3/3/12
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ladrones |
30/1/12
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morir |
Mi suegro ha tenido hace poco una avería seria. Concretamente la que alimenta a mi demonio particular. La Niña Fatal, entera como siempre, tuvo que llevarle en coche al hospital. A ella lo de la entereza le viene de familia: al parecer mi suegro debió preguntar, ya ingresado en la UVI, por el contenido del menú de la cena. Ella sólo se vino abajo cuando sabía que ya podía hacerlo, al llegar yo algo más tarde. Con qué naturalidad se toman algunos hombres maduros la proximidad de la Muerte... No hablemos ya de las mujeres maduras, que parece que hablen de ella como de un familiar lejano con el que se encontrarán un día de estos. Quizá ya no le tienen miedo porque han desarrollado algún tipo de cualidad sobrenatural que les hace inmortales. Lo que viene siendo un alma, que al final no es otra cosa que la historia de una vida escrita de forma indeleble en el espacio-tiempo. Consiguieron nacer y sobrevivir, cosa que para algunas generaciones ya es un verdadero triunfo. Han existido, y eso es universalmente irrefutable, aunque en un par de generaciones nadie les recuerde. Han hecho todo lo que tenían que hacer. Buen trabajo. Una historia terminable y, por tanto, terminada. Me imagino que el cerebro reptiliano también se puede morir tranquilo cuando uno deja hijos. Claro que quizá es pura fachada, y en realidad estamos todos cagados de miedo.
Por otro lado, un buen amigo no mucho mayor que yo también ha estado a punto de irse al otro barrio, en este caso por una afección repentina y fulminante que le ha dejado en coma varios días y de la que se recupera favorablemente. Literalmente ha vuelto a nacer, porque ha estado dándose una vuelta por el no existir, ha vuelto, y no se acuerda de nada de ese paseo. Los amigos no hacemos más que tomarle el pelo recordándole que nos debe dinero y repetir entre nosotros que seguramente ahora se tome la vida de otra forma. Como si hiciera falta verle el blanco de los ojos a la Muerte para saber que, para desgracia de los faraones, la pasta, la posición social, las trayectorias profesionales y la seriedad tienes que dejarlos aquí cuando te mudas al otro barrio.
La que no ha salido tan bien parada es mi tía, que tras varios años de lucha contra el cáncer y aún muchos más contra su propia familia por gilipolleces, ha pasado hace unos días a formar parte del Club Universal. Ya no es una persona: es una historia. Acababa de cumplir cuarenta y ocho años. Hacía diez por lo menos que no la veía, así que la recuerdo joven y divertida, alegre, una de esas pocas personas consciente de lo que de verdad es importante. La tía enrollada que salía con mis primas mayores. Por lo que me iba enterando a través de mi familia, hacía muchos años que esa persona ya no existía, así que la llamada de mi madre, llorando a pesar de todo, llegaba una década tarde. Lo único que fui capaz de sentir fue alivio al escuchar ese nombre después de un interminable silencio, y no el de mi hermano o mi padre.
A mí, que estoy satisfecho con el camino recorrido hasta ahora, que podría morirme tranquilo mañana sabiendo que dejo detrás una historia más o menos a mi gusto y ningún entuerto que desfacer por mi fantasma atormentado, lo que me da por culo no es la Muerte en sí, sino el Morirme. La no existencia me la sopla, pero la idea del Tránsito me jode tanto que me da rabia. Me consuela pensar que la Muerte es un poco como ir al dentista: no haces más que darle vueltas durante un tiempo, luego lo pasas mal mientras dura, pero es algo que tienes que hacer de todas formas, y si te entregas sin resistirte, bueno, al final no es para tanto.
Si todo el mundo lo hace no debe ser tan difícil.
31/12/11
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textículos |
Esta semana he recogido un premio literario. He resultado ser el ganador de la segunda edición del concurso de microrrelatos Textículos, organizado por el Colectivo Laika con la colaboración del Vicerrectorado de Estudiantes de la Universidad de Valladolid y la librería El Árbol de las Letras. Es el segundo certamen que gano. El primero fue un concurso de cuentos que organizaba una conocida marca de leche en el colegio. Escribí la historia de la Princesa Lactosa, secuestrada por las malvadas bacterias de la leche sin pasteurizar y rescatada por el Príncipe Cálcico. A mí los cuentos de hadas me parecían entonces un coñazo insufrible, pero ya sabía que ése era el tipo de historias que un jurado adulto esperaba de un niño de ocho años. Les dí la mierda que querían y conseguí un boli con linterna. ¡El boli tenía luz de verdad! Aquello en los ochenta me parecía ciencia ficción, y acercaba mi realidad cotidiana de ropa fea y tardes grises negándome a jugar a la pelota a las historias de robots del espacio que sí me gustaban.
Que te doren la píldora de esta manera, al igual que cuando escritores que te gustan (como Txe Peligro o Mel Alcohólica) te dicen que “escribes guay,” puede hacerte pensar, con un par de cañas encima, que quizá tengas algo que hacer en este negocio si te pusieras en serio. Con una botella de vino y una amiga que trabaja como lectora para varias editoriales diciéndote que su opinión profesional es que te dejes de hostias y le des algo completo, casi te ves al teclado con la idea de una novela en la cabeza. Casi.
Pero luego te imaginas cómo debe ser el mundillo literario. El mamoneo y la corrupción. El amiguismo. Las puñaladas que se presentan con una sonrisa. Morderte la lengua (porque nunca se sabe quién va a poder enchufarte en algún sitio) cuando hablas con algunos escritores noveles para no decirles que lo que hacen no sólo te parece una puta mierda, sino que a todas luces es una puta mierda. Zafón y Fernández Mallo. El postureo mediático e institucional. Las peleas con los agentes y editores. Los iluminados y los pretenciosos ascendidos a vacas sagradas. Los muchos que se creen artistas y los pocos que saben ser artesanos. Es decir, exactamente lo mismo que en el mundillo musical indie con el que brego normalmente, pero con gente más fea y menos popular que prefiere trabajar encerrada en casa en vez de hacerlo sobre un escenario, donde además tienes que currarte la pinta y las habilidades sociales.
A mí me encanta escribir. Lo que no soporto es a los escritores.
1/11/11
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bicicleta |

Ir por la calle y exclamar “¡mira qué preciosidad!” Que tu novia crea que has visto a una tía buena y cuando se da cuenta de lo que estás mirando responda “estás enfermo”. Pero no poder evitarlo porque te gustan casi todas. Tener en un mismo cacharro medio de locomoción y gimnasio. La pasta que te ahorras en bonobús. Y en psicólogos. Llegar media hora antes. Ganar una hora al día. Ser consciente de que formas parte de una revolución, pero encabronarte al no ver a camaradas parados en los semáforos. Pensar entonces que si queremos respeto debemos mostrar respeto. Convertir un nuevo hábito en otro paso (entre cambiar de banco y apostatar) hacia una vida coherente con tus ideas sociales, económicas y políticas. La reducción de tu huella de carbono. La ciclonudista, las actividades de ASCIVA y el Garaje España. Volver a sacar la reflex a la calle, esta vez buscando joyas a pedales. La lástima al ver preciosas reliquias abandonadas contra una farola. El carril bici. Los peatones caminando por el carril bici, y pensar que cuando nos pintan una línea en el suelo caminamos por ella instintivamente, como borregos. Las cubiertas con banda blanca, como en los cincuenta. Las ruedas de 26”. No, mejor de 28”, bien grandes. Ajustarla bien alta para conducirla con la espalda lo más recta posible, como los verdaderos expertos (los chinos). Los cuadros de carreras antiguos pero con manillar de paseo. Los guardabarros a juego, los reflectantes, el transportín, la cesta, un manillar nuevo… Venga, y le pongo también una dinamo. El paseo en tandem por Central Park con la Niña Fatal, y sus vinilos adhesivos de cuadrícula de carreras (gracias peque). La que vimos en la Quinta Avenida hecha de bambú. Los cuatro duros que cuesta comprarlas, arreglarlas y tunearlas. La velocidad. La adrenalina. La sensación, de noche y sin tráfico, de viajar por el espacio.
La emocionante experiencia de descubrir, contra todo pronóstico y a los treinta y tres años, que todavía hay nuevos mundos con los que apasionarte (e incluso obsesionarte) tanto como cuando eras un crío y empezaste a tocar o a escribir. Y saber que, si alguna vez no te quedara nada más en la vida, podría llegar a bastarte con montar en bici para ser feliz.
18/8/11
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biblioteca |
Hace años que vengo a esta biblioteca. Décadas, incluso. Me recuerdo de crío viniendo a buscar cómics de Tintín los viernes por la tarde después de clase, sin terminar de creerme que todos aquellos tomos estuvieran a mi disposición. En verano pasaba muchas tardes aquí buscando libros de "Elige tu propia aventura", siendo consciente, mientras la luz de aquel sol crepuscular se me quedaba grabada en el subconsciente como una llamada a lo que luego sería mi infancia, de que todavía me quedaba la vida entera, que contemplaba con esperanza y avidez. Sabía que si estaba allí metido leyendo era porque aún no había empezado a vivir de verdad, y que el futuro sería más intenso y emocionante de lo que jamás podría llegar a leer.
Algo de verdad ha habido en aquella idea, aunque junto con las emociones y la libertad de convertirme en un adulto también ha habido mucha mierda que tragar. Pero sigo viniendo aquí cuando necesito algo de esperanza en el futuro, emociones de mentira o vivir las vidas de otros. En ocasiones he estado lejos de esta biblioteca. He emigrado, como vosotros, y he vuelto. Ahora, mientras busco libros de relatos de Raymond Carver, sé que, probablemente, cuando apenas me quede futuro y esté cansado de emociones de mentira y vidas de otros, podré salir de casa, acercarme de un paseo hasta aquí y recordar todo aquello que siendo un crío esperaba de mi vida, a la luz de este sol crepuscular.
15/6/11
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The Ángel Stanich Experience (y III) |

Tras recibir la visita de nuestro buen amigo Ángel Román al final de la sesión del lunes, la del martes se dedicó íntegramente a grabar arreglos y colaboraciones, o en palabras de nuestro ingeniero Javi Dobro, "el día de los cachitos. Lo odio". Por la mañana se terminaron de grabar los arreglos de guitarra de Vielba y las percusiones de Guille, así como los coros. Luego por la tarde, en un histérico sprint final, llegamos Eva Busto para grabar los coros en "Miss Trueno 89", Jesús Bravo para el acordeón en ese mismo tema y Hammond en "Camino Ácido" y "El Outsider" , Víctor Alonso de NTD para grabar en vídeo recursos en vistas a un posible videoclip y yo mismo, que aproveché para tirar un par de gritos a lo Tex-Mex para la toma de ruido ambiente ("quiero atmósfera de bolera", nos dijo Stanich) del corte instrumental.

Fue una sesión realmente condensada y productiva hasta el extremo, pero todos los nervios acumulados hicieron que finalmente el último intento de mejorar la toma de "El Cruce (Estuve)" solo fuera útil para el vídeo de Víctor, lo cual ya es en sí mismo un buen resultado.
Por otro lado, aunque yo dejé el estudio un par de horas antes de finalizar la grabación, tengo entendido que las colaboraciones de Bea y Jesús fueron todo un éxito. Especialmente el trabajo de Jesús fue excepcional, incluso improvisando arreglos de Hammond en la cabina de mezcla minutos antes de terminar la sesión, que resultaron sonar impecables. Un grandísimo profesional, sin duda alguna.
Ahora queda la mezcla, para lo que aún faltan unas semanas. De momento unas cuantas fotos de lo que ha sido una gran experiencia. Y el más sincero agradecimiento a todos los implicados, que han prestado su tiempo y buen hacer de manera desinteresada. Muchísimas gracias a todos.




14/6/11
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The Ángel Stanich Experience (II) |
11/6/11
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The Ángel Stanich Experience |
24/5/11
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carta abierta a los votantes del PP |
Queridos conciudadanos:
Teniendo en cuenta las cifras de participación y los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas, aproximadamente casi uno de cada tres de vosotros vota al Partido Popular. En mi región y en mi ciudad la proporción es mucho mayor. Hace unos días os ví por televisión celebrando la victoria del partido al que votais, y entonces me dí cuenta de que esa noche en la calle Génova no había nadie a quien yo pudiera conocer. Convivo con vosotros, pero no os conozco. No sé cómo sois ni lo que pensais. No sé nada de vosotros. De repente me siento un extrajero en mi propio país. Sé que no sois mis amigos ni mi familia. Sí que sois una compañera de trabajo algo indiscreta, un antiguo amigo del instituto en una situación difícil... Ni por asomo sois una de cada tres personas de mi entorno. ¿Dónde estais los demás? Me obligais a acatar unas normativas municipales y autonómicas que considero injustas, pero lo acepto de buen grado porque, a pesar de que creo necesaria una reforma de la Ley electoral, aún creo en los principios de la democracia, y defendería, incluso violentamente si fuera necesario, vuestro derecho a votar al PP.
¿Tan distintos somos, vosotros y yo? ¿Tan incompatibles son nuestras ideas sobre la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad? Yo creo que no. Precisamente por eso me gustaría saber porqué el PP. No he leído su programa electoral, no sé si vosotros lo habéis hecho, pero necesito entenderlo. Qué es lo que a mí se me escapa que vosotros tenéis tan claro, cuales son las propuestas que os parecen tan acertadas... Qué os han prometido, en definitiva. Qué os dan. Porque me siento como si delante de mis narices una logia secreta, de la que todo el mundo forma parte menos yo, fuera la guardiana de una solución milagrosa para todos los males. No me malinterpretéis, lo digo sin acritud ni ironía. Sé que no es así, sólo intento expresar cómo me siento. Y ese sentimiento es injusto para vosotros y para mí. Por eso necesito comprender. Necesito que me digais porqué votais al PP.
Tened en cuenta que NO soy un votante del PSOE (a los que sí que entiendo y conozco, porque fuí uno de ellos), así que los argumentos basados en el “y tú más”, que parecen monopolizar la discusión política de este país desde hace tanto ya que no recuerdo otro discurso político, en este caso no sirven, porque en eso estamos de acuerdo. Y no por eso voto al PP.
Por favor, explicádmelo. Convencedme. Os escucho.
16/5/11
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la habitación interior |
Tengo una habitación en mi interior. Una celda casi, con una ventana diminuta que da a un sombrio patio de luces. Es un cuartucho barato con una cama vieja de noventa, un escritorio minúsculo y un armario desvencijado que mis caseros estuvieron a punto de tirar, hasta que decidieron amueblar este piso y alquilarlo. En este cuarto guardo la ropa imprescindible (me deshice de toda la que no me ponía en la última mudanza), un par de tomos de Chris Ware y Daniel Clowes que aún no he leído (el resto de mi biblioteca está en casa de mis padres, no podía seguir cargando con ella), un ordenador que me acabo de tener que comprar, la guitarra y los discos de vinilo, que escucharé cuando compre un tocadiscos. Nada más. No guardo fotos, ni muebles, ni objetos con valor sentimental, ni cajas con cosas de mis ex, ni un tercer juego de sábanas y de toallas, ni productos de afeitado que nunca uso, ni apuntes de cursos pasados, ni otro tipo de trastos inútiles que dificulten los traslados.
Hace poco he estado a punto de mudarme a esa habitación que ahora sólo existe en mi interior. Afortunadamente La Niña Fatal y yo resolvimos nuestras diferencias con sinceridad y decidimos darle un nuevo plazo a nuestra vida en común, en la que sí tenemos algunas cosas que perder.
Pero sigo guardando esa habitación dentro de mí. Por si algún día me hiciera falta.





