de piso, tocándola a la guitarra.

Un saludo gente

Qué bueno...Me encantan las braderies...Yo las conocía más como marché aux puces y allí puedes encontrar esos objetos más preciados para la decoración de tu hogar. Si es que puedes acceder a una vivienda con estos sueldos de mielda...Claro.

Que me salgo del tema. Me acordé de ti este pasado finde porque veía los carteles de Lille y dibujos de Asterix y Obelix por la carretera rumbo a la Belgique.

Cierto aquello de que lloras al llegar y lloras al irte. Sentí lo mismo con el reino de los belgas, hace años. Ya no lloro. Snif-

Los franceses tienen un especial encanto en este tipo de actos. A mi me gusta mucho el mercadillo que hacen en un pueblo del sur, en los Pirineos, que se llama Saint-Gaudens.

Yo también oía las sirenas.. que cachondos los franceses..

Acabo de poner Les têtes raides para escribirte. Te preguntaría: ¿por qué vuelves? Pero en realidad te encantará volver.

Claudia, normalmente la tradición es ir a buscar muebles y cosas para decorar en estos mercados, aprovechando que es por estas fechas cuando uno, de estudiante, cambia de piso.

Luigi, ahí ya no te sabría decir. No conozco nada del sur de Francia.

Nabla, bienvenido/a y un saludo.

Mel, lo de volverme es porque mientras que aquí empezaron a abrirse todas las puertas que hasta entonces estaban cerradas, allí empezaron a cerrarse todas a la vez. Me ha gustado volver, pero es un regreso con sabor a derrota.

Nos leemos!

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