El tío que se inventó el universo como lo conocemos hoy en día decía en su 3ª ley que "toda acción produce una reacción de igual valor y dirección, pero de sentido contrario". Este postulado no sólo es válido para los cohetes, también lo es para la literatura.
Pausa café en el trabajo. Unas colegas mantienen lo que parece una conversación de ascensor hasta que presto atención.
-No te lo tomes como un fracaso. No siempre vas a conseguirlo todo, el mundo no es así.
La frase no tiene nada de especial. El tono anodino e impersonal con el que se pronunció tampoco. No debería haberme llamado la atención si no fuera por lo poco que me llamó la atención. Ese trozo de conversación era tan insulso, predecible y tenía tan poco de la personalidad de quién la había pronunciado que si me hubiese dado la vuelta y encontrado con una cámara grabando una escena de una serie española no me habría sorprendido en absoluto. Y sin embargo estaban tratando un tema de cierta importancia en la vida de alguno de los interlocutores.
Facebook. Entre los conciertos y pinchadas de los amigos, los videoclips y los tests chorras del tipo ‘¿Qué clase de queso de pasta blanda eres?’ de vez en cuando alguien define su estado como “Si mantienes tu corazón sensible ante el paso del tiempo, el viento de la ilusión soplara en tus sueños” o alguna mierda por el estilo. Vale, el ejemplo no es tan valido: En Facebook no se habla, se escribe. Pero es un “sitio” en el que todo el mundo escribe como habla (o debería).
Algunos recordaréis un affaire pagafantásico que me tuvo encandilado hace algún tiempo. La verdad es que la chica lo valía, pero empezó a dejar de impresionarme cuando alguien que nos conocía a los dos preguntó inocentemente porqué el emperador iba desnudo.
-Qué raro habla. ¿Es extranjera o algo?
Y no lo es. Lo que le ocurría era que hablaba como escribía (al menos conmigo. Y funcionó). Y escribía con un barroquismo culto pretendidamente sucio que, en el fondo y a pesar de su capacidad de crear atmósfera, sólo entendía ella. Pero bueno, el que esté libre de pecado…
Lo que quiero ilustrar con estos tres ejemplos es un hecho al que rara vez prestamos atención: La capacidad que tiene la ficción de modificar y construir nuestro mundo. De la misma manera que la observación altera lo observado, cuando producimos y consumimos ficción estamos modelando la realidad a nuestro alrededor. De alguna forma creemos que lo que leemos o vemos en el cine o la televisión es la realidad, por eso nos entretiene (de otra forma no lo haría, principio de verosimilitud), y paulatinamente empezamos a actuar en nuestra vida cotidiana en función de esas ficciones. Es una reacción inevitable y, bien enfocada, puede ser muy enriquecedora, hasta el punto de que buena parte de nuestros sistemas y estructuras (el uso que hacemos de nuestros sentimientos, nuestras convenciones sociales…) se han creado a partir de géneros y estilos literarios. Baste recordar lo que entendemos actualmente por ‘drama’ o ‘romanticismo’. De ahí la importancia de producir y consumir ficción de calidad. Si, como parece que ya está ocurriendo, la ficción que nos tragamos a diario se convierte en una puta mierda, resulta evidente en qué transformamos nuestro mundo. El de todos.
Así que ya sabéis, por el bien de vuestros hijos: No leáis, escuchéis ni veáis basura. Me niego a vivir en un episodio de ‘Sin Tetas No Hay Paraiso’ infinito.
31/10/09
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ficción y reacción |
29/10/09
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renovarse o morir |
Ahora Francia lleva tiempo fuera de mi vida diaria (salvo por unas pocas llamadas con mi ex y el poso de haber pulido mi francés), y me parece que esta onomástica gala es la ocasión perfecta para volver a llamar a las cosas por su nombre, poniendo la vista en otro gran gabacho cuya obra refleja mejor mi actual estado de ánimo: En vez de un opíparo banquete a la luz de las estrellas al final de una divertida aventura, ahora es un niño alienígena embarcado en un viaje a ninguna parte, perdido en el desierto, pidiendo una cosa:

10/10/09
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karma police |
Me pregunto cuánto sueño habré robado. A cuanta gente habré quitado la escasa paz que les quedaba. De cuanta inquietud soy responsable. Mi trabajo consiste en eso, en angustiar, preocupar, asustar a gente que debe dinero para que esa sensación les mueva a hacer lo imposible para pagarlo. Mi trabajo es el miedo. Era cuestión de tiempo que el karma me detuviera por este abuso y me hiciera pagar toda la desazón que he estado sembrando durante siete horas al día, cinco días a la semana, a lo largo del (exactamente) último año.
Se acabo la fiesta. Una vieja conocida ha vuelto a hacer aparición y esta vez se ha llevado (el médico cree que por poco tiempo) mi diastólica de libro de texto. Afortunadamente ya sé de que va todo esto y ya he movido ficha: Voy a echar de menos las cervezas rockeras y los vinos del domingo por la mañana, pero las mallas de correr me sientan divinamente.