Mes y pico después de lo contado en Buscando curro y piso (I y II) siguen sin servir para nada los datos que entregué en las ETT’s y el ECyL. De la administración pública me esperaba cierta ineficiencia, pero ahora ya está muy claro que el gran negocio de los pozos de mano de obra (echan el cubo, gira la roldana y ¡hop! un trabajador fresquito) es el tráfico de datos. Jamás había recibido spam o publicidad con mi nombre hasta que me rendí a estos hijos de puta.
Afortunadamente pude recalar como camarero en la Pizzería La Romana, un local pequeñito que lleva años haciendo las mejores pizzas de la ciudad. Las paredes que dan al exterior son un enorme ventanal con vistas a la catedral. Casi nada. Para recrear un poco su ambientación os aconsejo que pulséis el play en el reproductor y sigáis leyendo.
29/3/07
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La Pizzería |
25/3/07
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Gajes del oficio |
Hay a lo largo de la geografía española ciertos pueblos a los que los músicos tememos ir a desempeñar nuestro trabajo. Pueblos en los que tienen la tradición de dedicar uno de los días de las fiestas a lanzarnos cosas (cuando digo cosas quiero decir desde lechugas hasta piedras), de forma arbitraria, lo hagamos bien o mal. Pueblos en los que, les dejes o no, tienen que subir una cabra al escenario, porque es tradición. Y que no le pase nada al animal mientras lo dejan a tu cuidado. Pueblos en los que es costumbre que el más burro, borracho y patoso de la fiesta se suba a cantar la canción del verano (y a tirarte un cachi encima de los enchufes, de paso), y si les vienes con el cuento de que si les pasa algo estando en el escenario eres tu el responsable, encima te llevas unas hostias.
Hay uno de estos pueblos en la provincial de Ávila. Allí vive una especie de clan del que luego supe que hay muchas ramificaciones por toda Ávila (yo hablé años más tarde con uno de ellos en otro pueblo y parecía buena gente, nunca se sabe) que, según nos contaron, tiene acojonados a sus vecinos y se dedica activamente a reventar las verbenas de todos los pueblos de los alrededores y, pasivamente, a reventar las del suyo, porque cuando les pilla borrachos arramblan con lo que sea donde sea. Lo que paso a contaros ocurre en mi tercer y último año en aquella orquesta. De hecho, aquella fue mi última actuación con ellos.
Ya habíamos tocado allí el año anterior. En aquella ocasión se limitaron a subir a tope el volumen del equipo varias veces durante los descansos, aprovechando nuestra ausencia, arriesgándolo a una importante avería que, lógicamente, costearíamos nosotros.
Durante toda la actuación estuvimos soportando que nos tiraran los cubitos de hielo al escenario, nos amenazaran con darnos una paliza si no tocábamos hasta las siete de la mañana (nuestro contrato decía hasta las tres)... Lo normal. Lidiar con estas cosas se convierte en el pan de cada día en este trabajo. Pero al terminar la actuación cogieron a uno de los cantantes y lo tiraron al pilón, costumbre muy extendida que en ocasiones tiene su gracia (yo mismo ayudé a tirar al pilón a mi ex, la cantante, en un pueblo de Segovia) pero que ha de contar con la colaboración de la víctima, de lo contrario y a mala hostia la broma puede acabar en el hospital. Como el cantante no parecía de muy buen humor al salir del agua, la cosa fue a mayores y le dieron una buena tunda. Cuando el resto de los compañeros presentes se metieron a separar acabaron recibiendo lo suyo, con tan mala suerte que al saxofonista, de cuarenta y tantos y un caballero de los que ya no quedan, le sujetaron entre varios y le partieron el esternón de un sólo golpe. Digo recibieron porque yo estaba tomándome una copa con el batería y fuimos los únicos que no nos enteramos de nada. ¡Nunca me he tomado una copa tan saludable! Cuando volvimos a la plaza nos la encontramos desierta y a todos nuestros compañeros despanzurrados por el suelo.
La Guardia Civil tardó más de hora y media en llegar y se limitó a decir que sin haber estado ellos presentes en el suceso no se podía hacer nada.
- Seguramente hayan sido los del clan en cuestión, ya les conocemos por aquí, pero no hay manera de demostrarlo, así que...
Tampoco se quedaron para escoltarnos hasta salir del pueblo, dado que el peligro había pasado. Vinieron, vieron y se fueron. El caso es que cuando por fin un chaval se atrevió a identificar a los agresores los adultos se le echaron encima. Yo incluso oí decir a una anciana lo siguiente:
- ¡No digas nada, no hables con ellos! ¿No ves que los otros son del pueblo?
Alucinante. ¿Qué cojones hacía esa señora levantada a esas horas?
El saxofonista empeoraba por momentos, y por la mañana tuvimos que llevarle a urgencias, a Ávila capital. El médico de guardia dijo que el esternón había perforado un pulmón, y que si hubiésemos tardado un par de horas más, o en vez de caer de espaldas hubiese caído de frente, el saxofonista habría muerto con toda seguridad. Lo más alucinante era que él no hacía más que insistir en que nos fuéramos, que seguro que estábamos cansadísimos. ¡Qué tío! Con un parte médico de lesiones la denuncia se hizo automáticamente, quisiéramos o no. La policía nacional tomó cartas en el asunto en cuanto se informó de la implicación del clan en el suceso. Por lo visto nadie de la provincia se atreve a denunciarles por miedo a las represalias, así que nuestro informe médico era la gran ocasión de pillarles. Mis compañeros aseguraron que, en sentido figurado, el inspector se frotaba las manos. Aquello parecía una puta película del oeste.
A partir de aquí la orquesta se dividió: unos acompañamos al saxofonista de vuelta a casa con la ambulancia y otros volvieron al pueblo a identificar a los implicados. Por lo visto sacaron de la cama al responsable del golpe a las 10 a.m. El angelito resultó tener diecinueve años escasos. Su padre, importante ganadero de la zona, forradísimo (por lo que supimos más tarde), no hacía más que repetir:
- ¡Él no ha hecho nada, han sido esos con los que va, que siempre le meten en líos!- así que no era la primera vez.
Damos un salto de varios meses en el tiempo. Después de vete a saber cuantos años de impunidad en la región, la policía por fin consigue llevar ante la justicia a uno de estos caciques contemporáneos. Al chaval se le acusa de homicidio fallido (o en grado de tentativa, no recuerdo exáctamente la imputación), y tras miles de vueltas legales no va a la cárcel. Un año después nos enteramos de que el niñato, viniendo borracho de las fiestas de otro pueblo, se ha pegado la hostia con el coche y está en coma. Esto último es ya una leyenda urbana (rural en este caso), pero me gusta pensar que hay algo de justicia poética en todo este asunto. Ya véis, qué misterios tienen los hados, quizá el ir a la cárcel le hubiera salvado la vida.
22/3/07
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London Calling |
Después de sus últimos conciertos en la sala Moby Dick de Madrid y las salas habituales de Valladolid (Asklepios, Coco...) los Arizona Baby viajan en estos momentos a Londres para tocar en estos clubs:
Edward's, 22 marzo, 21:30. Hammersmith (in front of the tube station).
The Good Ship, 23 marzo, 21:00. Kilburn.
Biddle Bros, 24 marzo, 21:30. 88 Lower Clapton Road.
Si estais en Londres (esto va por ti, Teresa) no perdáis la ocasión de verles. El video es de uno de sus conciertos en el Rock Star.
¿Que porqué una entrada así? Porque además de ser mis amigos (y uno de ellos compañero de piso) son una de las mejores bandas que he oído nunca. Y punto.
¡Nos leemos!
16/3/07
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Jimmy Corrigan, the smartest kid on earth |
“Un osado experimento sobre la paciencia del lector disfrazado de fantasía ilustrada alegremente coloreada [...]” Así se describe en su portada, de complicado diseño casi vanguardista, este fantástico trabajo de arte secuencial.
“Jimmy Corrigan” no es una lectura fácil. Una de las facetas más propias del cómic es que exige una mayor participación del lector, se le pide que ponga más de sí mismo y de su esfuerzo imaginativo para completar los huecos surgidos entre las viñetas. Esta obra, que originariamente se publicó como tira de prensa en el diario New City de Chicago, no sólo pone a prueba nuestra paciencia en numerosas ocasiones con sus largos silencios gráficos, sino que nos exige un enorme compromiso como lectores a la hora de llenar, con nuestras propias emociones y experiencias, unas viñetas desoladoramente asépticas, de colores y texturas planos, de espacios vacíos, de formas que parecen casi prediseñadas y dispuestas en forma de folleto explicativo de instrucciones. A cambio nos ofrece una impagable experiencia estética y emocional de una madurez asombrosa.
Con un importante componente autobiográfico, la obra de Chris Ware tiene dos cursos narrativos cruzados:


Metáfora: f. Vestido muy ajustado, generalmente de latón, que cubre totalmente al que lo lleva y que le impide moverse libremente, expresar emociones y/o tener contacto social.

“Jimmy Corrigan, the smartest kid on earth”
Chris Ware. Pantheon Books, 2000
Edición en castellano de Planeta deAgostini, 2003
Enlaces:
http://www.randomhouse.com/pantheon/graphicnovels/corrigan.html
http://books.guardian.co.uk/pictures/0,,602660,00.html
http://www.lacarceldepapel.com/varios/jimmycorrigan.htm
8/3/07
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Simplemente irresistible |
Últimamente he tenido la suerte de reencontrarme con algunos amigos, y durante esta semana también con mi chica. Pero todo lo bueno se acaba. Y como consecuencia de los buenos ratos que paso con Michael Chambers hablando de la música hortera de los ochenta esta tarde me he acordado de un tipo increible, un auténtico gigante en la primera división de esta década tan imposible estéticamente como evocadora incluso para los que la vivimos antes de los doce años. Estoy hablando de Robert Palmer.
Este fulano, inglés de nacimiento y ¿bahamero? ¿bahamense? de adopción (vamos, que vivía en las Bahamas, no era listo ni na) se atrevió a acuñar el término bossa-metal para definir lo que hacía cuando hacía música. Porque el resto del tiempo era un vividor como no los ha habido desde aquellos años. En españa vivíamos el cénit de Bertín Osborne, os recuerdo. En el 85 tocaba con antiguos componentes de Duran-Duran y se marcaba colaboraciones con Marvin Gaye. Es el responsable de temazos tan reconocibles como este:
3/3/07
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Yo fui un orquestero (de mierda) |
Os lo pongo a grandes rasgos. Tocas la guitarra (medio mal), no tienes fuente de ingresos ni tiempo para desarrollar un oficio a tiempo completo porque estás estudiando. Y entonces se te ocurre que te podrían pagar por hacer lo único que sabes hacer (medio mal). Y te metes a tocar en una orquesta. De verbena. De las de fiesta de pueblo. En realidad empiezas ilusionadísimo de que te paguen por tocar. Tocas sólo en verano y te pagan una media de entre noventa y ciento cincuenta euros por actuación (¿os acordáis del concurso? Aún no he recibido propuestas). La media ha cambiado mucho en estos siete años que he estado haciendo el capullo por ahí, claro, pero siempre a menos. Y si no preguntad a los veteranos las millonadas que se metían en los ochenta (en qué se lo gastaron es otra historia). Al principio te da igual que la jornada laboral sea de catorce horas, que te pegues unas palizas de muerte a las cinco de la mañana desmontando el equipo después de haber soportado todo tipo de mierdas durante una actuación de cinco horas o más. Todo eso te da igual, porque cuando te montas en la furgoneta de vuelta a casa dices “hostia, soy músico”. Y eso con veinte años te llena como nada en el mundo. Pero después de siete años la mierda empieza a inundarlo todo y no ves nada más. Es el momento de dejarlo. Y en esas estoy, buscándome la vida de otra cosa.
En todos estos años he recopilado un anecdotario bastante nutrido de putadas y satisfacciones. Una de cal y otra de arena. Nunca he tenido muy claro si la de cal es la mala o viceversa. Digo yo que la cal será la mala, ¿no?
Un pueblo perdido en la zona del Aliste, Zamora. Verano del 2000 (el 2000 siempre será el 2000. 2007 es 2007). Mi primera temporada como orquestero (de mierda). Una lástima que no me acuerde del nombre, porque el pueblo era precioso desde diez kilómetros antes de llegar. Incluso yo con mi escasa sensibilidad paisajística me quedé de piedra. En la plaza del pueblo tenían un moral enorme que daba unas moras cojonudas, gordas y jugosas. El suelo estaba sembrado de millones de trazas violáceas. En el descanso hacían una rifa. El cantante (Fernando, o “el abuelo”, que se merece una entrada para él sólo) compra papeletas para todos los componentes de la orquesta. Adivinad a quién le tocó. Aquí un servidor se sube al escenario con el uniforme de trabajo, que es reconocido por los indígenas, lo que desata sus iras al grito de “¡Tongo! ¡Tongo!” y mi jefe tiene que subir a tratar de apaciguarles.
- ¡La orquesta ha decidido donar el premio al pueblo! –anuncia, secundado de “¡vivas!” y chanzas de los nativos. Lo que jamás adivinaríais es qué coño me acababa de tocar.
Me había tocado un puto avestruz. La principal fuente de riqueza del pueblo era una cooperativa de cría de ganado. Avestrucil. En el bar del pueblo te servían bocadillos de tortilla de auténtico huevo de avestruz, y tenían expuestos los ejemplares más gordos, el orgullo de la ganadería local. Cuando pregunté que qué se supone que hubiese tenido que hacer con el premio de haberlo aceptado me respondieron que no me habría llevado al animal (no nos habría cabido en el camión con tanto trasto), sino que me habrían enviado a casa sus sesenta kilos de carne congelada... o las noventa mil pesetas que costaba la res.
Maldita la puta gracia de mi jefe.