18/8/13

catedrales en el aire


 

Ayer volví a la ciudad en la que nací para llegar más lejos que nunca. Ángel Stanich me llevó al Sonorama, al penúltimo y más cargado de sentido de los escenarios que me quedaban por pisar de este festival que bien podría ser simplemente una gran familia, para dar el más emocionante concierto en el que he tenido la suerte de tocar y que justifica cada minuto que le he dedicado a esta extraña forma de vida que he elegido. Nunca podré agradecérselo como merece. Como hito ya sólo me queda el escenario principal. Bueno, y volver por méritos propios. Algún día...

He aprendido algunas cosas este Sonorama. Por ejemplo, que los prejuicios sobre lo que tú crees que son grupos que nunca te interesarán te hacen perderte grandes momentos. Que un mismo grupo o solista puede parecer, de un año para otro, una parodia de sí mismo o un héroe y viceversa, sin que eso influya en la cantidad de público que moviliza. Que, por mucho que uno se esfuerce, es imposible innovar de cero. Ni en lo musical ni en la indumentaria para el vermú. Que una parte importante de pasarlo bien para un hombre, si no la más importante, mucho más necesaria incluso que el alcohol u otras drogas, es hablar con mujeres. De cualquier tontería. Sólo hablar. Quien dice mujeres dice chicas. Que la juventud es un estado de ánimo (ya lo sabíamos) con poderes curativos y reconstituyentes (esto es nuevo para mí).
 
Escribo mentalmente esto mientras conduzco solo en silencio, con el coche cargado de guitarras y piezas de batería, y pienso que toda esta posmodernidad, o post-posmodernidad, o cuando coño quiera que estemos ahora, no es más que otra forma de hacer ruido para distraernos del hecho de que, en realidad, estamos todos solos y bastante perdidos. Por eso nos buscamos entre la multitud, y nos enviamos mensajes para citarnos, y nos besamos en la boca por sorpresa, y compartimos una cerveza y un cigarrillo, y luego gritamos hasta la afonía los mismos versos formando coros de miles de personas, y nos emocionamos haciendo todo esto, y más tarde dormimos todos juntos en cualquier parte. Por eso peregrinamos cientos o miles de kilómetros hasta catedrales construidas con algo tan insustancial como el sonido, que se desvanecerán en el aire en cuanto terminen los conciertos. Luego, cuando volvamos a estar solos y en silencio, esas catedrales se levantarán de nuevo en nuestro recuerdo para ofrecernos algo de luz en la oscuridad.

Bendito ruido.

3 commentaires:

Emocionante, Álex.

chapeau. Enorme. Gracias por la descripción de algo que muchos llevamos dentro.

Hace tanto que no voy de catedrales Señor Cordero.

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