-Mi padre se muere.
El doctor Beauvoir es el padre de mi ex gabacha (alias La Cabrona). Durante los difíciles meses que pasé en el norte de Francia el doctor Beauvoir fue para mí mucho más que un suegro. Fue un impagable apoyo logístico y moral, un hombre excepcional que me abrió sin reservas las puertas de su casa. Todo un padre suplente. Y ahora estaba muy enfermo. Se moría. La Cabrona me llamaba llorando para contármelo porque ya no tenía a quién acudir para hablar de ello abiertamente. El resto de su vida no iba mucho mejor. Poco apoyo puedo ofrecerte por teléfono, le dije mientras consultaba los horarios de los vuelos a Charleroi y mi apretada agenda. Unos días después tuve que darle el pésame a un buen amigo de La Niña Fatal y recibí una de esas llamadas de madre, con un nudo en la garganta, que te hiela la sangre.
-Tu padre está en el hospital.
Por lo visto un dolor en el pecho, un viaje a urgencias y unos días de pruebas y analíticas. Todo en orden, vigile el estrés, pero era su primera baja laboral en treinta años. Y eso acojona. Ese día cumplía cincuentaiséis. ¿Cómo se me pudo haber olvidado? ¿Por qué nadie me avisó? Le regalamos un bañador para que hiciera algo de ejercicio. Capté la indirecta y cogí un avión. Y me llevé para el camino Cosas que los nietos deberían saber porque parecía una lectura muy apropiada. Resultó ser no sólo una gran distracción, sino también la mejor ayuda posible para el viaje que me esperaba.
Continúa en Musicomicbooks...
27/8/10
| [+/-] |
luces parpadeantes (I) |
11/8/10
| [+/-] |
Sonorama 2010 |

Bueno, allá vamos otra vez. ¿Las canciones con The Royal Suite? Perfectamente ensayadas. ¿Las sorpresas? Preparadas también. ¿El merchandising? Clasificado y contabilizado. ¿La hoja de ruta con la organización? El viernes las 10:00 en la Plaza de la Sal para probar sonido, que tocamos a las 14:00. ¿Los pases V.I.P.? Para eso hay que localizar mañana a un par de tipos bastante ocupados, nos va a llevar tiempo. ¿El alojamiento? Concertado, nos esperan. ¿Los móviles de los amigos entre el público? Pásame el de Milgrom y el de Nina que no los tengo.
¿Nuestro escenario? ¡La hostia puta!
¿Nuestros camerinos? ¡LA HOSTIA PUTA!
Por no hablar de que este año estamos todos los malditos grupos de colegas de Valladolid en el festival: Arizona Baby. Campingás. Dehra Dun. Euphoria. Stealwater. My Friendly Ghost. Y eso los de aquí. Porque también vienen muchos buenos amigos como Los Coronas o Idealipsticks. Y si me pongo a enumerar la pléyade de artistas, crápulas y demás mala gente con la que contaremos entre el público no puedo por menos que echarme a temblar.
Este año la vamos a liar parda.
25/6/10
| [+/-] |
murmullo |
Quisiera drogarme. Pero no puedo.
La vida sin droga tiene un murmullo de fondo del que no nos percatamos hasta que nos chutamos y desaparece. Un zumbido constante, una inquietud con la que nos acostumbramos a vivir y que, mejor o peor, nos deja seguir trabajando, pero que cuando llega el momento de apagar la luz no nos deja dormir. Cuando nos drogamos estamos matando esa mosca cojonera y alcanzamos una paz con la que ni nos habríamos atrevido a soñar. Así que esto es la verdad. Esto es el silencio que hay de fondo de todas las cosas. Este es el estado en el que me encontraría siempre, por defecto, si no tuviera ese murmullo dentro, me digo cada vez que me meto. Que son menos veces de las que querría. Muchas menos. Casi ninguna, en realidad. Pero cuando ocurre descubro que el mundo entero me la sopla. Que yo mismo me doy igual. Y es fantástico. No es como con el vino, en absoluto. Con el vino he de elegir entre sentirme bien cuando estoy enfermo o sentirme enfermo cuando estoy bien. Es paliativo, pero no absoluto.
Pienso a veces en cómo debe ser la vida de un yonqui rehabilitado. Abandonar voluntariamente esa paz a cambio de que un asistente social, que probablemente se drogue, intente meterte a empujones por una rendija por la que no cabes en un lugar en el que tu presencia es una molestia y en el que deberás suplicar por favor durante el resto de tu (por otra parte bien mórbida) vida que te dejen limpiar retretes para subsistir. Luchando sin descanso por llegar a la montaña cuando ya has probado cómo es que la montaña llegue a tí. Y siempre ese murmullo… Yo antes preferiría darme un último homenaje.
Pero no puedo. Tengo con las drogas la misma relación que una integrista judeocristiana ninfómana con el sexo. Por eso no puedo pararme quieto. Por eso necesito constantemente tanto ruido a mi alrededor. Porque si en algún momento dejo que ocurra el silencio descubriré que no existe, que siempre habrá un murmullo incesante, exasperante y agónico de fondo que sólo desaparecerá si hago algo feo, algo que está mal. Muy mal.
14/6/10
| [+/-] |
la educación sentimental (II) |
No he podido evitarlo. He abierto la bolsa de plástico de Pandora, en vez de quemar su contenido, y he hurgado a ver que salía. Me equivoqué: Pensaba que contenía las cartas que intercambié durante años con la misma persona, pero lo que de verdad había allí era mucho más terrible.
Con cerca de trece años se me ocurrió escribir a la sección del suplemento ¿infantil? de El País Semanal que publicaba las cartas de los jóvenes lectores que facilitaban su dirección en busca algo de correspondencia. Una descabellada costumbre que se tenía en el siglo pasado, antes de que se inventaran las redes sociales y el messenger. No sé qué cojones se me pasó por la cabeza. Era una época en la que en vez de intentar buscarle un sentido a cualquier nimiedad cometida, simplemente hacía cosas que significaban cosas, pero sin tener consciencia de ello y ni puta idea de lo que podían simbolizar. Funcionó jodidamente bien. Recibí varios cientos de cartas, en su mayoría de crías de la misma edad que yo, contándome de todo. Desde banales anécdotas escolares hasta jodidísimas truculencias, pasando por absurdas declaraciones amorosas, fruto más de un temprano desarrollo hormonal y una imaginación desatada que de nada más. En la bolsa estaban algunas de esas cartas.
Ver tu nombre completo escrito por tantas manos diferentes es algo que da bastante vértigo. Es algo que, seguro, significa otra cosa. Lo suficiente como para pensarte dos veces abrir alguna al azar y releerla. Pero lo hice. Una chica bastante graciosa con un humor muy ácido agradecía con cierta ironía que la contestase por segunda vez. Luego explicaba que había estado haciendo una especie de vudú con la primera carta, en venganza por haber tardado tanto en responder. Me hizo gracia comprobar cómo ya entonces me gustaba que me metiesen caña. Pero el tono me resultaba demasiado familiar. Luego la letra también. La firma y el matasellos no dejaban lugar a dudas: Resulta que fuí a leer la única carta que conservo suya. ¡Qué fantástica ruleta rusa! De entre todas las vidas posibles, de todos los caminos por recorrer, de todos los yoes creados por las circunstancias y la educación (sentimental) volví a caer de forma completamente fortuíta en este mismo, en el mío. En ese en el que os acabo contando esta historia a vosotros en la entrada de un blog.
¡Claro, cómo no! No podía ser de otra manera.
7/6/10
| [+/-] |
la educación sentimental |
Qué gran invento, las relaciones epistolares. No es de extrañar que a menudo tenga presente ese sofisticado y decadente juego que es Las Amistades Peligrosas como metáfora para situaciones cotidianas. No puedo evitarlo. Pero el motivo último para que eche de menos los sobres y los buzones es que una parte de lo que soy tiene su origen en un amor adolescente que tuve por carta hace tiempo (tanto que por aquel entonces Kurt Cobain aún estaba vivo, no digo más). Bueno, pues Craig Thompson ha cogido cada preciso detalle de mis recuerdos sobre aquello, punto por punto, fechas incluidas, los ha arrancado de León y se los ha llevado a Michigan para dibujar Blankets.
La versión de Thompson de lo que me ocurrió es, a pesar de su cercanía, inocentemente romántica con un fuerte componente religioso. No pasa por el tamiz de la experiencia adulta y su interpretación psicológica, o al menos no permite que contaminen el relato. Es más magia que otra cosa. Y yo lo he leído justo ahora que acabo de encontrarme las cartas con las que empezó esta historia. Y me he acordado de cómo me sentía cuando el mundo era nuevo y emocionante, trágico o glorioso, contenido pero incontenible. Cuando el problema era que todo te venía grande en vez de pequeño. Cuando las emociones te pasaban por encima brutalmente, haciendo estragos a su paso, sin que supieras cómo cojones gestionarlas, en vez de tenerte buscando, sediento en mitad de un desierto de estabilidad emocional, algo que te destroce por dentro. Cuando tu vida era absolutamente frustrante pero esas dos o tres visitas al año hacían que todo valiera la pena. Y era increíble. Y también una puta mierda.
Da igual quienes fuéramos. Podríamos haber sido otros. Da igual que fuéramos tremendamente torpes. Aquel intensísimo episodio consumió gran parte de mi combustible emocional, que debía durar toda una vida, en un fogonazo deslumbrante, una supernova que cauterizó, para quienes vinieron después, la herida de los celos en la que los demás hurgan como fundamento para sus relaciones. Me siento afortunado de haber vivido (yo también) aquello. Pero no lo añoro. A pesar de haber cambiado aquellos chutes de adrenalina por las facturas, pasar el aspirador o los compromisos sociales, a pesar de que ese inocente y emocionado panoli se haya convertido en el hombre cínico y desconfiado que soy ahora, aquel sin vivir en realidad era una putada. Un efímero pasaje necesario para mi (citando a otro ilustre gabacho desilusionado) educación sentimental. Como Thompson, me ví quemando mis naves (y esas cartas que no releeré serán lo siguiente), andando sobre la nieve sabiendo que las huellas no perdurarían.
Un brindis, eso sí. Buena suerte, jodida psicópata.
1/6/10
| [+/-] |
Zahara: “Creo que me estoy liberando, cada vez hay menos personaje y más yo” |
28/5/10
| [+/-] |
Dr. Cordero y Mr. Vaderetro |
Creo que se habrán percatado de que hace tiempo que no escribo nada. Eso es porque no tengo una puta mierda que contar. Nada interesante, al menos. Ninguna de esas entradas que provocan una llamada de mis padres para preguntarme si estoy bien. Ningún texto que haga que me plantée si lo que yo entiendo por El Compromiso Con La Literatura es algo saludable, es decir, si vale la pena airear tu vida personal, y con ella las de los que te rodean y te quieren, sin importarte una mierda el daño que puedas hacer porque todo mal que puedas causar con esa expresión está justificado por El Arte.
Nada. Chanchullos de los bancos en el trabajo, como mucho. Poca hostia.
Así que ayer me tomé unas vacaciones de mí mismo, sin avisar y sin sentirme culpable. Le dí un poco de cancha al hijoputa que todos llevamos dentro. Le dejé asomar los hocicos al depredador, que el pobre hacía tanto tiempo que no le daba el aire que creo que La Niña Fatal ni siquiera ha llegado a conocerlo. Y entonces ocurrió: Me tomé dos cañas con los amigotes un jueves. Y todo me importaba un bledo. Y me acordé de cómo era tener cosas que contar.
Curiosamente llegué a casa con ganas de ponerme a escribir.
9/5/10
| [+/-] |
todos somos Arizona |

Hace tiempo que no doy os doy la zurra con los Arizona Baby (al menos a través del blog). Y esta será la última vez que lo haga. La explicación es muy sencilla: Ya no es necesario. Todos los medios nacionales ya lo están haciendo. Los acólitos de la banda hemos pasado de emocionarnos cuando salían en el telediario o sonaba un tema suyo (principalmente Shiralee) en Radio 3 a extrañarnos si sólo les ponen tres veces al día. Ya casi nos parece normal que hayan compartido escenario con MC5 o que vayan a telonear a Chris Isaak (y a muchos otros aún más míticos en breve). Que vayan a estar en todos los festivales este verano, salvo el FIB (y al tiempo) y el Azkena, que es una novia tozuda que esperemos que caiga el año que viene. Que en la entrega de los premios Guille, presentados por Pablo Carbonell, Dover les entregara el premio a mejor banda revelación y lo recogiera Vinilla Von Bismarck porque ellos estaban en Los Ángeles. Que hayan ganado el Pop Eye a la mejor banda de Rock (el mismo premio que el año pasado ganaron Idealipsticks, otros buenos amigos que hemos hecho en la carretera). Que de forma unánime los medios digitales especializados les hayan citado como la gran esperanza del Rock en este país.
Una carrera fulgurante que no ha hecho más que empezar y que, siguiendo su particular imaginario, les llevará a castellanizar Arizona de la misma forma que han arizoneado Castilla. Lo único que les queda para conseguirlo es mantenerse. Y ahí ya no puedo ayudar. A partir de ahora os remito al fantástico trabajo que el señor Arito está haciendo desde su blog, que se ha convertido en el mejor dossier de prensa que podáis encontrar sobre la banda. Buena suerte, bandidos.
Y además, ya va siendo hora de que dedique todo ese tiempo y energía a otra banda que, por fin, parece que también está empezando a ver algo de luz al final del tunel...
6/4/10
| [+/-] |
una caña para Sócrates |
El Ruinas venía (va) al Cafetín a pedirse una clara con gas (“con más gas que cerveza, por lo que pueda pasar”) y a medida que avanzaba la noche y se iba animando iba dejando el gas de lado y pidiendo la cerveza sola. Te pedía que se las fueras apuntando, pero Joaquín, el gerente, que era amigo suyo y que en alguna ocasión ya nos puso en antecedentes sobre la subterránea notoriedad del personaje, dejó caer alguna vez que el Ruinas tenía cuenta allí (una que nadie había visto) y que se traducía en un tácito “que pague lo que quiera”. A menudo le dolían los dientes, y te lo contaba mascullando mientras apretaba la mandíbula, como si enseñándote los incisivos dejara escapar aquel dolor que no le dejaba dormir. Recuerdo que le llamó la atención que yo acabara de llegar de Lille, y siempre que venía al bar y no tenía con quién conversar me abordaba contándome sus impresiones sobre una película que había visto, (“Un ángel sin alas”) acerca de una pareja de lesbianas, que se desarrollaba en la capital del Norte.
Alguna vez me lo encontré fuera de este hábitat natural suyo de la nocturnidad valleinclanesca del casco viejo y resultaba indistinguible de cualquier solterón deshauciado. Era chocante verle con una bolsa de la compra en la Plaza San Juan a plena tarde y especular sobre a dónde iba, porque no te imaginabas a un Ruinas doméstico en pantuflas: daba la impresión de que no tuviera una casa al uso. No, al menos, más casa que aquella a la que acude a pedirse una clara con gas.
Este hombre, que por lo visto es un grande de las letras españolas, y que seguramente será recordado como tal cuando le llegue su hora, es en vida uno de esos bizarros personajes de la bohemia vallisoletana a los que, por no estar enfadado con el mundo (¡a su edad, que desfachatez!) o no acudir al homenaje que le brindaba la Fundación Santiago Montes, parece que no se le tome en serio y resulte fácil tratarle como a un loco o sin el respeto que sí le procurarías a un señorón más aparente. Un poco como lo que debía ocurrir con Sócrates, a quienes sus contemporáneos tenían por un zumbado desarrapado que iba por las plazas largando tonterías y corrompiendo a la juventud impresionable.
Vamos, un don nadie.
25/3/10
| [+/-] |
dialéctica del asco |
Me paro a sacar pasta en el cajero. Debería haber aprendido la lección pero, qué cojones, estamos en el centro a plena luz del día.
-Oye colega, perdona…
Mierda. ¿De dónde ha salido este puto yonki? Ni lo he visto venir. El cabrón se ha vuelto invisible hasta que me ha visto meter la tarjeta, y luego al ataque. Su puta madre.
-Oye, ¿podías dejarme un euro que me falta para…
-Espérate, que creo que el cajero se me ha comido la tarjeta.
Aprovecho el clásico momento empatía falsa de dar el palo (¡vaya putada colega! A ver si te la devuelve) para evaluar los riesgos, con la alerta disparada, eso sí. El fulano apenas levanta metro y medio del suelo. Le tengo a mi lado, no a la espalda, así que a través de las gafas de sol puedo controlar dónde pone las manos mientras recupero la tarjeta y el billete. Mantengo las distancias.
-Tranqui tío, no te emparanoyes, no soy ningún quinqui que venga a darte el palo, sólo soy un gitanico que vengo del cementerio, ya sabes, por lo del día del padre y tal -que fue hace una semana hijoputa, pienso yo- y luego el autobús… Vamos, que es que he quedado ahí al lado y es para tomarme una caña.
¡Con dos cojones! En cualquier caso necesito más testigos potenciales alrededor. Pero ya.
-Vale, ya está. Vamos ahí al kiosco que tengo que cargar el bonobús y te doy el euro.
Me acompaña caminando a mi lado, mientras yo ya doy por perdido el billete. Pero no, llegamos al kiosco sin más incidentes. Mientras le doy la tarjeta monedero y el billete a la dependienta, el yonki aprovecha para sacar diez céntimos del bolsillo y comprar dos chicles. Con un par.
-Toma colega, ¿quieres uno?
-No, no me gustan los chicles -Y es verdad, no me gustan.
-Ya, seguro que tu prefieres un FLAX!
-Toma el euro. ¿Tendrás suficiente?
-Sí, sí, de sobra. Gracias tío. ¡Venga, nos vemos!
Y sale corriendo como si me acabase de atracar. ¡Y no lo ha hecho, el hijo de puta! Ha sido perfectamente educado, me ha pedido un euro amable y honestamente sin intimidarme ni amenazarme, sin subterfugios sobre en qué se lo iba a gastar (aunque tampoco tenía por qué darme explicaciones) yo se lo he dado voluntariamente, no me ha arrebatado por la fuerza más dinero del que me ha pedido, me ha dado las gracias y se ha pirado sin más. Lo único que esta situación ha tenido de atraco han sido su protagonista: un jincho que ya tiene tan interiorizado este protocolo que no le hace falta atracar para atracar. Tan consciente de lo repulsiva que es su presencia que la utiliza para que le des dinero a cambio de librarte de él. Qué puto genio. Qué dominio de la psicología. Si no se le cayeran los dientes yo le contrataría como alto directivo para cerrar tratos multimillonarios. Vale tío, quédate con Endesa y Goldman&Sachs, pero lárgate de aquí, pordios.
Sinceramente, le di el euro porque, entre otras cosas, se lo había ganado.


