11/4/09

patito feo

Tras la crisis de los treinta que tuve ocasión de sufrir a los veintinueve no había vuelto a plantearme en este blog el tema de cómo nos hacemos mayores. Sin embargo mi perspectiva actual es mucho más positiva que entonces gracias a algunos episodios menores contemplados recientemente.

En nuestra última visita a la capital para ver a los Franz Ferdinand (muy divertidos, aunque poco Rock) y en la que también tuvimos ocasión de tomarnos unos cañuscos con Claudia y Txe Peligro (el apellido le va al pelo) en el Mi Madre Era Una Grupi, La Niña Fatal y yo acabamos comiendo el sábado en una terraza junto al Real. Sentados a nuestro lado un grupo de tíos con pinta de la zona norte de Madrí y de haber sido los guaperas populares de su barrio en sus años mozos recapitulaban anécdotas adolescentes. “Nos hacemos mayores” era la frase más repetida, mientras hacían recuento de bajas en matrimonio o paternidad. Los vaqueros y las sudaderas pijas no conseguían ocultar que se trataba de señores. Jóvenes pero señores.

-¿Qué edad tendrán estos tíos? –le pregunté a la Niña.
-Les he oído decir que eran de la quinta del ochenta.

Y aquí es donde me vais a permitir una sonora carcajada victoriosa. Estos ex-guaperas tenían menos años que yo, y sin embargo eran más viejos. Y no tanto por una cuestión de parecerlo (que también, aunque algún día los pitillos, las Converse y las camisetas dos tallas pequeñas darán paso a las camisas y americanas que ya asoman los domingos al vermú), sino sobre todo de sentírselo. Estos tíos añoraban su juventud, ergo ya no disponían de ella. Echaban tristemente de menos el pasado.

Para echar de menos la adolescencia hay que haber disfrutado entonces de sus pobres anhelos. A menudo la gente que brillaba más intensamente que los demás en esos años agotó su energía más rápidamente, sin saberla gestionar, y recuerda el instituto como la mejor época de su vida. Lo más triste que nos puede pasar es vivir recordando ese pasado con nostalgia, porque nos sitúa frente a una desolada travesía por el desierto de la senectud prematura por recorrer. Yo no echo de menos en absoluto mi adolescencia. El revival nostálgico me encanta como ejercicio comparativo para tomar consciencia de cuánto he cambiado. Para mejor. Sin dejar de brillar nunca. Como recomiendan los Turtle Power Crew: 'Molar Siempre'. Nunca había sido tan feliz, y tengo la certeza de que sabré encontrar razones para seguir diciéndolo en el futuro.

Y, qué cojones, estoy estupendo.

8 commentaires:

En realidad mucha metáfora y mucha hostia pero esto va de que uno, que fue un friki ignorado en el instituto, se regodea ahora en sus discretos triunfos y ligera mejora en lo sociosexual.

enthusiastic post!!!!

sisi
estamos treinteros
pero divinos !!!!!!!!!

Y tanto...Se lo digo yo.

Gran placer el conoceros a ti y petite fatalité. (Creo que Txe no se acuerda de nada, pero os mandaría saludos, fijo)

Besos treinteañeros.

La adolescencia siempre fue estúpida.

Clau

Nunca es tarde para cagarla estrepitosamente o para lo contrario.

Aquellos que con veintialgo creen que ya solo les queda rodar cuesta hacia no sé donde merecen todo nuestro desprecio.

En Valladolid esa actitud triunfa a saco.

Lo importante es la ilusión y las ganas que un@ tenga. Con 54 tengo ganas de disfrutar a tope de lo que me ofrece la vida y no lo desperdicio. Ahora que no tengo que cambiar pañales, vivo para mi y no me privo de ná. Esto es vida ... y de la buena. Paciencia, todo llega.

Pues claro que sí. Yo estoy hasta los cojones de ver a gente de mi/nuestra edad, casándose, teniendo hijos, yendo a trabajar a sitios nefastos, o hipotecándose; no porque sea lo que realmente quieren o han decidido, sino porque es lo que toca hacer en este franja de edad. Su vida es como el Tour de Francia en el que se van pasando etapas. De los 18 a los 23 estudiar y festear, de los 24 a los 27 un máster y salir al extranjero. De los 27 a los 35 ennoviarse, casarse y tener un trabajo respetable. De los 35 a los 65, criar a los hijos y trabajar para pagar los gastos e ir al cine el sábado y de vacaciones en agosto como único divertimento. De los 65 en adelante esperar la muerte.

Me niego ante este planteamiento mercantilista de la vida y reivindico ser un Freebird for ever and ever sin importar la edad que se tenga.

Mayormente lo que se anhela del pasado no es lo vivido, sino lo no vivido. La nostalgia del pasado es el anhelo de lo que nunca sucedió.
Yo me quedo con las actitudes y las personas, que tristemente van marcando etapas en esta vida atemporal estriada por los años.
El espíritu se va reciclando en pos de la identidad y el desarrollo personal.
Estupendo escrito, como siempre.

Un abrazo de una compi de adolescencia,

María.

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