Madrugada del jueves al viernes. Aún falta más de una hora para que mi compañera y yo cerremos el bar, pero ya está casi vacío. Se acerca a la barra uno de los borrachos habituales, de unos cuarenta, que apenas se puede mantener en pie del pedo que lleva. Pide como puede una caña. Se la pongo. Al rato pide otra. La primera está por la mitad. Mi sentido común dispara la alarma moral de no contribución al deterioro físico de este personaje. -Pero hombre, si aún te queda de la que te acabo de poner- le digo. Y a pesar de su lamentable estado consigue reunir la lucidez y la arrogancia suficiente para balbucearme –Oye, si yo te pido una caña y te la pago me la tienes que poner. ¿Quién eres tú para...- No me quedo a escuchar como termina la frase. Ya estoy en el grifo tirando una caña con bien de espuma. –Uno cincuenta. – Lo paga, dejando un bote de treinta y tantos céntimos (-¡Seguro que es un bote récord! –me grita), que no le acepto.
Entran por la puerta los hobbits, una pareja de clientes habituales en torno a los cincuenta, bajitos y peludos con caras simpáticas. Se unen al borracho, que le pide a mi compañera otra caña. -¿Sabes que si estuviéramos en Francia la ley de prevención del alcoholismo nos obligaría a los camareros a negarle el servicio, dado su estado? –le comento a ella. Oyendo esto, la mujer hobbit, hecha un basilisco, grita -¡Sí, pero estamos en ESPAÑA!
En efecto, señora. Estamos en españa. En este país un zote que no puede ni articular su nombre puede decirle a otra persona lo que tiene que hacer sólo con que disponga de un euro y medio.
El ambiente se enrarece. Los hobbits hablan con la camarera, que alterna conversación con las tareas previas al cierre. En un momento dado el hobbit macho hace un gesto hacia la barra. Querrá pedir algo, me digo, y me acerco a ver que quiere. –No estoy hablando contigo, no seas impertinente. –me suelta, con un deje paposo alcohólico. A partir de ese momento y hasta que se fueron, me dedique a la calmante tarea de leer el periódico.
Hoy es mi último día como camarero en el Cafetín. Voy a echar de menos muchas cosas, como servir a Carmen de artículo20, el tonteo con las erasmus gabachas, que me vengan a buscar mis chicos de periodismo disfrazados, hacer caja a puerta cerrada con los compañeros mientras suenan Bebo Valdés y el Cigala, mi numerito jedi de activar la máquina de tabaco usando "la fuerza", que me reconozcan por la calle... Pero servir a esta panda de puretas alcohólicos no es una de ellas. Así revienten.
30/11/07
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Estamos en ESPAÑA |
28/11/07
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El día que me reconocieron por la calle (II). La blogsfera es un pañuelo |
El primer episodio fue fruto de mi pasado como músico orquestero (de mierda). En esta segunda ocasión podría haberse dado que me reconocieran unos desconocidos por la calle en calidad de camarero en un bar mítico de Valladolid. Bien podría haber sido así. De hecho, últimamente mucha gente con la que me cruzo hace amago de saludarme: mi cara les resulta familiar y el gesto empieza a volverse amistoso, levantan la mano, mientras buscan en su catálogo mental bajo qué categoría estoy. ¿Compañero de trabajo? ¿Viejo amigo del instituto? ¿Familiar que hace mucho que no veo? ¿De qué cojones me suena este tío? Por lo menos son tan simpáticos de anteponer el saludo a nuestro nexo, sea cual fuere. Pero cuando finalmente me sitúan detrás de una barra y caen en la cuenta de que yo no tengo porque acordarme de ellos y de que, de ser así, sería de verles en una situación etílicamente bochornosa, la sonrisa se convierte en rictus de descomposición (gestual e intestinal) y el saludo se aborta produciendo un gesto deforme e inconcluso que tratan de eludir. Yo intento, con mayor o menor fortuna, paliar sus vergüenzas respondiendo con mi mejor sonrisa.
Pero no es el caso. Hace un par de sábados, mientras yo preparaba unos mojitos, dos clientas desconocidas me dijeron esto:
-¡Hola! Oye, pon un par de cañas, VADERETROCORDERO.
Mi tiempo se detuvo. El universo se quedó en silencio de repente. Me quedé en la parra. Era la primera vez que alguien me llamaba por mi nombre fuera de matrix. Dos universos (el real y el virtual) colisionaron en la barra, y esta vez fue mío el gesto de retortijón. Tardé treinta segundos en recuperar la compostura. ¡Así que era verdad, hay gente leyendo esto, los comentarios no los escriben bots del gobierno en una conspiración para mantener a raya a las masas de blogeros! (Porque, si no os habíais dado cuenta, somos una puta masa).
Unas chicas majísimas, ocasionales del bar y lectoras (además de amiga y hermana) de La Domi, de El Gallinero (enlazado aquí a la izquierda). Me felicitaron y me animaron repetidamente a continuar con el blog. (¿Porqué? ¿Tiene pinta de estar a punto de cerrar? ¡Contestadme!). Tuve que invitarlas, evidentemente.
P.S. Horas después de escribir esto, entraron por la puerta del Cafetín el violinista del salami y el angelote de myspace, acompañando a Johnny Benítez. Venían de su proyección en Madrid (no ganaron el concurso, pero se rieron mucho). Definitivamente internet es un puto kleenex.
23/11/07
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Estimados clientes: |
Esta semana he leído en dos medios diferentes (en un artículo de Maruja Torres y en la obra de Ramón Reig “El periodista en la telaraña”) sendas reflexiones sobre el uso actual del término cliente, lo que me ha llevado a rescatar esta antigua entrada que en su momento descarté para el blog, pero que al final parece estar de actualidad, mira por donde. ¡Nos leemos!
Hay ciertos tipos de relaciones personales que, de una manera intuitiva, sabemos que pertenecen a la misma categoría. El mecanismo que las relaciona es el mismo que me hizo llamar inconscientemente “papa” a un profesor en el colegio, dejándome como un gilipollas ante mis compañeros. Pero la categoría de la que quiero hablar ahora no es la autoridad, sino el trabajo.
Pacientes. Alumnos. Público. Clientes. En el mejor de los casos pasamos ocho horas, cinco días a la semana, en nuestros lugares de trabajo, cuando no más. Muchos no pasamos, ni de lejos, tanto tiempo con nuestras familias, amigos y parejas. ¿Y con quien lo pasamos? Nuestros compañeros, nuestros jefes, público, pacientes, alumnos... Clientes. La economía lingüística tiende cada vez más a agregar todas esas palabras tan distintas entre sí alrededor de un mismo término. Como en la profética 1984 de Orwell, hay que deshacerse de las palabras prescindibles (o incluso molestas), de aquellas que pueden ser sustituidas por otras que reflejen mejor la verdadera finalidad de esas relaciones, y de paso hagan lo mismo con otra media docena de términos. Menos palabras. Más eficiencia.
En el mundo sanitario actualmente la tendencia es llamar clientes a los pacientes. Fue lo primero que aprendí al estudiar documentación. Codificar enfermedades y procedimientos médicos vino mucho después y ya se me ha olvidado, pero que un paciente es ante todo un factor económico no lo olvidaré jamás. Liberalizar la educación hace lo mismo con el alumnado. Me pregunto cuando empezaremos a llamar clientes a nuestros amigos, conocidos, familiares, pareja, lectores... ¿Suena descabellado? Tenemos toda una eternidad de nueva economía para comprobarlo. Tiempo al tiempo.
13/11/07
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C’est une belle histoire |
Durante varias generaciones la canción francesa ha cautivado a media Europa con un concepto tan fascinante como, en el fondo, universal: venderte la moto de un polvete más bien prosaico como La Gran Aventura Del Amor. No se si será esa boquita tan mona que se les pone cuando pronuncian la “u” cerrada, pero los cabrones de los cantantes han conseguido engatusarnos desde hace décadas haciéndonos creer que son los adalides del romanticismo musical (uso el término en el sentido popular, no en el académico), y París la capital del amor. De puertas para afuera nos achacan a los españoles ser demasiado parcos, pero en realidad nuestros intereses y modelos de comportamiento son similares, y eso se ve reflejado en las letras de las canciones. Traducida al español y contada en plan chiste de Lepe, la canción francesa nos muestra a unos listillos que se lo montan de frutifa para mojar. Para muestra unos botones.
Ejemplo nº1: "Une belle histoire" de Michel Fugain. Esto son dos muchachicos (nena y nene, esquema clásico) que se encuentran en una gasolinera, echan un casquete en la cuneta y luego que si te he visto, moreno.
8/11/07
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La crisis de las camisas |
El día 1 cumplí 29 años. Mi chica vino desde Lille, como regalo sorpresa, lo que explica que haya tenido el blog tan abandonado esta semana (mis disculpas).
Unos días antes había leído un artículo de ese gran filósofo de nuestro tiempo que es Ernesto Sevilla sobre estilismo masculino en el que se cuestionaba la salubridad moral de seguir vistiendo camisetas cuando ya tienes cerca de los treinta, “como intentando aferrarnos a una juventud que se nos escapa”. Y aunque todavía no he “cambiado de prefijo”, como dice mi amigo Rubenchi que acaba de cumplirlos, tuve un conato de crisis de los 30, como también acaba de tener (y contar) Michael Chambers en este magnífico post. Así que el 31 de octubre abrí el armario al salir de la ducha y rescaté una de mis pocas camisas, negra a rayas. ¿Y porqué no? Hoy me la pongo –me dije– porque yo lo valgo. Como intentando aferrarme de sus mangas a una estabilidad laboral y económica, a un domicilio que me dure más de seis meses, a una edad adulta que nunca llega. Mi padre a mi edad ya tenía dos hijos y había aparcado las camisetas, pero también llevaba cuatro años en la empresa en la que aún sigue trabajando a día de hoy y en la que seguramente se jubilará. Yo el mes que viene tengo que buscarme otro empleo.
Así vestido me encontró mi chica aquella misma noche. Y lo primero que me preguntó, tras poner mala cara, fue que si había engordado. A la mañana siguiente me calcé mi camiseta ceñida de los Ramones. ¡Faltaría más!