Siempre he pensado que por fin se puede decir que vives en un sitio cuando ya te has cortado el pelo alli, o has ido al dentista... Cosas asi. Todavia no hay una peluqueria o una clinica dental en el aeropuerto de Charleroi/Bruxelles Sud, pero he perdido la cuenta de lo que he comido, leido y dormido en esta sala de embarque. Son las 11h. Mi avion sale a las 15h. Y estoy escribiendo un post desde un expendedor de internet (sin tildes), al lado de la maquina de café, esperando para volver a largarme de un lugar con el cielo tan plomizo y tanta tristeza y emocion en el aire como siempre le he imaginado a Seattle en los 90.
Adios, mi amor. Hasta mañana.
28/12/07
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cuatro horas |
25/12/07
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Amor (y deseo) en el aire |
El cuerpo me pedía escuchar a Lynyrd Skynyrd en el avión, pero me dio mal rollo, aún sin ser yo (muy) supersticioso. Hice bien trayéndome a estos otros que están sonando.
Durante el fin de semana vi pasar por el Cafetín (me llamaron para una sustitución) a todo el mundo: Pablo, Johnny Benitez y su hermano/mi nuevo mejor amigo, la gente de la pizzería, la de Artículo 20 (en breve tendré listo el blog de esta revista), señor y señora Dobrý Den, Enthusiastic, clientes que leen este blog, Cacho (todavía le doy vueltas a lo que me contaste), mis padres, mi hermano… a todos ello gracias y feliz Navidad.
Después de ese ataque de amor, un vuelo en el que la pareja que tengo detrás se come a besos, para consumirme en cierta persona nada más aterrizar. Aunque una parte de mí arde al acordarme de otra.
C’mon baby, light my fire!
16/12/07
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Music for one apartment and six drummers |
Tras el increíble documento "Cuatro hombres y una trombonave" (que yo aún no he visto, espero hacerlo en compañía del señor Enthusiastic) , aquí tenéis este estupendo corto sueco por cortesía de Chagüen y Lara (también conocidos como Mr. y Ms. Dobrý Den), que tras varios años de exilio acaban de regresar de Berlín con un buen montón de links estupendos bajo el brazo. Os aconsejo verlo en el más absoluto silencio para apreciar mejor los flipantes matices. Y aprovecho para poner en marcha un nuevo concurso: el primero que reconozca la pieza musical que sirve de sample en la escena del salón recibirá estas navidades el regalo más kitch imaginable, una reliquia única e irrepetible dedicada por éste que os escribe y muy bien traida dado el tema. ¡Buena suerte a todos!
30/11/07
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Estamos en ESPAÑA |
Madrugada del jueves al viernes. Aún falta más de una hora para que mi compañera y yo cerremos el bar, pero ya está casi vacío. Se acerca a la barra uno de los borrachos habituales, de unos cuarenta, que apenas se puede mantener en pie del pedo que lleva. Pide como puede una caña. Se la pongo. Al rato pide otra. La primera está por la mitad. Mi sentido común dispara la alarma moral de no contribución al deterioro físico de este personaje. -Pero hombre, si aún te queda de la que te acabo de poner- le digo. Y a pesar de su lamentable estado consigue reunir la lucidez y la arrogancia suficiente para balbucearme –Oye, si yo te pido una caña y te la pago me la tienes que poner. ¿Quién eres tú para...- No me quedo a escuchar como termina la frase. Ya estoy en el grifo tirando una caña con bien de espuma. –Uno cincuenta. – Lo paga, dejando un bote de treinta y tantos céntimos (-¡Seguro que es un bote récord! –me grita), que no le acepto.
Entran por la puerta los hobbits, una pareja de clientes habituales en torno a los cincuenta, bajitos y peludos con caras simpáticas. Se unen al borracho, que le pide a mi compañera otra caña. -¿Sabes que si estuviéramos en Francia la ley de prevención del alcoholismo nos obligaría a los camareros a negarle el servicio, dado su estado? –le comento a ella. Oyendo esto, la mujer hobbit, hecha un basilisco, grita -¡Sí, pero estamos en ESPAÑA!
En efecto, señora. Estamos en españa. En este país un zote que no puede ni articular su nombre puede decirle a otra persona lo que tiene que hacer sólo con que disponga de un euro y medio.
El ambiente se enrarece. Los hobbits hablan con la camarera, que alterna conversación con las tareas previas al cierre. En un momento dado el hobbit macho hace un gesto hacia la barra. Querrá pedir algo, me digo, y me acerco a ver que quiere. –No estoy hablando contigo, no seas impertinente. –me suelta, con un deje paposo alcohólico. A partir de ese momento y hasta que se fueron, me dedique a la calmante tarea de leer el periódico.
Hoy es mi último día como camarero en el Cafetín. Voy a echar de menos muchas cosas, como servir a Carmen de artículo20, el tonteo con las erasmus gabachas, que me vengan a buscar mis chicos de periodismo disfrazados, hacer caja a puerta cerrada con los compañeros mientras suenan Bebo Valdés y el Cigala, mi numerito jedi de activar la máquina de tabaco usando "la fuerza", que me reconozcan por la calle... Pero servir a esta panda de puretas alcohólicos no es una de ellas. Así revienten.
28/11/07
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El día que me reconocieron por la calle (II). La blogsfera es un pañuelo |
El primer episodio fue fruto de mi pasado como músico orquestero (de mierda). En esta segunda ocasión podría haberse dado que me reconocieran unos desconocidos por la calle en calidad de camarero en un bar mítico de Valladolid. Bien podría haber sido así. De hecho, últimamente mucha gente con la que me cruzo hace amago de saludarme: mi cara les resulta familiar y el gesto empieza a volverse amistoso, levantan la mano, mientras buscan en su catálogo mental bajo qué categoría estoy. ¿Compañero de trabajo? ¿Viejo amigo del instituto? ¿Familiar que hace mucho que no veo? ¿De qué cojones me suena este tío? Por lo menos son tan simpáticos de anteponer el saludo a nuestro nexo, sea cual fuere. Pero cuando finalmente me sitúan detrás de una barra y caen en la cuenta de que yo no tengo porque acordarme de ellos y de que, de ser así, sería de verles en una situación etílicamente bochornosa, la sonrisa se convierte en rictus de descomposición (gestual e intestinal) y el saludo se aborta produciendo un gesto deforme e inconcluso que tratan de eludir. Yo intento, con mayor o menor fortuna, paliar sus vergüenzas respondiendo con mi mejor sonrisa.
Pero no es el caso. Hace un par de sábados, mientras yo preparaba unos mojitos, dos clientas desconocidas me dijeron esto:
-¡Hola! Oye, pon un par de cañas, VADERETROCORDERO.
Mi tiempo se detuvo. El universo se quedó en silencio de repente. Me quedé en la parra. Era la primera vez que alguien me llamaba por mi nombre fuera de matrix. Dos universos (el real y el virtual) colisionaron en la barra, y esta vez fue mío el gesto de retortijón. Tardé treinta segundos en recuperar la compostura. ¡Así que era verdad, hay gente leyendo esto, los comentarios no los escriben bots del gobierno en una conspiración para mantener a raya a las masas de blogeros! (Porque, si no os habíais dado cuenta, somos una puta masa).
Unas chicas majísimas, ocasionales del bar y lectoras (además de amiga y hermana) de La Domi, de El Gallinero (enlazado aquí a la izquierda). Me felicitaron y me animaron repetidamente a continuar con el blog. (¿Porqué? ¿Tiene pinta de estar a punto de cerrar? ¡Contestadme!). Tuve que invitarlas, evidentemente.
P.S. Horas después de escribir esto, entraron por la puerta del Cafetín el violinista del salami y el angelote de myspace, acompañando a Johnny Benítez. Venían de su proyección en Madrid (no ganaron el concurso, pero se rieron mucho). Definitivamente internet es un puto kleenex.
23/11/07
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Estimados clientes: |
Esta semana he leído en dos medios diferentes (en un artículo de Maruja Torres y en la obra de Ramón Reig “El periodista en la telaraña”) sendas reflexiones sobre el uso actual del término cliente, lo que me ha llevado a rescatar esta antigua entrada que en su momento descarté para el blog, pero que al final parece estar de actualidad, mira por donde. ¡Nos leemos!
Hay ciertos tipos de relaciones personales que, de una manera intuitiva, sabemos que pertenecen a la misma categoría. El mecanismo que las relaciona es el mismo que me hizo llamar inconscientemente “papa” a un profesor en el colegio, dejándome como un gilipollas ante mis compañeros. Pero la categoría de la que quiero hablar ahora no es la autoridad, sino el trabajo.
Pacientes. Alumnos. Público. Clientes. En el mejor de los casos pasamos ocho horas, cinco días a la semana, en nuestros lugares de trabajo, cuando no más. Muchos no pasamos, ni de lejos, tanto tiempo con nuestras familias, amigos y parejas. ¿Y con quien lo pasamos? Nuestros compañeros, nuestros jefes, público, pacientes, alumnos... Clientes. La economía lingüística tiende cada vez más a agregar todas esas palabras tan distintas entre sí alrededor de un mismo término. Como en la profética 1984 de Orwell, hay que deshacerse de las palabras prescindibles (o incluso molestas), de aquellas que pueden ser sustituidas por otras que reflejen mejor la verdadera finalidad de esas relaciones, y de paso hagan lo mismo con otra media docena de términos. Menos palabras. Más eficiencia.
En el mundo sanitario actualmente la tendencia es llamar clientes a los pacientes. Fue lo primero que aprendí al estudiar documentación. Codificar enfermedades y procedimientos médicos vino mucho después y ya se me ha olvidado, pero que un paciente es ante todo un factor económico no lo olvidaré jamás. Liberalizar la educación hace lo mismo con el alumnado. Me pregunto cuando empezaremos a llamar clientes a nuestros amigos, conocidos, familiares, pareja, lectores... ¿Suena descabellado? Tenemos toda una eternidad de nueva economía para comprobarlo. Tiempo al tiempo.
13/11/07
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C’est une belle histoire |
Durante varias generaciones la canción francesa ha cautivado a media Europa con un concepto tan fascinante como, en el fondo, universal: venderte la moto de un polvete más bien prosaico como La Gran Aventura Del Amor. No se si será esa boquita tan mona que se les pone cuando pronuncian la “u” cerrada, pero los cabrones de los cantantes han conseguido engatusarnos desde hace décadas haciéndonos creer que son los adalides del romanticismo musical (uso el término en el sentido popular, no en el académico), y París la capital del amor. De puertas para afuera nos achacan a los españoles ser demasiado parcos, pero en realidad nuestros intereses y modelos de comportamiento son similares, y eso se ve reflejado en las letras de las canciones. Traducida al español y contada en plan chiste de Lepe, la canción francesa nos muestra a unos listillos que se lo montan de frutifa para mojar. Para muestra unos botones.
Ejemplo nº1: "Une belle histoire" de Michel Fugain. Esto son dos muchachicos (nena y nene, esquema clásico) que se encuentran en una gasolinera, echan un casquete en la cuneta y luego que si te he visto, moreno.
Ejemplo nº2: "Nathalie" de Gilbert Bécaud. Un gabacho se va de vacaciones a Moscú y se lo monta con la guía turística en la habitación de la residencia universitaria donde vive ella. “Si algún día viene a París me la llevo a dar una vuelta” piensa él al concluir el acto. Y, como todos sabemos, está la economía moscovita como para pagarse un billete a París.
Pero mi preferida es el ejemplo nº3: La canción que les ha vendido a los gabachos Sarkozy, prometiéndoles un bonito romance, cuando lo que está haciendo realmente es darles por el culo. Y van los tíos y pican. ¡Joder, que ya os conocéis! Aquí, entrevistándose con representantes sindicales de la SNCF (la RENFE gabacha), que conocen bastante mejor que él las consecuencias de su política de recortes.
8/11/07
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La crisis de las camisas |
El día 1 cumplí 29 años. Mi chica vino desde Lille, como regalo sorpresa, lo que explica que haya tenido el blog tan abandonado esta semana (mis disculpas).
Unos días antes había leído un artículo de ese gran filósofo de nuestro tiempo que es Ernesto Sevilla sobre estilismo masculino en el que se cuestionaba la salubridad moral de seguir vistiendo camisetas cuando ya tienes cerca de los treinta, “como intentando aferrarnos a una juventud que se nos escapa”. Y aunque todavía no he “cambiado de prefijo”, como dice mi amigo Rubenchi que acaba de cumplirlos, tuve un conato de crisis de los 30, como también acaba de tener (y contar) Michael Chambers en este magnífico post. Así que el 31 de octubre abrí el armario al salir de la ducha y rescaté una de mis pocas camisas, negra a rayas. ¿Y porqué no? Hoy me la pongo –me dije– porque yo lo valgo. Como intentando aferrarme de sus mangas a una estabilidad laboral y económica, a un domicilio que me dure más de seis meses, a una edad adulta que nunca llega. Mi padre a mi edad ya tenía dos hijos y había aparcado las camisetas, pero también llevaba cuatro años en la empresa en la que aún sigue trabajando a día de hoy y en la que seguramente se jubilará. Yo el mes que viene tengo que buscarme otro empleo.
Así vestido me encontró mi chica aquella misma noche. Y lo primero que me preguntó, tras poner mala cara, fue que si había engordado. A la mañana siguiente me calcé mi camiseta ceñida de los Ramones. ¡Faltaría más!
30/10/07
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Ostras o mortadela (III). El concepto. |
Cuando me hablaron de ello no me lo podía creer. Es el resumen conceptual perfecto de lo que quería transmitiros con Ostras o mortadela (I) y (II):
Lo cuelgo aún a riesgo de pecar de escatológico, pero quiero recalcar lo sola que se queda la muchacha. Creo que no hay soledad mayor que la del que se caga en un jacuzzi, todavía simbolo de la opulencia de la civilización contemporánea, mientras le están viendo millones de personas en un Gran Hermano (y luego en Internet).
La risa es agridulce. Mañana podría pasarme a mí.
23/10/07
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Gente de verdad |
Hay gente que no sabía de la existencia del Cafetín hasta que se encontraron con su terraza, frente a la catedral, el verano pasado. Ahora que el invierno asoma las orejas y ha barrido las mesas de un soplido, esa gente empieza a refugiarse en lo que para ellos es un bar recién abierto, aunque el año que viene cumpla treinta. Es lo que yo llamo el Efecto Terraza: llamados por el recuerdo del verano siguen viniendo, sin ser éste su hábitat natural.
Esta gente de la que hablo son parejas de cuarenta años con niños. Peinados a raya, camisa por dentro y zapatos castellanos ellos. Blusa, falda hasta la rodilla y perfume dulzón ellas. Sus niños van vestidos de adulto a escala. Piden una caña para él, una Coca-Cola para ella y un mosto para el niño. Son los que te imaginas cuando en los medios se habla de la familia española. Los votantes de los partidos. Los que contratan hipotecas al 15% T.A.E. Los que van a pagar más cara la leche y la luz a partir de enero. Aquellos cuyos hijos recibirán la asignatura de Educación para la Ciudadanía. La gente normal.
Y luego están los otros. Los de siempre. Los cinéfilos. Los músicos trasnochados y los camareros de otros bares. Los locos (tenemos un amplio abanico de patologías). Las reuniones de escritores. El poeta cascado que lleva años escribiendo libros que no puede terminar. El tío que lee biografías de Carlos V delante de un té y una pipa durante cinco horas todos los días. El señor con el que ayer discutí sobre cronocentrismo, economía y culturas nativas norteamericanas. Luisa, que viene todas las noches desde 1978 y nos cuenta a los nuevos camareros como era esto (el bar y la vida en general) durante la transición. La pareja de cuarenta años que viene los domingos a las cinco de la tarde con una niña encantadora vestida de colores vivos. La gente a la que conoces o podrías llegar a conocer. La gente de verdad.
