Entre las cosas que siempre llevo encima está mi cepillo de dientes porque, como todo el mundo sabe, allí donde esté tu cepillo de dientes está tu hogar. Es una costumbre que adquirí cuando tocaba con la orquesta, en una época en la que nunca sabía exactamente dónde dormiría esa noche (mañana más bien), dónde comería, me lavaría o incluso cuando sería la próxima vez que podría hacer alguna de esas cosas. Era una vida en la carretera en toda regla, que me enseñó que, cuando careces de rutinas y seguridades en la vida, un cepillo de dientes puede ser lo único que necesitas para sentirte en casa. Un hogar de perfil bajo que puedes llevar siempre contigo, sean cuales sean tus circunstancias.
Desde hace unos días he añadido al kit básico de supervivencia un bote de gel de ducha porque me han cortado el gas. Hasta que se resuelva, la Niña Fatal y yo andamos mendigando una ducha, principalmente en casa de sus padres. En la de los míos también he recalado en algún momento. Pero cuando tu agenda te obliga a ducharte en casa de una compañera de clase (y amiga) o le tienes que decir a tus amigos del centro que preparen una toalla de más por si acaso, la cosa adquiere un tono un tanto outsider. Ayer, desnudo bajo un chorro de agua caliente en un plato de ducha extraño, rodeado de productos de higiene de gente a la que no conocía, me dí cuenta de lo frágil que es nuestro concepto del hogar. Y me reafirmé en la idea de que deberíamos estar siempre preparados para perder. Mantener bajas las expectativas para no estar puteados cuando lo que pensamos que son nuestras vidas se vaya a la mierda. Dejar listo nuestro funeral si vamos a viajar a un país con riesgo de amenaza terrorista.
Manteniendo una actitud de supervivencia dejaremos de sentirnos desnudos y podremos, cuando por fin vuelvan a conectarnos el gas, disfrutar de los milagro diarios que de otro modo daríamos por hechos.
19/11/10
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la casa a cuestas |
9/10/10
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botáronme droja |
Me he acordado mucho de Contador esta semana. Los que no podemos chutarnos (por distintos motivos) tarde o temprano acabamos viviendo en un mundo de amenaza constante en el que no comemos ni bebemos nada sin cuestionarnos su procedencia, composición y efectos en el organismo. A veces a costa de nuestra vida social.
Fin de semana de rodríguez. Quedo con los Arizona, David Royal y otros habituales del crapulismo pucelano para ir a ver a Vinila, que toca en el Porta. Nos tomamos un par de cerves, cada una más tibia que la anterior, y hacia el final del concierto me encuentro con Pablo Campingás y nos ponemos a charlar. Se nos acerca una rubia, me pasa una cerve y desaparece entre la multitud. Yo se la paso a Pablo, ¿es tu chica? no la conozco. Qué va, yo tampoco sé quién es, la cerve será para ti. No he reconocido a la rubia, pero a estas alturas no ando muy católico y, vete a saber, seguro que la conozco. Lo mismo es fan de los Royal o algo. Total, lo que no mata...
Me vuelvo hacia el tumulto mientras doy el primer trago, intentando localizar a la rubia para darle las gracias. La encuentro con dos tipos chungos que conozco de vista del Penicilino, los tres mirándome, inquisidores. Y entonces salta la alarma. Y la cerve de repente me sabe a cosas que no he probado nunca. A eme. A éxtasis. A setas. Joder, llevo tanto tiempo fuera del circuito de la drogaína que ni siquiera sé cómo coño se llaman todas estas mierdas. Voy al baño, pasando por delante de los tres desconocidos para tantear de qué cojones va esto. Oye gracias por la cerve, le digo a la rubia. De nada. Siguen mirándome, analizando cada puto gesto que hago. Me cagüenlaputa. Recuerdo a Héctor contándonos la vez que le metieron una rula en el cachi en las fiestas de La Lastrilla. A Jorge ofreciéndome, en esta misma sala, beber de su petaca y, tras rechazarle tres veces, preguntarle qué era aquello. Bourbon, me dijo. Bueno, también le he echado unas setas, hawhawhaw. Qué cojones, la semana pasada cada vez que iba al baño me olía a marufla porque ese sábado en Lavapiés me aderezaron con ella un mojito sin yo saberlo.
Vuelvo del baño y hablo con Vielba. Oye pollo, ya sabes que soy un neuras, pero creo que me han echado algo en la cerve. No jodas, qué suerte, ¿quién ha sido? La rubia esa y sus colegas que nos miran. Bueno, no te emparanoyes ¿no será que la rubia te quiere ligar? Ni se me había pasado por la cabeza, tío. Vuelvo a acercarme a ellos y me pongo a hablar con la rubia. Oye, gracias de nuevo, pero ya voy un poco tocado y sólo he podido darle unos sorbos. De nada, tendrás un nombre, ¿no? Por cierto, vas muy elegante, me pierden los hombres elegantes. Fíjate qué excusa más tonta para darte mi teléfono, me llamo menganita. Oye, encantado, dos besos. Me llamas, ¿eh?
Lo siento muchacha. Estoy cogido. La Niña Fatal me espera en casa. Pero incluso aunque me hubieses encontrado en aquella época en la que me estaba bebiendo y follando el mundo, este anticlímax que hemos construido juntos habría hecho imposible que sintiera por ti otra cosa que no fuera este bajón, este alivio triste, este tocar fondo en el pozo del desencanto. Ni siquiera sé si al final realmente me echaste algo en la cerve para poder ligarme más fácilmente. Me imagino que nunca lo sabremos.
Ya lo sabéis chicas. Si queréis ligar conmigo JAMÁS me traigáis algo de beber.
12/9/10
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luces parpadeantes (y III) |
Viene de Luces parpadeantes (II)
Me fui de Lille en plena crisis ansiosa por volver cuanto antes a cubierto, pero con la impresión de dejar a La Cabrona en buenas manos. El pirata de su novio fue absolutamente encantador y, aparte de llevarnos y traernos en su camioneta que olía a gasoil, desayunó con nosotros en la Grande Place y ayudó a elegir a La Cabrona una boite a meu para La Niña Fatal cuando yo fui incapaz de entrar en la tienda de juguetes, abrumado por la saturación de colores y sonidos en pleno estado de pánico. La Cabrona no sólo ya no necesitaba mi ayuda, sino que fue ella la que me prestó la suya para llegar al aeropuerto.
El nudo en la garganta que arrastré esos tres días no se soltó hasta que ya estuve aterrizando. Y no sé si lloraba por darme cuenta de que cuando por fín había tenido la ocasión de encontrarme con el doctor Beauvoir no tenía nada que decirle, salvo que qué buen día hacía y que me alegraba de verle. O por lo evidente que resultaba para todos que, a pesar del buen rollo general, como es lógico yo ya no formaba parte de aquella familia y eran otros los que iban a estar allí en los momentos realmente jodidos. O quizá lloraba, como cada vez que me entero de que una de mis ex novias se casa, por sentirme un poco más solo, estúpido y ridículamente paternalista.
Llegué a casa y sólo entonces caí en la cuenta de que estaba vacía. La Niña Fatal seguía fuera de la ciudad, en el entierro de su abuelo, y no llegaría hasta varios días después. De repente no tenía nadie a quién contar aquella odisea emocional. Recordé cómo me joden sus sensatos jarros de agua fría sobre mis ideas de bombero jubilado. Cómo su cabeza está bastante mejor amueblada que la mía y que no se deja engatusar como yo por las luces de colores que me habrían consumido como a un insecto. Recordé las pocas veces que había pensado en irme de su lado y recuperar mi ritmo de vida de soltero, intentando negar que la pasta de la que estoy hecho ya ha cambiado, que ha llegado el momento de pasar el testigo de la intensidad a cualquier precio a gente como Enthusiastic. Que ahora los motivos para hacer las cosas me vienen por otro lado. Había vuelto de rodillas desde Francia siendo otro y con la certeza de saber lo que de verdad es importante, y no podía compartirlo con ella. Imaginé cómo sería llegar todos los días a una casa así de vacía. Recordé, en un intento inútil de matar ese hipotético silencio, todas esas cosas que me sacan de quicio de ella.
Y las eché terriblemente de menos. Como nunca había echado de menos a nadie.
5/9/10
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luces parpadeantes (II) |
Viene de Espiral pitorréica
-¿Te has llevado las llaves de casa? Porque cuando vuelvas yo no estaré. Me voy unos días fuera: Mi abuelo ha muerto.
No llegué a conocer al abuelo de La Niña Fatal. Me hablaron mucho de él antes y después de aquella llamada, y por lo visto gozó de un humor envidiable hasta el último momento, siempre con una sonrisa. Me resultó confuso estar en Lille resolviendo entuertos emocionales del pasado cuando quizá era más necesario en casa, apoyando un (no por esperado menos triste) desenlace del presente. Recibí aquella llamada unas horas después de aterrizar, y a partir de ese momento este viaje, pensado para despedirme del doctor Beauvoir, adquirió una perspectiva más global, pero perdió parte de su sentido.
La Niña Fatal estará bien, es una chica fuerte, pensé, seguramente más que yo. Aunque no podemos saberlo. No se me ha muerto nunca nadie. Exceptuando a mi abuelo, claro, pero yo era pequeño y no cuenta. Tengo treintayun años y nunca he visto un cadáver. Nunca he vivido una tragedia, lo que, por increíble que parezca, tiene su inconveniente. Porque la parte de tí que te saca adelante cuando sucede una desgracia reclama su alimento, y puede convertir la ausencia de pérdidas en una angustiosa espera de lo que algún día acabará llegando. Creo que por eso me volqué tanto en la tragedia que sí estaba viviendo La Cabrona: Me despedía de su padre con la esperanza de no tener que despedirme del mío. De alguna forma, algo en nosotros está hecho para sufrir. Con lo que sea. Para estar preparado cuando por fin veamos morir a la gente con la que más nos hemos compartido. Cuando dejen de ser personas para convertirse en historias que sólo los que nos quedamos recordaremos, mientras nos vamos quedando cada vez más solos, hasta que no quede nadie que nos entienda.
La alternativa a todo esto es morirse uno antes. Es decir, que si no toco en el funeral de El Meister será porque él habrá tenido que hacerlo en el mío.
Finaliza en Luces parpadeantes (y III)
27/8/10
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luces parpadeantes (I) |
-Mi padre se muere.
El doctor Beauvoir es el padre de mi ex gabacha (alias La Cabrona). Durante los difíciles meses que pasé en el norte de Francia el doctor Beauvoir fue para mí mucho más que un suegro. Fue un impagable apoyo logístico y moral, un hombre excepcional que me abrió sin reservas las puertas de su casa. Todo un padre suplente. Y ahora estaba muy enfermo. Se moría. La Cabrona me llamaba llorando para contármelo porque ya no tenía a quién acudir para hablar de ello abiertamente. El resto de su vida no iba mucho mejor. Poco apoyo puedo ofrecerte por teléfono, le dije mientras consultaba los horarios de los vuelos a Charleroi y mi apretada agenda. Unos días después tuve que darle el pésame a un buen amigo de La Niña Fatal y recibí una de esas llamadas de madre, con un nudo en la garganta, que te hiela la sangre.
-Tu padre está en el hospital.
Por lo visto un dolor en el pecho, un viaje a urgencias y unos días de pruebas y analíticas. Todo en orden, vigile el estrés, pero era su primera baja laboral en treinta años. Y eso acojona. Ese día cumplía cincuentaiséis. ¿Cómo se me pudo haber olvidado? ¿Por qué nadie me avisó? Le regalamos un bañador para que hiciera algo de ejercicio. Capté la indirecta y cogí un avión. Y me llevé para el camino Cosas que los nietos deberían saber porque parecía una lectura muy apropiada. Resultó ser no sólo una gran distracción, sino también la mejor ayuda posible para el viaje que me esperaba.
Continúa en Musicomicbooks...
11/8/10
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Sonorama 2010 |

Bueno, allá vamos otra vez. ¿Las canciones con The Royal Suite? Perfectamente ensayadas. ¿Las sorpresas? Preparadas también. ¿El merchandising? Clasificado y contabilizado. ¿La hoja de ruta con la organización? El viernes las 10:00 en la Plaza de la Sal para probar sonido, que tocamos a las 14:00. ¿Los pases V.I.P.? Para eso hay que localizar mañana a un par de tipos bastante ocupados, nos va a llevar tiempo. ¿El alojamiento? Concertado, nos esperan. ¿Los móviles de los amigos entre el público? Pásame el de Milgrom y el de Nina que no los tengo.
¿Nuestro escenario? ¡La hostia puta!
¿Nuestros camerinos? ¡LA HOSTIA PUTA!
Por no hablar de que este año estamos todos los malditos grupos de colegas de Valladolid en el festival: Arizona Baby. Campingás. Dehra Dun. Euphoria. Stealwater. My Friendly Ghost. Y eso los de aquí. Porque también vienen muchos buenos amigos como Los Coronas o Idealipsticks. Y si me pongo a enumerar la pléyade de artistas, crápulas y demás mala gente con la que contaremos entre el público no puedo por menos que echarme a temblar.
Este año la vamos a liar parda.
25/6/10
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murmullo |
Quisiera drogarme. Pero no puedo.
La vida sin droga tiene un murmullo de fondo del que no nos percatamos hasta que nos chutamos y desaparece. Un zumbido constante, una inquietud con la que nos acostumbramos a vivir y que, mejor o peor, nos deja seguir trabajando, pero que cuando llega el momento de apagar la luz no nos deja dormir. Cuando nos drogamos estamos matando esa mosca cojonera y alcanzamos una paz con la que ni nos habríamos atrevido a soñar. Así que esto es la verdad. Esto es el silencio que hay de fondo de todas las cosas. Este es el estado en el que me encontraría siempre, por defecto, si no tuviera ese murmullo dentro, me digo cada vez que me meto. Que son menos veces de las que querría. Muchas menos. Casi ninguna, en realidad. Pero cuando ocurre descubro que el mundo entero me la sopla. Que yo mismo me doy igual. Y es fantástico. No es como con el vino, en absoluto. Con el vino he de elegir entre sentirme bien cuando estoy enfermo o sentirme enfermo cuando estoy bien. Es paliativo, pero no absoluto.
Pienso a veces en cómo debe ser la vida de un yonqui rehabilitado. Abandonar voluntariamente esa paz a cambio de que un asistente social, que probablemente se drogue, intente meterte a empujones por una rendija por la que no cabes en un lugar en el que tu presencia es una molestia y en el que deberás suplicar por favor durante el resto de tu (por otra parte bien mórbida) vida que te dejen limpiar retretes para subsistir. Luchando sin descanso por llegar a la montaña cuando ya has probado cómo es que la montaña llegue a tí. Y siempre ese murmullo… Yo antes preferiría darme un último homenaje.
Pero no puedo. Tengo con las drogas la misma relación que una integrista judeocristiana ninfómana con el sexo. Por eso no puedo pararme quieto. Por eso necesito constantemente tanto ruido a mi alrededor. Porque si en algún momento dejo que ocurra el silencio descubriré que no existe, que siempre habrá un murmullo incesante, exasperante y agónico de fondo que sólo desaparecerá si hago algo feo, algo que está mal. Muy mal.
14/6/10
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la educación sentimental (II) |
No he podido evitarlo. He abierto la bolsa de plástico de Pandora, en vez de quemar su contenido, y he hurgado a ver que salía. Me equivoqué: Pensaba que contenía las cartas que intercambié durante años con la misma persona, pero lo que de verdad había allí era mucho más terrible.
Con cerca de trece años se me ocurrió escribir a la sección del suplemento ¿infantil? de El País Semanal que publicaba las cartas de los jóvenes lectores que facilitaban su dirección en busca algo de correspondencia. Una descabellada costumbre que se tenía en el siglo pasado, antes de que se inventaran las redes sociales y el messenger. No sé qué cojones se me pasó por la cabeza. Era una época en la que en vez de intentar buscarle un sentido a cualquier nimiedad cometida, simplemente hacía cosas que significaban cosas, pero sin tener consciencia de ello y ni puta idea de lo que podían simbolizar. Funcionó jodidamente bien. Recibí varios cientos de cartas, en su mayoría de crías de la misma edad que yo, contándome de todo. Desde banales anécdotas escolares hasta jodidísimas truculencias, pasando por absurdas declaraciones amorosas, fruto más de un temprano desarrollo hormonal y una imaginación desatada que de nada más. En la bolsa estaban algunas de esas cartas.
Ver tu nombre completo escrito por tantas manos diferentes es algo que da bastante vértigo. Es algo que, seguro, significa otra cosa. Lo suficiente como para pensarte dos veces abrir alguna al azar y releerla. Pero lo hice. Una chica bastante graciosa con un humor muy ácido agradecía con cierta ironía que la contestase por segunda vez. Luego explicaba que había estado haciendo una especie de vudú con la primera carta, en venganza por haber tardado tanto en responder. Me hizo gracia comprobar cómo ya entonces me gustaba que me metiesen caña. Pero el tono me resultaba demasiado familiar. Luego la letra también. La firma y el matasellos no dejaban lugar a dudas: Resulta que fuí a leer la única carta que conservo suya. ¡Qué fantástica ruleta rusa! De entre todas las vidas posibles, de todos los caminos por recorrer, de todos los yoes creados por las circunstancias y la educación (sentimental) volví a caer de forma completamente fortuíta en este mismo, en el mío. En ese en el que os acabo contando esta historia a vosotros en la entrada de un blog.
¡Claro, cómo no! No podía ser de otra manera.
7/6/10
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la educación sentimental |
Qué gran invento, las relaciones epistolares. No es de extrañar que a menudo tenga presente ese sofisticado y decadente juego que es Las Amistades Peligrosas como metáfora para situaciones cotidianas. No puedo evitarlo. Pero el motivo último para que eche de menos los sobres y los buzones es que una parte de lo que soy tiene su origen en un amor adolescente que tuve por carta hace tiempo (tanto que por aquel entonces Kurt Cobain aún estaba vivo, no digo más). Bueno, pues Craig Thompson ha cogido cada preciso detalle de mis recuerdos sobre aquello, punto por punto, fechas incluidas, los ha arrancado de León y se los ha llevado a Michigan para dibujar Blankets.
La versión de Thompson de lo que me ocurrió es, a pesar de su cercanía, inocentemente romántica con un fuerte componente religioso. No pasa por el tamiz de la experiencia adulta y su interpretación psicológica, o al menos no permite que contaminen el relato. Es más magia que otra cosa. Y yo lo he leído justo ahora que acabo de encontrarme las cartas con las que empezó esta historia. Y me he acordado de cómo me sentía cuando el mundo era nuevo y emocionante, trágico o glorioso, contenido pero incontenible. Cuando el problema era que todo te venía grande en vez de pequeño. Cuando las emociones te pasaban por encima brutalmente, haciendo estragos a su paso, sin que supieras cómo cojones gestionarlas, en vez de tenerte buscando, sediento en mitad de un desierto de estabilidad emocional, algo que te destroce por dentro. Cuando tu vida era absolutamente frustrante pero esas dos o tres visitas al año hacían que todo valiera la pena. Y era increíble. Y también una puta mierda.
Da igual quienes fuéramos. Podríamos haber sido otros. Da igual que fuéramos tremendamente torpes. Aquel intensísimo episodio consumió gran parte de mi combustible emocional, que debía durar toda una vida, en un fogonazo deslumbrante, una supernova que cauterizó, para quienes vinieron después, la herida de los celos en la que los demás hurgan como fundamento para sus relaciones. Me siento afortunado de haber vivido (yo también) aquello. Pero no lo añoro. A pesar de haber cambiado aquellos chutes de adrenalina por las facturas, pasar el aspirador o los compromisos sociales, a pesar de que ese inocente y emocionado panoli se haya convertido en el hombre cínico y desconfiado que soy ahora, aquel sin vivir en realidad era una putada. Un efímero pasaje necesario para mi (citando a otro ilustre gabacho desilusionado) educación sentimental. Como Thompson, me ví quemando mis naves (y esas cartas que no releeré serán lo siguiente), andando sobre la nieve sabiendo que las huellas no perdurarían.
Un brindis, eso sí. Buena suerte, jodida psicópata.
1/6/10
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Zahara: “Creo que me estoy liberando, cada vez hay menos personaje y más yo” |

