He de admitir que antes de documentarme para entrevistarles no les tenía demasiado respeto. Eran simplemente unos chavales que me caían simpáticos por su pinta de rockeros de los setenta y que me alegraron un viaje de vuelta cuando tocaba con la orquesta. Estaba hasta los cojones de tocar canciones de Bisbal y pasodobles y, claro, en comparación, cuando sonaron en la radio de la furgoneta a las siete de la mañana, amaneciendo en alguna carretera de la provincia de Ávila, me recordaron que el Rock&Roll seguía ahí fuera. Que había un mundo más allá de la orquesta que me estaba esperando. Cuando montamos la entrevista utilizamos esta canción para una transición entre respuesta e imágenes de recurso que salió especialmente bien y que se me ha quedado grabada como ejemplo del tipo de cosas que quiero hacer el resto de mi vida.
Un par de meses después la canción me sigue acompañando en los buenos y malos momentos, aún a sabiendas de que hay cosas mucho mejores que escuchar. Ahora, fumándome un cigarrillo en la ventana de mi cuarto (no, no he podido dejarlo del todo. Nunca se deja del todo) a las cinco de la mañana, después de un par de mojitos y sintiéndome completamente identificado con cada maldita frase de la letra, no puedo dejar de pensar que, al fin y al cabo, uno no elige sus canciones. Son las canciones las que le eligen a uno.
28/7/08
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debilidad |
23/7/08
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Summercase 08 (Barcelona) |
Crónica (muy) personal de la segunda jornada del Summercase en el Parc del Fórum. No pudiendo asistir a la primera me perdí a unos Grinderman exhultantes que se entregaron en Madrid. Allí estaba mi socio Vielba, con el que mantuve un enlace telefónico comparativo durante la jornada para tener una mayor visión de conjunto de esta singular simultaneidad festivalera. Por lo visto Nick Cave, el violinista de Bad Seeds Warren Ellis, que aquí toca la mandola, y el resto de la banda ofrecieron un recital de blues eléctrico y pantanoso con distorsiones fuzz, enfundados en sus trajes de corte 70’s y luciendo, en el caso de Cave, no ya un bigote derramado estilo Charles Bronson, sino directamente de Guardia Civil.
Mientras, en Barcelona, unos apocados Kooks defendían dignamente un repertorio de pop modernete y asequible en un escenario que les venía grande. Mucho más peso tuvieron The Breeders, con una actuación tranquila pero intensa que, sobre todo, estuvo llena de amor recíproco entre banda y público. El esperado clásico “Cannonball” se hizo esperar hasta el final. Mención especial a su batería, Britt Walford, posiblemente uno de los mejores músicos sobre el escenario Movistar.
La gran decepción vino de la mano de unos Kings of Leon convertidos en grupo para quinceañeras emo. Los tejanos, que en su día fueron un prodigio de fusión entre rock sureño y pop indie, con una personalidad y un sonido potente y personal, se han convertido en una triste mezcla entre Muse o The Killers y U2, y son firmes candidatos a sonar en Kiss FM. El antaño desgarbado Nathan Followill se ha convertido en un clon cachas de Bryan Adams que apenas acertó a entonar un solo tema, irreconocible, de su ya histórico Youth and Young Manhood, mientras brindaba con un sorbo cerveza para luego ir corriendo a bajarlo con medio litro de Gatorade. Una pena.



Destacar también a unos sorprendentes, originales y muy potentes Foals con su pop de fusión (con Dios sabe qué; a veces latino, a veces disco) ultraenérgico y revelador, a pesar de los problemas con los monitores que incomodaron a su cantante, Yannis Philippakis que, reconozcámoslo, le debe mucho a Robert Smith y a Morrisey. Y otra gran banda a tener en cuenta fueron Biffy Clyro, más enérgicos, originales y potentes si cabe.
Está claro que el Summercase tiene más de parque de atracciones (con todos esos estands comerciales y una imaginería pop bastante infantil) que de festival de Rock, pero el balance general es discretamente positivo, más por los descubrimientos que por los cabeza de cartel, a pesar de que (salvo los Kings of Leon) todo el mundo mantuvo el tipo bastante bien.
21/7/08
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quiero ser barcelonita |
De lo primero ya os hablaré en otra entrada. Con respecto a lo segundo, he de confirmar que, tal y como parece, Portrait es un dechado de amor y humanidad que me ofreció su casa (y la camisa que llevaba en la trombonave) para que tuviera dónde desmayarme tras el viaje y los conciertos sin dormir. Su compañera de piso, Mariola, es un amor en sí misma. Esta adorable jienense no sólo acepto de buen grado que un desconocido se apropiara de su cuarto antes de verle, sino que hizo de comer para doce personas y aún nos preguntaba que cuántas de azúcar en el café. Un abrazo también al resto de los compañeros.
Al llegar tomé posesión de mi escasamente merecido premio como ganador del concurso musical de “En Busca del Grial Potórrico”: La autobiografía de Jane Fonda que aparece en la cinta, firmada por el combinado potorrista al completo. Un libro que sin duda me ayudará a construir una vida digna, no lo dudo. Y el domingo aprovechamos para ir a la barceloneta a comer un arroz estupendo (regado con un chardonnay que no desmerecía) con er Croupier y (pausa dramática) Nina la ratona.
Enthusiastic me decía que últimamente me veía brillar; Nina le habría parecido un fogonazo. Si alguien se considera hiperactivo, después de conocer a esta mujer (de no más de treinta años) se dará cuenta de que uno, como mucho, es poliactivo. Para mí es un ejemplo a seguir, a pesar de que ambos pensemos, al ver a un mendigo, que esos podríamos ser nosotros dentro de unos años. Atentos a frases como “las mujeres a partir de los treinta o se ajamonan o se amojaman”. Su nutrido anecdotario sobre Marbella deja a mi serie Ostras o Mortadela a la altura del betún. Un personaje muy interesante que no se pueden perder.
Por lo demás, Barcelona (al menos la parte que vi, de Plaza Cataluña para abajo) me ha fascinado en esta primera visita, hasta el punto de que, a pesar del compromiso que he contraído con Valladolid, sé que recalaré por allí tarde o temprano: una gran capital europea con un ritmo de vida muy llevable, playas riquísimas, urbanismo impecable (¿de los cincuenta?) gastronomía elegante, una vida cultural y social inmejorable (aquí está TODO, eso ya lo sabía), trabajos interesantes (la agricultura no es el sector económico dominante, como en Castilla)... Y la mayor concentración de tías buenas que he visto nunca, desbancando con creces incluso a Cádiz. Y de todos los colores, formas, tamaños y texturas. La panacea, oigan. Er Croupié afirmó, muy acertadamente, mientras disfrutábamos del topless de unas zagalas estupendísimas (no únicamente) en la playa
-Joe, sólo nos faltan las pipas
18/7/08
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buenas noches Eirini |
8/7/08
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ostras o mortadela (VI). la compra |
Hoy he hecho la compra en el LIDL. Acordaos del anuncio (¡el carro lleno por menos de 50€!). Y he tenido un extraño dejà vu. Ha sido como volver al LIDL de la rue Gambetta y, por extensión, a Lille. Pero no al de los grandes momentos de los conciertos gratuitos en la Place de la Republique o esa fiesta de renovación y purificación que suponía la Braderie, sino al Lille cotidiano, aquel en el que todavia no tenía trabajo ni proyectos a corto plazo. Aquel en el que la principal actividad de la jornada era hacer la compra. Meses más tarde, leyendo Persépolis, entendí a Marjane Satrapi cuando narraba cómo en Austria iba cuatro veces al día al supermercado porque no tenía otra cosa que hacer. Lo siguiente que le daba por hacer era ponerse a leer, lo que enlaza perfectamente con esta estupenda reflexión de Txe Peligro.
Afortunadamente ya no es mi caso, y me cuesta encontrar un momento del día para leer o llenar la nevera (y me imagino que mi compañera de piso pensará mientras lee esto “¡y limpiar el baño!”). Pero he recordado esas compras de hombre casado con el Peugeot 205 cuando vivía con Susana y me he sentido agradecido con mi vida actual.
Nunca pensé que no tener gran cosa que comer pudiera ser un síntoma de una existencia plena. No sé a quién debo darle las gracias. Pero gracias de todos modos.
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el irlandés |
-¿Qué tal te va?
-Últimamente no hago más que brillar.
- Yo al revés. Lo mejor pasó y ahora todo es cuesta abajo.
Y frases por el estilo. Nos dimos cita al día siguiente en otro de los locales míticos de esta ciudad: el Irlandés. Hacía muchos años que no volvía por allí. A diferencia del Cafetín, este local no está en una concurrida plaza del centro, a la vista de todos. Éste es un lugar para iniciados locales, un secreto bien guardado que, pese a su nombre, no es el típico sucedáneo de bar “celta” forrado de madera con un letrero a la puerta en el que ponga “William Wallace” bajo una foto de la jeta de Mel Gibson, en el que dentro suene de hilo musical pop español. Nada de ese tipo de mierdas. Es el típico tugurio pequeño, humilde y abigarrado que podrías encontrarte en un pueblo de la costa bretona donde, al igual que sucede con los distintos tipos de queso en Francia, sirven más especialidades de cerveza que días hay en un año. Algo realmente inconcebible teniendo en cuenta que el garito es poco más que un pasillo minúsculo, una barra y un baño al fondo. El regente es un tipo bastante especial, rubio, gafas lennon, de unos cuarenta, que fuma en pipa y podría formar parte del elenco de personajes valleinclanescos que frecuentan el Cafetín si no fuera porque su desbordante personalidad precisa de un bar propio. Como camarero fue siempre mi ejemplo a seguir.
-¿Me pones una Chimay Azul?
-¡Concedido!- Y respuestas similares son habituales. Allí probé mi primera Cuvée de l’Hermitage, mientras este tipo nos explicaba que, si la dejabas reposar toda una noche en la copa, al día siguiente la espuma se mantenía tan densa que podías sujetar sobre ella una moneda de cinco duros sin que se hundiera. Un fulano capaz de pinchar un barril y decirte “Está un poco verde. Mañana estará en su punto”, retirarlo y pinchar el siguiente. Sabiendo de su pasión cervecera, aquel día con Niko di por hecho que había Tripel Karmeliet, la cerveza que yo bebía en Lille, y pedí una. Un fantástico brebaje del que ya os he hablado, que en el norte de Francia es tan popular como aquí el cubata o el gintonic. Una jodida ambrosía belga rubia de tres granos (cebada, trigo y avena) con matices dulces de regaliz que nunca empalaga, a pesar de su potente aroma y sus ocho gradazos. La Karmeliet bien tirada es posiblemente una de las cosas que más eche de menos de mi periplo gabacho. Conocí a muchos que, no soportando la cerveza, ésta la bebían como agua. Aquí en Valladolid hay un par de bares (Durandal, Maeloc, Rock Star...) que la sirven en formato botellín de tercio. Cual no sería mi sorpresa cuando el camarero me pregunta
-¿Cuánta te pongo? ¿Media pinta?- Se acerca al tirador con la copa... ¡Y me la sirve DE BARRIL! Imposible. No puede ser rentable que se la traigan desde allí.
-El primer grifo de Karmeliet en España... y el único hasta hace un par de años.